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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Juan Valdivieso, chileno radicado en Barcelona, abrió El Vuit, un restaurante que fusiona comida mediterránea con chilena. Tras 12 años como taxista, decidió embarcarse en la hostelería. El local destaca por su ambiente acogedor y platos típicos como pastel de choclo y empanadas. Los clientes, tanto locales como chilenos, elogian la autenticidad de los sabores. El restaurante se ha convertido en un punto de encuentro para la comunidad chilena, especialmente en Fiestas Patrias.

Juan Valdivieso trabajó durante doce años en las calles de la capital catalana antes de crear El Vuit, un local que hoy reúne a compatriotas y clientes locales.

Un moái de un metro y medio recibe a los clientes en plena Gran Via de les Corts Catalanes. A un costado cuelga una bandera chilena. Puerta adentro, entre paredes verdes, banderines tricolores y repisas con botellas de pisco, los clientes comen pastel de choclo, empanadas de pino y churrascos italianos, y toman piscolas y cervezas chilenas. Se trata de El Vuit, un restaurante que está por cumplir tres años y que, en cada celebración de Fiestas Patrias, ha recibido tanta gente que las filas han llegado a la calle.

Detrás del negocio está Juan Valdivieso, un chileno que conoció Barcelona durante doce años al volante de un taxi.

“Siempre he sido una persona que se ha buscado la vida, como se dice aquí. He trabajado desde los 14 años. Mi padre era panadero y vivíamos en una situación económica normal, en el Chile de los noventa”, cuenta Valdivieso, de 46 años, a BioBioChile.

Nació en Viña del Mar y se crió entre Playa Ancha y Miraflores. Llegó a Barcelona con 26 años, en febrero de 2007. Dieciséis años después, el 8 de septiembre de 2023, abrió El Vuit, entonces con una carta muy distinta de la que hoy define al restaurante.

“Comencé con cocina mediterránea de fusión. No me sentía capaz de lanzarme con la cocina chilena. Tenía miedo, porque soy demasiado crítico conmigo mismo y temía equivocarme. Conseguí un cocinero muy bueno, un chico filipino del que aprendí un montón. Le dije: ‘Diseñemos una carta’, y armamos la propuesta. Miramos el sector, recorrimos el barrio, hicimos un estudio de mercado y conocimos a la gente de aquí”, recuerda.

El chileno tras El Vuit
Juan Valdivieso | Foto de Ignacio Molina (RBB)

—¿Qué te hizo cambiar de rumbo y apostar por la cocina chilena?

“Porque con la comida mediterránea era un vaivén: días buenos, días malos, poca faena, mucho trabajo o nada de trabajo. A veces iba muy mal: entraban dos o tres mesas. El menú del mediodía funcionaba más o menos”.

—¿Cómo incorporaste los primeros platos chilenos?

“Cuando comenzamos con la carta de comida chilena, no fue un cambio brusco. No dije: ‘Hoy dejo de vender comida mediterránea y mañana comienzo con comida chilena’. No. Introdujimos algunos platos poco a poco. Diseñamos otra carta y tuvimos dos: una de comida mediterránea y otra de comida chilena. Y el día que me decidí a vender comida chilena no tenía ni bandera, no tenía nada, o sea…”.

—¿Y el moái?

“No. No estaba el moái ni nada de lo que tengo ahora en la puerta. Ese día dijimos: ‘Oye, imprimamos una bandera de papel’. La pegamos en una pizarra afuera y así fue como comenzamos”.

El moai de El Vuit
Juan Valdivieso y El Vuit | Ignacio Molina (RBB)

—¿Esa bandera atrajo a alguien?

“Sí. Pasaron unos turistas chilenos: ‘Ah, mira, una bandera chilena’. ‘¿Son chilenos?’, preguntaron. ‘¿Y tienen pisco sour?’. Y venga”.

—¿Qué platos ofrecías entonces?

“Comenzamos con pescado frito, cazuela, churrascos, completos, empanadas… Introduje la carta de comida chilena en agosto de 2024”.

Carne mechada con puré de El Vuit
Carne mechada con puré de El Vuit | Foto de Ignacio Molina (RBB)

—¿Cómo reaccionaban esos primeros clientes?

“Estaban sorprendidos porque llevaban aquí unos días de vacaciones y era el primer local chileno que veían. Yo, por suerte, tengo el local en la avenida principal de la ciudad, en plena Gran Via. Quien pasa por fuera lo ve: está la bandera… También tengo la suerte de tener aquí la parada del Aerobús, que conecta el aeropuerto con el centro de Barcelona. Hay chilenos que vienen del aeropuerto, se bajan y veo que se ríen porque se encuentran de frente con una bandera chilena, un moái. Mucha gente llega y se hace una foto”.

—El moái de la entrada tiene un gesto triste. ¿Por qué?

“Lo compré por internet. El moái original tiene la boca recta, pero las réplicas que hacen aquí las hacen tristes. Mucha gente me pregunta: ‘¿Por qué el moái está triste?’. Y yo les digo: ‘Porque aquí los venden tristes’”.

—¿Lo sacan todos los días?

“Sí. Mide un metro y medio y pesa unos 150 kilos. Lo sacamos cada día y lo entramos cada día. Lo movemos como se mueven los moáis, de un lado a otro”.

“No me voy a jubilar en el taxi”

Al llegar a Barcelona, Valdivieso se instaló con un primo y la mujer de este en Santa Eulàlia, un barrio de L’Hospitalet, municipio vecino de la capital catalana. Luego los tres se trasladaron al Poble-sec, un barrio de Barcelona situado entre la avenida del Paral·lel y la montaña de Montjuïc. Había aprendido electricidad en Chile y confiaba en ese oficio para ganarse la vida en una ciudad que aún no conocía.

—¿Qué te hizo dejar Chile?

“Mi padre falleció en 2006 y eso hizo un clic muy heavy en mí. Era joven, tenía 47 años. Cuando murió, me enteré de que uno de mis primos se venía. En el velorio le dije: ‘Miguel, yo te sigo’. Venirme también fue una forma de evadirme un poco del dolor que uno vive tras una pérdida”.

—¿Qué fue lo más duro al comienzo?

“Extrañar a la familia. Uno deja a sus hijos y a su mujer con la ilusión de que esto va a resultar y de que, en un futuro, puedan venirse. Con el tiempo, uno se hace más fuerte. Te creas un caparazón y te proteges ante eso”.

—¿Cómo te ganaste la vida al llegar?

“Trabajé con un chileno que tenía una empresa de construcción y yo hacía las instalaciones eléctricas. Después conocí a otro chileno que trabajaba en una empresa de aquí y con él me formé. También hice un curso para actualizarme en las normativas eléctricas. Comencé en esa empresa a principios de 2008 y estuve unos cuatro años”.

—¿Qué ocurrió después?

“Mi primo había trabajado en colectivos en Playa Ancha, en Valparaíso, y siempre me decía: ‘Sácate el carné de taxista’. Yo no entendía por qué. En 2011, la empresa donde trabajaba tuvo problemas por una mala gestión y me quedé sin trabajo. Entonces me saqué el carné”.

—¿Qué exigía obtenerlo?

“Aquí tienes que aprenderte la ciudad entera. Son, como mínimo, seis meses de estudio, porque debes conocer los monumentos, los museos, los hospitales y todas las calles. Te hacen un examen en el que tienes que completar un recorrido de memoria”.

—¿Qué aprendiste de Barcelona al volante?

“Después de doce años como taxista, me di cuenta de que conozco mucho la ciudad. Me aprendí Barcelona entera. Conozco la historia de la Sagrada Familia, del Hospital de Sant Pau y del castillo de Montjuïc. Te aprendes hasta la sincronización de los semáforos. También la gente te cuenta cosas: calles que hoy tienen un nombre y que antiguamente tenían otro. Barcelona es una ciudad que me encanta. Me gusta su historia, cómo ha crecido y cómo ha cambiado”.

—¿De dónde venía tu interés por la hostelería?

“Siempre me ha gustado. Tengo amigos que tienen bares y tuve un exsuegro con dos restaurantes en Castelldefels, así que la he tenido cerca desde hace muchos años.

Además, me gusta comer fuera y fijarme mucho en la gente: qué le gusta y cómo le gusta. Para mí era un reto”.

—¿Cuándo dejó de ser una idea lejana?

“Después de doce años en el taxi, llegó un momento en que me aburrí. Años atrás ya había buscado un local para abrir uno de comida chilena, pero nunca se había dado. Después de la pandemia sentí que me faltaba algo. Durante la época del taxi estudié Comercio Internacional. Siempre traté de estudiar y hacer cosas; nunca me quedé
quieto”.

—¿Qué te hizo vender el taxi?

“Mis amigos taxistas, que son mayores que yo, ya hablaban de jubilarse. El taxi me dio una calidad de vida muy buena, pero siempre tuve esa espina de la hostelería. Después de la pandemia dije: ‘Yo no me voy a jubilar aquí, sentado en el taxi. No me veo jubilándome así’. Entonces dije: ‘Vendo esto’, y vendí el taxi”.

—¿Qué te aportaron esos años al abrir el restaurante?

“Me ayudaron mucho a conocer a la gente de Sant Antoni (el barrio donde está el restaurante). El hecho de haber trabajado tantos años en el taxi y de relacionarme con gente de aquí me permitió entender cómo se mueve, qué le gusta, qué no le gusta y cómo entrar en conversación con ella. Todo eso me dio mucha experiencia en el trato con la gente”.

“Se han puesto a llorar por una sopaipilla”

Antes de abrir El Vuit, Juan frecuentaba El Hugo, uno de los restaurantes chilenos más conocidos de Barcelona, cerca del Arc de Triomf. El negocio había nacido como una pequeña sanguchería donde los compatriotas se reunían a comer completos y churrascos, y más tarde sumó un restaurante de comida casera. Allí conoció a Nelson, quien hoy forma parte de las nueve personas que trabajan en El Vuit, entre ellas las hijas de Juan. La mayoría del equipo es chilena.

Los clientes locales suelen pedir ostiones a la parmesana, Barros Luco, empanadas de camarón con queso, palta reina y palta cardenal. Los chilenos prefieren la cazuela, el pastel de choclo y la empanada de pino. De estas últimas, El Vuit vende cerca de 150 por semana.

—¿Qué buscan los chilenos cuando entran?

“Lo primero que buscan es tener una buena conexión con el personal. Mucha gente se sorprende de que seamos casi todos chilenos. Aquí trabajan mis hijas y también está Nelson, que es una institución de la hostelería chilena en Barcelona. Lleva treinta y tantos años aquí y casi siempre ha trabajado en restaurantes chilenos. Como yo era cliente suyo en El Hugo, le pregunté si quería venirse acá. Él trabajó en el J. Cruz, en Valparaíso, y nosotros hacemos la chorrillana igual que allí”.

—¿Cómo pensaste la carta?

“Traté de hacer una carta mixta, tanto de comida callejera como de comida de casa. El pastel de choclo representa mucho al restaurante. Al chileno le gusta y lo pide mucho. Es increíble la cantidad que llegamos a vender. También vendemos muchos completos y empanadas de carne”.

En las mesas, esa mezcla entre la calle y la casa se vuelve visible. El pastel de choclo llega en una fuente de greda, con la superficie dorada, hojas de albahaca y pequeñas mazorcas; el churrasco italiano, con papas fritas y una bandera chilena clavada en el pan. La carne mechada se sirve sobre una base de puré, cubierta con una salsa. La carta también incluye versiones veganas de pastel de choclo, pastel de papa, churrasco y completo.

—¿Qué ocurre cuando alguien vuelve a probar esos sabores?

“He tenido clientes que se han puesto a llorar por comerse una sopaipilla, porque les recuerda a su abuela o a su madre, y eso te llega. El chileno viene aquí porque extraña la comida”.

—¿Por qué provoca esa reacción?

“Esto es como con cualquier persona que emigra: ¿qué es lo que añoras? La comida te transporta a tu familia, a tu pasado, a tu infancia. También están los hijos de chilenos que nacieron aquí, pero han ido alguna vez a Chile y tienen ese apego a la tierra, a las raíces. Nosotros intentamos, con lo que cuesta conseguir la materia prima, acercarnos lo máximo posible a la comida chilena”.

—¿Cómo es un fin de semana en El Vuit?

“Es una locura. Este va a ser nuestro tercer 18, nuestras terceras Fiestas Patrias en el local. La primera vez fue un caos: llegó mucha gente y no esperábamos tanta. La cola partía en la puerta y llegaba casi hasta la esquina. Tenemos solo 14 mesas, para unas 28 o 30 personas. En 2025 fue más ordenado, porque el tiempo te da experiencia y te indica cómo hacer las cosas”.

—¿Cuándo entendiste que el restaurante tenía sentido?

“Los hosteleros que tenemos locales de comida chilena nos convertimos en la imagen de un país. La gente no dice: ‘Entro al restaurante de Juan, de Pedro o de fulanito’. Dice: ‘Entro a un restaurante chileno’. Lo que hacemos dentro es la imagen que se lleva la gente de aquí, sobre todo quienes no conocen la cultura chilena. Entonces, es importante hacerlo bien”.