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Tomás Serón, psiquiatra chileno de 36 años, combina su pasión por la lectura con su labor médica en Barcelona. A través de libros, establece vínculos con sus pacientes, enriqueciendo su labor en psiquiatría de enlace. Originario de Carelmapu, ha llevado su amor por los libros desde su infancia a su carrera profesional.
Tomás Serón llega a la entrevista con un libro del poeta catalán Jaime Gil de Biedma bajo el brazo. Frente a él, en la fachada del Hotel Ohla Barcelona, un centenar de pequeñas esculturas de cerámica con forma de ojos observan la calle desde distintas alturas. La instalación, obra de Frederic Amat, convierte el edificio en una especie de espectador permanente. Serón, chileno de 36 años, también se dedica a mirar: es psiquiatra, lee unos cincuenta libros al año y publica en Goodreads reseñas sobre trauma, identidad, exilio, vínculos y enfermedad mental.
“Es un regalo de la hija de una paciente”, dice sobre el ejemplar de Las personas del verbo que lleva consigo. “Yo acompañaba a su madre por una enfermedad terminal y, justo en una de las sesiones, cuando estaba un poquito más lúcida, ella estaba leyendo a Gil de Biedma”, cuenta a BioBioChile.
Luego se queda unos segundos en silencio antes de seguir.
Y dice: “Acá los pacientes más añosos leen mucho. Para romper un poquito el hielo y entablar un vínculo, ocupo hablar de lo que están leyendo. A propósito de eso salió este libro y, el día antes de que terminara mi rotación en el hospital, la hija me lo mandó”.
Serón trabaja en Santiago en el Hospital del Trabajador y en el Hospital de Urgencia Asistencia Pública (HUAP), la ex Posta Central. Además, es profesor adjunto del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental Sur de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde participa en la formación de nuevos psiquiatras. Llegó a Barcelona a mediados de julio de 2025, después de haber visitado la ciudad dos veces como turista. Esta vez venía por otra razón: completar un fellowship —una subespecialización— de un año en Psiquiatría de Enlace en el Hospital Clínic. Ese periodo de formación acaba de terminar.
“Antes de hablar con el paciente, miro un poquito el entorno. Habitualmente tienen los libros en las mesitas de noche, al lado. Y siempre les pregunto qué están leyendo, desde la curiosidad, pero también porque eso me da información y me permite vincularme mejor, romper el hielo”, cuenta el médico.

—¿Has visto una conexión entre lo que leen y lo que les está pasando?
“Sí. Hay algunos autores que tocan mucho la tecla de lo afectivo. También me doy cuenta de que muchos pacientes más añosos, cuando están en situaciones difíciles, leen cosas muy difíciles. Y ahí yo, interpretativamente, pienso que quizás la racionalización les permite evadir un poquito”.
—¿Algún autor o libro, por ejemplo?
“La campana de cristal, de Sylvia Plath. Alejandra Pizarnik, también. Son referencias entre esta vida caótica, esta vida afectiva compleja y la literatura. Y también, evidentemente, siempre se me viene a la cabeza Violeta Parra como referencia lírica”.
—¿En Barcelona notas alguna diferencia en lo que leen los pacientes?
“Acá es distinto. Veo que leen más novelas históricas, no sé por qué. Pero como mi trabajo acá es muy neuropsiquiátrico, porque veo pacientes hospitalizados que están enfermos por otra cosa y no por una causa psiquiátrica, hablar de lo que leen me ayuda mucho a ver cómo está su estado cognitivo”.
—¿Qué hace, en concreto, un psiquiatra de enlace?
“Tiene que ver con la intersección entre la psiquiatría y la medicina somática, del cuerpo. Eso implica, por ejemplo, las consecuencias psiquiátricas de una enfermedad grave: una depresión por un cáncer, un estrés traumático en un paciente amputado o síntomas neuropsiquiátricos en pacientes con enfermedades neurológicas. En el fondo, yo veo la interconsulta, la tríada que habitualmente es paciente, familia y equipo”.
—¿Por qué elegiste el Hospital Clínic?
“Porque en el Hospital del Trabajador, donde yo trabajo, mi jefa y otro colega ya habían venido, entonces había un vínculo con la institución. Hay un programa de becas donde también buscan que nos formemos afuera. Entonces ellos me subvencionan cierta parte de la estadía acá”.

De Carelmapu a Barcelona
Tomás Serón creció en Carelmapu, un pueblo costero de la comuna de Maullín, en la Región de Los Lagos, a unos 85 kilómetros de Puerto Montt y frente a la entrada del canal de Chacao. Allí el mar pesa en la vida cotidiana: hay caleta, pescadores y buzos artesanales; tierra adentro aparecen los campos y la actividad agrícola. El último dato desagregado disponible registró 2.824 habitantes.
En una de esas casas, donde nunca faltaron los libros, Serón aprendió a leer a los cuatro años. Durante los veranos se subía al techo de la bodega con alguno bajo el brazo y sus padres, a veces, tenían que pedirle que bajara y saliera a jugar. A los ocho años llevaba una libreta con los títulos que terminaba. Calcula que para entonces ya sumaba unos treinta.
“El profeta, de Gibrán Jalil; Las cinco semillas de naranja, de Arthur Conan Doyle, fueron de los primeros libros que leí”, recuerda.
Carelmapu tenía un límite concreto: no había enseñanza secundaria. A los 14 años Serón dejó la casa familiar y se instaló en una pensión de Puerto Montt. Los domingos recorría en bus las dos horas que lo separaban del pueblo; los viernes hacía el camino de vuelta. A los 18 volvió a partir, esta vez para estudiar Medicina en la Universidad de Chile y vivir solo en Santiago.
—¿Cómo fueron tus primeros años en Santiago?
“Fue duro al principio entrar a la Universidad de Chile con todos los handicaps de una persona que viene de la educación pública rural. Me costó mucho. Los primeros dos años fueron los más duros. De regiones éramos muchos, pero muy pocos veníamos de la educación pública. Teníamos que hacer el doble de esfuerzo. Medicina es una carrera de élite, muy competitiva en términos académicos. También estaba la adaptación social a una ciudad tan grande, a una cultura distinta. Yo era muy tímido y Santiago era una ciudad tan voraz, con otra gente tan empoderada de sí misma”.
Los libros siguieron ahí cuando Serón se convirtió en psiquiatra. Durante seis años trabajó en el Centro Comunitario de Salud Mental (COSAM) de Santiago Centro, que atiende de manera ambulatoria a personas con patologías psiquiátricas severas. Quiso crear un club de lectura con fines terapéuticos, pero la carga asistencial nunca permitió concretarlo. A fines de abril de 2025 dejó el COSAM y se incorporó al HUAP. Antes de irse, encontró otra forma de llevar los libros a sus pacientes.
“Dije: ‘¿Cómo dejo algo, como una huella, que pueda impactar en los pacientes?’. Porque, además, a muchos de mis pacientes les regalé libros cuando me fui, para cerrar un poquito el ciclo con ellos. Entonces dije: ‘¿Cómo hago que esto no quede en lo individual, sino que quede en lo colectivo?’. Y dije: ‘Ya, voy a seleccionar libros para donarlos’. Doné alrededor de cincuenta libros al COSAM. Al otro día, los chicos de admisión ya lo tenían armado. La idea siempre fue que partiera con un pool pequeñito de libros y que circulara, que la gente fuera donando y llevando”.
—¿Y después supiste qué pasó con esos libros?
“Lo conversé con una terapeuta ocupacional del COSAM. Me decía que había sido bonito porque los pacientes se llevaban libros. Incluso los mismos compañeros que trabajan ahí se los llevaban y aportaban uno nuevo, como circularmente. Y que a muchos les había servido bastante”.
—¿Crees que tu curiosidad por los libros desde niño influyó en que después eligieras la psiquiatría?
“A mis residentes, a los becados que formo, siempre les digo: mientras más acceso tengan a conocer al hombre —al hombre como sujeto, me refiero, sin género—, mejor. Para mí siempre estuvo la curiosidad de conocer el mundo del otro a través de la lectura. Esa curiosidad es la que me mueve a hacer lo que hago”.

Volver a Santiago
Este martes 18 de agosto, Tomás Serón tomará un avión de regreso a Santiago. Volverá a su rutina entre hospitales y clases en la Universidad de Chile. En la maleta llevará varios libros que compró durante este año, entre ellos unos diez en catalán. Ahí van, por ejemplo, T’estimo si he begut, de Empar Moliner; Permagel, de Eva Baltasar; y La drecera, de Miquel Martín i Serra. También tomó clases particulares de catalán para acercarse mejor a la cultura de Cataluña.
—Después de un año en Barcelona, ¿qué viste distinto respecto de Chile?
“Una de las cosas que más me gustó fue darme cuenta de que uno tiene un poco la idea de que Europa está siempre a la vanguardia, en el top de todo. Y acá me di cuenta de que la psiquiatría que se hace en Chile está al mismo nivel o, incluso, en algunos escenarios, es superior. Eso fue bastante gratificante. También se traduce en cómo veo la enseñanza académica de la psiquiatría, lo que yo enseño versus lo que se enseña acá o cómo se enseña. Eso me ayudó a tomar la perspectiva de: ‘Oye, hay cosas que hacemos bien, no tenemos nada que envidiar’”.
Cuando piensa en lo que quisiera conservar de Barcelona, Serón recuerda las fiestas de Gràcia, una celebración popular de agosto en la que los vecinos decoran las calles del barrio y las convierten durante varios días en espacios de encuentro. De ahí rescata, sobre todo, una idea: la vida en comunidad.
—¿Qué te gustaría llevarte de Barcelona a Chile?
“Una es el sentido de comunidad. A mí no se me ocurre otro modo de vida que no sea, en cierto grado, comunitario. En el contexto en el que vivimos eso se hace cada vez más difícil, porque el individualismo, el consumo, la rapidez y la atomización social son lo que prima un poco. Pero eso: el sentido comunitario, el sentido de barrio, la identidad de barrio”.
—¿Qué más te llamó la atención?
“También la identidad cultural, cuánta importancia le dan a sus artistas, a su lengua. Eso a mí me parece muy, muy, muy importante. Creo que en Chile es una deuda bastante pendiente”.
—Y en lo personal, ¿qué te deja este año fuera de Chile?
“Me voy muy ilusionado, muy contento y orgulloso del camino recorrido. Una de las enfermeras del servicio me decía la importancia de dejar huella. Yo creo que logré algo de eso: imprimir un poquito mi estilo, mis intereses y las áreas que manejo más. Dejar que el otro aprenda un poco de mí y yo también aprender de ellos. Al final, el conocimiento es circular”.
Serón pone un marcapáginas de la librería Laie en su ejemplar de Jaime Gil de Biedma. Está sentado en el patio del Palau de la Música Catalana, uno de sus lugares favoritos de Barcelona. Antes de levantarse, mira una vez más el edificio modernista diseñado por Lluís Domènech i Montaner, el mismo arquitecto del Recinte Modernista de Sant Pau. Luego agrega:
“También aprendí a tomar perspectiva de la propia vida, de dónde quiero llevar un poco mi propio curso. Y a valorar lo que tengo allá: la familia, los amigos, el trabajo, mis estudiantes. En realidad, tengo una bonita vida que ya he construido”.
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