El año pasado Chile registró por primera vez en su historia menos de un hijo por mujer: 0,99. De los países que compara el INE, solo Corea del Sur y Singapur están más abajo. En el 45% de las comunas ya mueren más personas que las que nacen.

Nadie está obligado a querer hijos, pero cuando una sociedad entera deja de tenerlos, la gente nos está dejando un mensaje claro. Una guagua es un contrato a treinta años con el futuro. Y es muy difícil ponerle su firma a un futuro sin aval.

Esa es la crisis de fondo, más honda que cualquier derrota electoral: una crisis de futuro. No me prometas nada que ponga en riesgo lo poco que tengo, a cambio de un futuro en el que no creo. La resignación que tanto desespera a la izquierda es la prudencia de la gente estafada, gestionando el único capital que le queda.

Mark Fisher, otra vez él, le puso nombre a esto tomándole la frase a Bifo Berardi: la cancelación lenta del futuro. Durante un siglo cada generación esperó vivir mejor que sus padres. En algún momento esa expectativa se apagó sin funeral, y nos quedamos administrando el presente.

La derecha entendió el duelo mejor que nadie. El futuro de Kast cabe en su frase “todo va a estar bien”: apriete los dientes hoy, la bencina, los recortes, la crisis “heredada”, que mañana vamos a estar mejor. Es un futuro astuto, porque no te pide creer ni arriesgar nada, solo aguantar, y aguantar es lo que la gente que vive quemada sabe hacer de sobra. Mientras tanto promete custodiar lo poco que queda, que no te quiten lo tuyo. Compite en la cancha del miedo a perder, que es exactamente donde vive un país estafado.

Ese mañana tiene forma de ayer. Es la fórmula de la ultraderecha en todo el mundo, y el Make America Great Again la resume en una sola palabra: again. No prometen un futuro nuevo, prometen devolver uno viejo. La derecha chilena vende un pasado dorado, aunque esté cosido con retazos de épocas que nunca coexistieron: el orden de la dictadura, el crecimiento al siete por ciento de los noventa, la calle tranquila de antes de la última década. Lo vende porque la gente puede imaginarlo, ya lo vivió o cree que lo vivió, y una promesa que se recuerda es más tangible que una que hay que creer. Por eso gana.

¿Y la izquierda? La última vez que le ofreció al país un futuro entero fue en la Convención: 388 artículos, uno de los catálogos de derechos más extensos del mundo y un año para explicarlo. Un futuro al contado para un país que vive en cuotas. Enfrente, la campaña del Rechazo eligió una sola idea, material y falsa: te van a quitar la casa. De la mano de los bots de Cerimedo, ganó por más de veinte puntos y no porque la gente amara la Constitución del 80, sino porque entre un país nuevo que no conocía y la casa que sí, protegió la casa.

Ahí está la asimetría que nos tiene perdiendo. Hay dos clases de futuro: los que piden aguante y los que piden confianza. La derecha pide aguantar para volver, y aguantar no exige creerle a nadie, basta con quedarse quieto. Nosotros pedimos confiar para llegar, y la confianza es exactamente el material que la estafa de un mejor futuro agotó casi por completo. No podemos seguir pidiendo una confianza que no nos hemos vuelto a ganar.

La salida, creo, es una secuencia. Si nadie le cree al futuro, no se puede partir por el futuro. Se parte por el presente. Cada cosa obvia que se cumple hoy, el agua que llega, la micro que pasa, el arriendo que no te deja asfixiado, la cuenta de la luz que se puede pagar, es una cuota que se le abona a la credibilidad del futuro. Primero se demuestra que las cosas pueden cambiar. Recién entonces un proyecto grande tiene con qué cobrarse la confianza que el proyecto pide. La confianza de los estafados no se recupera con discursos. Se recupera cumpliendo, y de a poco, como toda deuda seria.

Por eso la promesa más revolucionaria disponible hoy no suena a revolución. Que alcance para el arriendo. Que la fiebre de tu hijo tenga hora mañana. Cosas tan simples que da casi vergüenza escribirlas, pero que son lo que la gente no logra alcanzar en su día a día. Hay una humildad enorme en prometer eso y cumplirlo, la humildad de devolver la política a escala humana, y es la única puerta que la desconfianza dejó abierta. Prometer poco, cumplir todo. Tristemente, tal vez, hoy eso es la revolución.

Sé que esto es incómodo para los que amamos los proyectos y los horizontes, las grandes historias. Significa aceptar que el orden de los factores lo fija la desconfianza ajena y no nuestro entusiasmo. Pero hay algo liberador en esa humildad: deja de ser necesario el relato perfecto, el programa total, la promesa épica. Basta con cumplir algo obvio, y después otra cosa obvia, y que se note.

El futuro no se promete. Se demuestra, cuota a cuota para ir pagando nuestra deuda con los chilenos. Y el día que Chile vuelva a creer, se va a notar en algo mucho más simple: que tener una guagua deje de ser un acto de heroísmo económico y vuelva a ser lo que siempre debió ser. Una apuesta razonable por un mejor mañana.

Manuel Labra
Consultor en Comunicación Estratégica

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