La cámara está encendida. Hablan de política: hay opiniones, diagnósticos sobre el país y críticas al gobierno de turno. Pero, a medida que avanza la noche, el tono cambia. El alcohol circula, las risas se vuelven más gruesas y la conversación se desliza hacia provocaciones cada vez más procaces.

La política no desaparece: se mezcla con la chabacanería hasta volverse indistinguible de ella. Lo que queda no es un debate de ideas, sino un espectáculo en el que el impacto importa mucho más que el contenido.

La escena adquiere un interés particular porque algunos ejercen cargos públicos, representan instituciones, dirigen campañas o aspiran a ejercer el poder. La política sigue ahí, pero ya no conduce la escena: queda subordinada a la lógica del espectáculo.

Esta transformación estuvo acompañada por un creciente descrédito de las mediaciones tradicionales. Ciertos guerreros culturales denuncian —muchas veces con razón— el sesgo y la homogeneidad ideológica de amplios sectores de la prensa. Sin embargo, esa crítica encierra una paradoja: se cuestiona al periodista por su ideologización, pero se reemplaza su mediación por figuras todavía más partidistas. El opinólogo sin método, el provocador permanente y el personaje cuya principal credencial es «hablar sin filtros».

El problema no es que la expansión de los medios digitales haya permitido la proliferación de nuevas voces —necesarias para el debate democrático—, sino que la apertura de la palabra pública comenzó a confundirse con la abolición de sus estándares mínimos. La honestidad intelectual implica reconocer que no todo lo que se dice «contracultural» construye futuro.

Como advierte Byung-Chul Han en Infocracia (2021), la sobrecarga informativa no produce necesariamente mayor conocimiento. El asedio constante de estímulos fragmenta la concentración, acelera la reacción y desplaza la reflexión en favor del impacto emocional.

La política, que exige tiempo, contexto y argumentos, ha aprendido a funcionar bajo esa misma lógica: el argumento debe comprimirse en una consigna; el planteamiento, en un clip viral; el adversario, en una caricatura; y la discusión, en un episodio suficientemente escandaloso para circular. Miles de fragmentos compiten a cada instante por unos segundos de atención, hasta que cada uno es desplazado por otro más estridente, más vulgar.

El propósito último de buena parte de la política digital no es informar, sino capturar votos. La persuasión deja entonces de apelar principalmente a la razón y se concentra en activar emocionalmente al espectador: indignarlo, entusiasmarlo o atemorizarlo hasta movilizarlo como votante.

En definitiva, la polémica no constituye una falla del formato, sino la condición misma de su supervivencia; y lo que comienza como una exigencia del medio termina moldeando una determinada manera de hacer política. El exceso se convierte en marca personal y, finalmente, en una fuente de notoriedad. «No hay publicidad mala», dicen; pero ¿puede sostenerse lo mismo cuando esa «publicidad» comienza a seleccionar nuestros liderazgos políticos?

Es en ese punto donde comienza la «política-miseria». Si en los años setenta se habló de «pornomiseria» para denunciar la explotación de la pobreza ajena y del sufrimiento como espectáculo, hoy podríamos proponer el concepto de «política-miseria» para describir la conversión de la ordinariez, el mal gusto y la falta de escrúpulos en capital político. Cuanto más bajo se cae, más «auténtico», «valiente» y «contracultural» parece quien protagoniza el espectáculo. Sus partidarios lo excusan, las redes sociales lo premian, algunos centros de pensamiento lo legitiman y los partidos le abren las puertas.

Ahora bien, la subordinación de la política al espectáculo funciona como un continuo, pero no todas sus expresiones constituyen todavía «política-miseria». En un nivel moderado, la provocación puede acompañar al argumento, pero no lo reemplaza. En un nivel intermedio, como ocurre en Sin Filtros, el conflicto deja de ser una consecuencia del debate y se convierte en el principal atractivo del formato. El teatro del «sin pelos en la lengua» se presenta como signo de «autenticidad», mientras el espectáculo gana terreno sobre la sustancia.

La «política-miseria» aparece propiamente en el extremo, representado por formatos de corte outsider como La Cofradía, la degradación deja de ser un exceso ocasional y pasa a constituir el formato mismo. La chabacanería, los gestos obscenos, el descontrol y la banalización de asuntos graves se convierten en recursos para producir notoriedad. Con ello, se entrega al adversario una superioridad moral que difícilmente habría conquistado por sí solo. La diferencia es decisiva: en los niveles moderados, la provocación todavía sirve a la política; en el extremo, la política termina sirviendo a la provocación.

El problema no termina en la pantalla. La «política-miseria» se vuelve verdaderamente peligrosa cuando la popularidad producida por el espectáculo comienza a confundirse con liderazgo. Centros de pensamiento, fundaciones y partidos terminan validando a figuras cuya principal credencial es provocar, sin examinar seriamente su idoneidad para ejercer el poder. Así, el escándalo se convierte en una vía rápida hacia candidaturas, cargos e influencia; y la extravagancia digital termina definiendo la vida institucional.

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La propia burbuja, reforzada por el algoritmo, impide advertir los costos. El aplauso incondicional, y la multiplicación de las interacciones producen la ilusión de un sector en expansión; pero quienes buscan seriedad, preparación o una conversación menos conflictiva se alejan en silencio. El espacio se vacía mientras retumban cada vez más fuerte las voces más estridentes.

Esta crítica no supone defender una política acartonada. La política necesita humor, irreverencia, cercanía y personas capaces de comunicarse con públicos amplios. Pero ninguna de esas virtudes puede convertirse en excusa para abandonar el estudio, la responsabilidad o el autocontrol.

Si la llamada «batalla cultural» pretende ser algo más que clips, polémicas y personajes, deberá elevar sus propios estándares. Una transformación política real exige ser coherentes con los valores que se proclaman; escoger a los mejores, no solo a los más ruidosos; premiar el mérito, no solo la audiencia; y comprender, por fin, que disputar la cultura no consiste en imitar aquello que se decía combatir.

Sofía Abarca C.
Periodista de la Universidad de Chile.
Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales.
MPPE (c) UDD.
Directora Ejecutiva Editorial Z&E.

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