El reciente informe del Índice de Calidad de Vida Urbana (ICVU) 2025 vuelve a poner sobre la mesa una discusión fundamental sobre el futuro de nuestras ciudades. El documento muestra que algunas comunas pericentrales de Santiago han mejorado su posición relativa durante la última década, avanzando en dimensiones como conectividad, movilidad, acceso a servicios y dinamismo económico. Desde la lógica de los indicadores urbanos, se trataría de territorios que han logrado integrarse con mayor éxito a las dinámicas metropolitanas contemporáneas.

Sin embargo, bajo esa lectura aparentemente positiva, comienzan a emerger preguntas más complejas sobre el significado real de la calidad de vida urbana. En muchas comunas que hoy experimentan procesos de renovación, densificación y creciente valorización inmobiliaria, el mejoramiento de ciertos indicadores convive simultáneamente con profundas transformaciones del tejido social y barrial.

La ciudad mejora estadísticamente, pero las comunidades muchas veces perciben pérdida de identidad, debilitamiento de vínculos vecinales, presión sobre la vida cotidiana y desaparición progresiva de formas históricas de habitar el territorio.

Esta tensión no es un fenómeno aislado. Por el contrario, constituye hoy una línea de investigación cada vez más relevante dentro de los estudios urbanos y patrimoniales contemporáneos.

Diversos trabajos han comenzado a advertir que los instrumentos tradicionales de evaluación urbana —aunque útiles y necesarios— presentan dificultades para capturar dimensiones fundamentales de la experiencia urbana: el arraigo, la memoria colectiva, el sentido de pertenencia, las relaciones de proximidad o los valores patrimoniales construidos socialmente. En otras palabras, los indicadores logran medir el funcionamiento de la ciudad, pero no siempre alcanzan a comprender cómo se vive esa ciudad.

El problema no radica en los índices en sí mismos. Herramientas como el ICVU aportan información estratégica para orientar políticas públicas y permiten visualizar desigualdades territoriales históricas. El desafío aparece cuando esas mediciones comienzan a interpretarse como representaciones completas de la vida urbana. Porque las ciudades no son únicamente infraestructuras, conectividad o crecimiento económico. También son memoria, prácticas sociales, identidades compartidas y vínculos construidos lentamente en el tiempo.

En numerosos barrios latinoamericanos, especialmente en comunas pericentrales sometidas a fuertes procesos de transformación urbana, la defensa del patrimonio barrial ha comenzado a convertirse en una forma de resistencia frente a dinámicas urbanas percibidas como aceleradas, homogeneizadoras o desconectadas de la vida comunitaria. En ese contexto, el patrimonio deja de ser únicamente un conjunto de edificios antiguos y pasa a transformarse en una disputa por el derecho a permanecer, habitar y otorgar significado al territorio.

Quizás una de las paradojas urbanas más relevantes de nuestro tiempo sea precisamente esta: muchas ciudades mejoran en términos funcionales mientras simultáneamente aumentan las tensiones sobre la experiencia cotidiana de habitar esos espacios. Las transformaciones metropolitanas contemporáneas generan beneficios evidentes: mayor acceso a servicios, mejor conectividad, nuevas inversiones y oportunidades urbanas. Pero también producen efectos menos visibles: fragmentación barrial, pérdida de escalas humanas, debilitamiento del encuentro vecinal y erosión de memorias territoriales construidas durante décadas.

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Por ello, la discusión sobre calidad de vida urbana no puede limitarse únicamente a variables cuantificables. Necesita incorporar también las dimensiones culturales, patrimoniales y comunitarias que permiten comprender cómo las personas construyen vínculos afectivos con sus barrios y ciudades.

En el fondo, la pregunta sigue siendo profundamente simple: ¿qué hace que una ciudad sea realmente habitable? Probablemente la respuesta no se encuentre solo en los indicadores. También habita en las memorias, en las relaciones cotidianas y en aquellos espacios donde todavía es posible reconocerse como comunidad.

Adrián Torres Canales
Académico Escuela de Medicina USACH

Carlos Muñoz Parra
Académico Instituto del Ambiente Construido USACH

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