Sea sincero consigo mismo: ¿realmente se ha sentido representado por los últimos presidentes, senadores, diputados y autoridades locales que ha elegido? ¿Cuántas veces alguno de ellos se sentó frente a usted, sin cámaras, sin asesores y sin discursos preparados, simplemente para escuchar qué necesitaba?

Porque aquí está, a mi juicio, uno de los problemas más profundos que enfrenta Chile: tenemos un país lleno de ciudadanos con preguntas, ideas y propuestas, pero una política que dejó de escucharlos. Y cuando una sociedad deja de sentirse escuchada, tarde o temprano busca nuevas formas de hacerse oír.

En mi caminar por Chile he podido comprobarlo. El pescador de la caleta Portales, el feriante de la avenida Argentina, ambos en Valparaíso; el pequeño empresario de Arica; el minero de Antofagasta; la madre trabajadora de Iquique; el agricultor de Curicó; el profesor, el trabajador de la salud, el carabinero, el gendarme, el militar, el electricista, el carpintero, el gasfíter, el transportista y el comerciante tienen algo que decir sobre el país que quieren construir. Y no solamente tienen problemas: tienen experiencia, ideas y soluciones.

Un carabinero no cuestiona su deber de enfrentar la delincuencia; lo asume como parte de su compromiso con Chile. Pero sí puede preguntarse por qué debe exponer permanentemente su vida cuando siente que el respaldo institucional, jurídico y operativo que recibe no está a la altura de los riesgos que enfrenta.

Un trabajador de la salud puede preguntarse por qué debe desarrollar su labor bajo condiciones que muchas veces dificultan entregar una atención adecuada. Un profesor puede aportar desde su experiencia para mejorar la educación. Un conductor conoce de primera mano las deficiencias de la infraestructura vial y la logística. Y un microempresario que quiere abrir un minimarket en Curicó puede preguntarse por qué debe esperar meses para completar trámites que podrían resolverse en mucho menos tiempo.

Son preguntas legítimas. Y muchas veces las respuestas están disponibles. Lo que falta es voluntad para escucharlas y discutirlas.

La ciencia política viene mostrando desde hace años el debilitamiento del vínculo entre los ciudadanos y los partidos políticos en Chile. La identificación partidaria ha disminuido significativamente desde el retorno de la democracia. Eso no significa que los chilenos hayan dejado de tener convicciones políticas. Significa que cada vez menos personas sienten que los partidos son el vehículo natural para expresar esas convicciones.

Dicho de manera sencilla: la gente no dejó de pensar. Dejó de confiar en que la política tradicional la representa.

Y aquí aparece un problema todavía más grave. Chile se ha acostumbrado a discutir demasiadas cosas como si solo existieran dos alternativas: blanco o negro, izquierda o derecha, conmigo o contra mí. ¿Por qué? ¿Por qué determinadas materias se convierten rápidamente en temas prohibidos, en lugar de abrirse a una discusión seria?

Tomemos las pensiones. Creo en la apertura comercial, en los derechos de propiedad y en las libertades económicas. Por eso considero que los fondos acumulados por los afiliados forman parte de su patrimonio y que debemos discutir con seriedad qué decisiones pueden tomar sus legítimos propietarios sobre ellos, resguardando al mismo tiempo la sostenibilidad del sistema previsional. Nada está escrito en piedra.

Un ejemplo, en Perú, bajo determinadas condiciones, los afiliados pueden optar por disponer de hasta el 95,5% de sus fondos previsionales. Eso no significa que Chile deba copiar el modelo peruano ni que toda propuesta de retiro sea necesariamente correcta. Significa algo mucho más elemental: una política pública puede discutirse sin convertirla en un tabú.

Ese es el punto. Cuando una democracia deja de discutir, empieza a empobrecerse.

Durante demasiado tiempo hemos permitido que la conversación nacional quede concentrada en quienes tienen posiciones de poder, estructuras partidarias, recursos y acceso permanente a los medios de comunicación. Mientras tanto, una enorme cantidad de conocimiento permanece fuera de la discusión pública.

El conductor conoce la carretera. El pescador conoce el mar. El profesor conoce su sala de clases. El trabajador de la salud conoce las dificultades del sistema. El carabinero conoce la calle. El pequeño empresario conoce la burocracia. El trabajador conoce las dificultades de llegar a fin de mes. ¿Por qué seguimos tratándolos solamente como electores y no como personas capaces de aportar soluciones?

Los partidos políticos cumplieron un papel histórico fundamental. Fueron protagonistas de la recuperación democrática y de la construcción institucional de las últimas décadas. Pero ninguna institución es eterna. Los partidos no son propietarios de la política; son instrumentos para representar a los ciudadanos. Y cuando dejan de representar, la ciudadanía comienza a buscar alternativas.

Por eso creo que estamos frente a algo más profundo que una simple disputa entre izquierda y derecha. Estamos frente al agotamiento de una forma de hacer política.

En 2024 escribí sobre la posibilidad de que el próximo presidente de Chile fuera un “cisne negro”: alguien capaz de irrumpir desde fuera de la política convencional y alterar un escenario que las estructuras tradicionales creían controlar. Hoy esa idea adquiere una nueva dimensión.

Chile podría estar preparando una sorpresa. El próximo presidente podría no ser quien hoy concentra toda la atención. Podría no ser quien tenga la maquinaria partidaria más grande ni quien lleve más años recorriendo los pasillos del Congreso. Podría incluso ser alguien que hoy prácticamente nadie esté mirando. Alguien que todavía no conocemos.

No necesariamente porque Chile haya dejado de ser de izquierda o de derecha, sino porque puede comenzar a exigir algo diferente: alguien que escuche, que responda preguntas difíciles, que dialogue con quienes piensan distinto y que tenga la capacidad de convertir las inquietudes ciudadanas en soluciones.

Cuando ese presidente llegue, habrán pasado 40 años desde el retorno de la democracia. Cuarenta años son suficientes para que una generación política haya cumplido su ciclo y para que una nueva generación de ciudadanos reclame su propio espacio.

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Quizás el próximo cambio político de Chile no sea simplemente que gane nuevamente la izquierda o la derecha. Quizás sea que la ciudadanía decida escoger a alguien que no le pregunte primero de qué lado está, sino qué necesita Chile. Ese podría ser el verdadero factor X.

Y aquí está la advertencia: si la política continúa hablando entre cuatro paredes, negociando entre sus propias estructuras y mirando al ciudadano principalmente como alguien que debe aparecer cada cuatro años frente a una urna, no debería sorprenderse cuando aparezca una alternativa que no provenga de allí.

Porque el poder político no pertenece a los partidos. La representación les pertenece a los ciudadanos. Y cuando esa representación se pierde, alguien termina ocupando el espacio vacío.

Por eso, antes de preguntarnos quién será el próximo presidente de Chile, deberíamos hacernos una pregunta mucho más difícil: ¿cuánto tiempo más puede la política seguir sin escuchar al chileno de a pie?

Quizás la respuesta a esa pregunta explique de dónde saldrá el próximo presidente. Y quizás, cuando lo conozcamos, muchos se pregunten cómo nadie lo vio venir. Advertidos estamos.