Vientos de violencia azotan y ensombrecen parte de Europa. Sus ciudades no son simples testigos, sino que vuelven a convertirse en depositarias de la locura humana. Edificios y monumentos históricos, obras del ingenio humano y de incalculable valor, vuelven a ser vandalizados. Imágenes especialmente sensibles para un país que conoció la voracidad destructora de aquel octubre de 2019, cuando nuestros espacios públicos, monumentos, edificios y calles se convirtieron en escenarios de una destrucción cuyo sinsentido todavía nos cuesta comprender, dejando heridas que aún no terminamos de reparar y otras que, probablemente, nunca podremos sanar.

Como si cada cierto tiempo necesitáramos volver a los golpes, la historia nos devuelve a aquel convulsionado 1968, cuando París levantaba barricadas y las protestas recorrían Europa. En medio de aquella agitación surgía la sensata voz de John Lennon con Revolution, una canción que, sin renunciar al deseo de transformar el mundo, cuestionaba a quienes pretendían hacerlo mediante la destrucción.

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Más de medio siglo después, su mensaje conserva una inquietante actualidad. Como si la belleza de aquellas ciudades hubiese surgido por casualidad, olvidamos que los cambios profundos no se logran destruyendo en una noche lo que tomó siglos edificar. Al final, las sociedades justas no nacen del caos, sino de aquella vieja máxima de Edison: un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración.

Y, sin embargo, incluso en los tiempos más oscuros, entre guerras, confrontaciones e incertidumbres, la humanidad conserva una capacidad extraordinaria: de anteponer la imaginación al caos. Así ocurrió en la Francia de 1936, cuando comenzó a gestarse uno de los diseños más ingeniosos y entrañables del siglo XX: el Citroën 2CV. Sus primeros prototipos, preparados para presentarse en 1939, debieron ocultarse durante la ocupación nazi. Aquel pequeño automóvil, concebido para transportar campesinos por caminos rurales sin romper una cesta de huevos, sobrevivió escondido a una guerra mundial antes de convertirse en símbolo de la reconstrucción europea.

Resulta fascinante que una preocupación tan modesta pudiera dar origen a una creación tan extraordinaria. Su inteligencia no residía en la potencia ni en el lujo, sino en la capacidad de hacer mucho con muy poco. Y casi noventa años después, mientras la silueta de la Citroneta revive convertida en un manifiesto de electromovilidad urbana y accesible, al otro lado del Atlántico, el visionario Elon Musk imagina automóviles capaces de volar. Uno encuentra el futuro en la sencillez; el otro, en la audacia de desafiar los límites de la tecnología. Dos ambiciones aparentemente opuestas, pero nacidas de una misma facultad humana: imaginar aquello que todavía no existe.

Sin embargo, en estos tiempos de polarización, hasta la creatividad parece exigir bandos. Se discute la superioridad de una propuesta sobre otra, como si admirar la inteligencia del 2CV impidiera reconocer la genialidad de Musk, o viceversa. Olvidamos que el valor de una creación no necesita establecerse a costa de otra y que la riqueza de la imaginación humana reside, precisamente, en su diversidad. Destruir está al alcance de cualquiera; crear exige algo más difícil: observar, comprender, perseverar y atreverse a mirar donde otros todavía no ven nada.

Y vuelvo a Lennon, nos invitó a desconfiar de las revoluciones destructivas y después nos pidió, simplemente, imaginar. Por mucho que lo intento, no consigo verlo a bordo del Tesla volador de Musk. Pero sí lo puedo visualizar, sonriendo al viento sobre una vieja Citroneta y cantando IMAGENE…….

Claudio Arce
Arquitecto

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