Los importantes avances desarrollados en las últimas décadas en materia de infancia y paternidad, nos han permitido una comprensión más detallada del mundo infantil, convirtiéndolo en una de las áreas de mayor crecimiento, con cada vez más profesionales interesados en abordarla.

Sin embargo, este fenómeno también tiene un lado menos amable, pues como suele ocurrir en estos casos, las disciplinas científicas desarrollan teorías y conceptos que, al ser devueltos a la sociedad, terminan reemplazando el conocimiento popular, entregando mayor validación a la ciencia y provocando, en este caso, una profesionalización de la crianza.

De esta manera, cualquiera que no sea un profesional con estudios afines, que no haya, por ejemplo, leído un libro de Bowlby o siga páginas de crianza respetuosa, no podrá ejercer bien sus labores parentales, y solo alguien capacitado será capaz de devolverlo a la “senda de la buena crianza”.

Ante este escenario, respondo contundentemente: si el instinto materno o paterno fuera inútil, hace mucho tiempo nos hubiésemos extinguido como especie, ya que durante milenios las madres y padres han criado a las nuevas generaciones sin necesitar de intrincados conceptos o técnicas precisas que les permitan cumplir con su labor.

De acuerdo con mi experiencia, cuando a una madre o padre se le permite liberarse de las presiones y expectativas de la sociedad, respirar profundo y conectarse con su hijo, intuitivamente encuentra los recursos para criar de manera adecuada o, en el peor de los casos, puede saber cuándo necesita ayuda.

Todos deberíamos, entonces, adoptar una postura más humilde frente a la maternidad.

Juan Pablo Ogueda
Académico Escuela de Psicología Universidad de Las Américas

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