Hay un elefante enorme. Todos saben que existe, todos lo ven, todos reconocen que no debería estar ahí. Sin embargo, al parecer, se vuelve cómodo cuando está en nuestra habitación. Lo encontramos escandaloso cuando reposa en la casa del vecino, pero sorprendentemente tolerable, hasta agradable, cuando se instala en la nuestra. Le encontramos virtudes que, vistas desde la casa de al lado, no dudaríamos en criticar.
Ese elefante tiene un nombre particular en Chile, se llama «pituto». Una dinámica que identificamos con especial sospecha cuando beneficia a otros, pero que suele adquirir cierta benevolencia cuando favorece a alguien cercano. Entonces, deja de ser «amiguismo» y se convierte en «cargo de confianza»; deja de ser «ventaja injusta» y se transforma en «la oportunidad»; deja de parecernos discutible porque, después de todo, la persona escogida tiene las capacidades…O eso nos dijeron.
Seamos claros, el problema no son las redes de contacto. Buena parte de la vida profesional funciona precisamente por los vínculos de cercanía y conocimiento mutuo, y hay cargos en los que la confianza es simplemente indispensable. Por ejemplo, ¿contrataría usted a un asesor en quien no confía? ¿Dejaría información sensible de su empresa en manos de alguien a quien recién conoce? ¿Entregaría el control de sus cuentas bancarias a un completo desconocido? Difícil, ¿verdad?
No obstante, la situación entra en una zona gris cuando la confianza y la recomendación dejan de ser antecedentes útiles y se convierten en criterios determinantes, relegando la competencia —y la selección, por consiguiente— hasta el punto en que conocer a la persona indicada importa muchísimo más que ser la persona adecuada para el trabajo. Y se exacerba aún más cuando esta lógica se institucionaliza como pitutocracia en espacios que administran recursos, cargos o influencia pública. Una cosa es el pitutaje privado; otra muy distinta es cuando todos tenemos que financiar el amiguismo estatal.
Un empresario tendrá que asumir el costo de contratar a su sobrino incompetente: serán él, el directorio y la propia empresa quienes paguen las consecuencias de su mala decisión. Pero, en la esfera pública, las consecuencias de la pitutocracia se socializan. Todos los contribuyentes terminamos pagando decisiones que nunca tomamos, mientras sus beneficios quedan concentrados en unos pocos.
Pregúntele a cualquiera que haya postulado a un cargo público cuántos requisitos, documentos y pruebas tuvo que superar —si es que logró entrar— para conseguir el puesto. Por eso, la contradicción se vuelve especialmente difícil de explicar cuando jóvenes sin trayectoria comparable a la que se exige acceden a cargos públicos con remuneraciones que, para buena parte de las personas, resultan inalcanzables. No decimos que la juventud sea incapaz, sino que existe una pregunta inevitable: ¿Por qué a unos se les exige mostrar durante años que están preparados y a otros se les concede primero la oportunidad que después les permitirá acreditar esa misma experiencia? Las excepciones, una y otra vez, parecen concentrarse en quienes están cercanos a quienes toman la decisión de escogerlos.
Cuesta encontrar un rincón de la política chilena completamente ajeno a esta lógica. Se propaga al interior de los partidos, se extiende a las organizaciones que orbitan en torno a ellos e, incluso, alcanza a los movimientos universitarios. Las oportunidades circulan entre nombres conocidos, los mismos espacios validan a las mismas personas y las primeras puertas terminan abriendo las siguientes. En definitiva, la pitutocracia es un mecanismo de reproducción acrítica.
«Izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas», dijo Nicanor Parra. Pero se habla demasiado poco de que, para el ala liberal de esta última, el elefante del pituto es realmente pesado. Resulta paradójico defender con mucho fervor la competencia en el libre mercado y, al mismo tiempo, aceptar sin cuestionamientos que las oportunidades políticas, intelectuales y profesionales circulen dentro de redes restringidas. Desconfiamos de la planificación centralizada y de cualquier estructura que impida la entrada de nuevos competidores, pero somos tolerantes cuando nuestras propias instituciones cierran sus puertas y terminan creando entornos cada vez más endogámicos.
Parece que en política cuesta entender que la competencia no es un fin en sí mismo, sino un mecanismo para descubrir nuevas capacidades. Y detrás de ella existe un principio también liberal: la igualdad. No la de resultados, sino aquella que impide que el apellido, los contactos o la pregunta tan santiaguina «¿de qué colegio saliste?» pesen más que los propios talentos. Una sociedad abierta no puede prometer que el «hijo inteligente de los pobres» llegará más lejos que el «hijo tonto de los ricos»; pero sí debería procurar que ambos tengan la posibilidad de competir.
En una columna anterior hablábamos de la «política-miseria» como una lógica de validación política, donde la farandulización, la exposición vulgar y la viralización en redes sociales se convertían en vías rápidas de acceso al poder. El pituto opera de manera bastante similar: abre puertas, distribuye oportunidades, fabrica trayectorias y consolida élites.
Y si tenemos como principio la defensa de la democracia, ¿por qué no consideramos también una amenaza la lealtad ciega que puede crear y fomentar el pituto? Quien recibe una oportunidad difícilmente olvida quién se la concedió. Nadie necesita exigir obediencia para que exista, de todas maneras, una deuda por agradecimiento. La cercanía produce lealtad; la lealtad, complacencia; y la complacencia, silencio.
Es exactamente el peligro que Anne Applebaum ha advertido sobre los sistemas que se basan principalmente en la lealtad, los cuales terminan relegando la capacidad y el criterio individual. Y es evidente, si obtener y conservar un cargo depende más de agradar a quién te lo concedió en vez de los propios talentos, las instituciones dejan de seleccionar individuos libres y comienzan a preferir voces obedientes.
Finalmente, quizás es allí donde aparece el verdadero elefante. No es el pituto en sí mismo, sino el malestar que ocasiona. El resentimiento que se acumula contra las élites cuando las personas perciben reglas distintas y, peor aún, cuando quienes hoy se benefician de ellas son los mismos que enarbolan las banderas de la meritocracia. En plena crisis económica, basta conversar con quienes han debido competir una y otra vez por una oportunidad para comprender que el problema de fondo es otro: la falta de coherencia.
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