Mientras Chile apuesta por convertirse en un polo latinoamericano de data centers e inteligencia artificial, la discusión sobre energía avanza más rápido que la conversación sobre agua. El desafío ya no es solo atraer infraestructura digital, sino asegurar que su desarrollo sea compatible con los límites hídricos de los territorios donde se instalará.

Chile quiere transformarse en un polo global de infraestructura digital. La empresa Grenergy anunció avances para desarrollar un gran hub de data centers asociado a inteligencia artificial en el norte del país, con inversiones que podrían superar los US$25.000 millones.

Paralelamente, autoridades de gobierno han señalado que regiones como Antofagasta, Tarapacá y Atacama poseen condiciones privilegiadas para atraer mega centros de datos gracias a la disponibilidad de energías renovables y a la futura expansión de la transmisión eléctrica.

Desde una perspectiva económica, la noticia parece difícil de cuestionar. Más inversión, más infraestructura tecnológica, más demanda eléctrica para aprovechar parte de la energía renovable que hoy se pierde por restricciones de transmisión y, potencialmente, más empleo especializado. Sin embargo, existe una paradoja difícil de ignorar. Chile busca transformarse simultáneamente en una potencia digital y en un referente mundial de adaptación a la crisis hídrica. La pregunta es si ambas ambiciones están avanzando de manera coordinada.

Porque el agua sigue apareciendo en segundo plano. Mientras el debate público se concentra en la energía necesaria para alimentar esta infraestructura, sabemos mucho menos sobre cómo su expansión se relacionará con la disponibilidad hídrica de los territorios donde se instalará.

Durante años, los data centers fueron analizados principalmente desde la perspectiva energética. Sin embargo, el crecimiento explosivo de la inteligencia artificial ha puesto sobre la mesa el desafío de la gestión del calor. Porque cada cálculo genera calor y ese calor debe ser removido para evitar daños en los equipos. Aunque las nuevas tecnologías de refrigeración han reducido significativamente el consumo de agua en muchos centros de datos, la dimensión hídrica sigue siendo relevante.

No todos los proyectos tienen la misma huella y la ubicación continúa siendo un factor crítico, especialmente en territorios donde la disponibilidad de agua ya constituye una limitación estructural. Incluso los sistemas más eficientes mantienen una huella hídrica directa o indirecta, ya sea por sus procesos de refrigeración, por la fabricación de equipos o por la demanda de recursos asociados a su operación.

Chile conoce bien lo que significa gestionar el desarrollo en un contexto de escasez hídrica estructural. Mientras discutimos inteligencia artificial, miles de familias continúan dependiendo de camiones aljibe y numerosos acuíferos muestran señales de sobreexplotación. La crisis hídrica chilena no es únicamente una crisis de cantidad. También es una crisis de planificación territorial, de gestión de recursos y de gobernanza.

A ello se suma una fragmentación institucional que dificulta abordar el agua de manera integrada, precisamente cuando los desafíos energéticos, ambientales y tecnológicos convergen sobre los mismos territorios. Si queremos que los data centers formen parte de una estrategia de desarrollo sostenible, necesitaremos una gobernanza capaz de integrar esas conversaciones y no seguir tratándolas como agendas separadas.

Por eso, el debate sobre los data centers no debería reducirse a una dicotomía entre desarrollo y medio ambiente. El verdadero desafío es asegurar que la infraestructura digital que queremos atraer opere con los más altos estándares de eficiencia hídrica y energética desde el primer día.

Eso implica exigir transparencia sobre consumos de agua y energía, promover sistemas de refrigeración de última generación, evaluar impactos acumulativos a escala territorial y explorar alternativas como el uso de aguas reutilizadas, agua de mar donde sea técnicamente viable y esquemas de economía circular.

La inteligencia artificial llegó para quedarse. Los data centers también. El desafío ya no es decidir si queremos esta infraestructura en Chile, sino en qué condiciones estamos dispuestos a desarrollarla. Porque en un país donde el agua ya es un recurso estratégico, la transformación digital no puede diseñarse como si la hidrología fuera un detalle secundario. La verdadera pregunta no es cuántos data centers seremos capaces de construir, sino si podremos hacerlo respetando los límites hídricos de los territorios que los harán posibles.

Ricardo Salazar-González
Profesor Asociado, Escuela de Química UC
Investigador Centro de Derecho y Gestión de Aguas UC
Investigador Principal Solar Energy Research Center, SERC Chile

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