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Precariedad laboral: la fórmula de emprendimiento de Horst Paulmann

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Autores: Andrés Bustamente, Sociólogo de la PUC – Sebastián Caviedes, Licenciado en Sociología de la U. de Chile
Centro de Estudios de la Fundación Nodo XXI
Autorizado para su publicación en BioBioChile.

El siguiente artículo indaga en la formación y expansión de uno de los grupos empresariales más relevantes para la identidad neoliberal del Chile actual: el Grupo Paulmann. Por una parte, se analizan los rasgos de su proceso de expansión económica, que hoy lo ubica en un lugar de privilegio entre los retailers latinoamericanos. Por otra, se examina su modo de interacción con el sistema político, destacando que aquél está marcado por una exigencia permanente de flexibilidad laboral, con la que se ha logrado sustentar una historia plagada de abusos y de precarización del trabajo, que, en lo sustantivo, es central en su modelo de negocios.

El 6 de enero de este año, la Fiscalía Nacional Económica presentó un requerimiento por supuestas prácticas contrarias al libre mercado ante el Tribunal de la Libre Competencia (TDLC). Los acusados en esta ocasión son las principales cadenas de supermercados: Cencosud, Walmart y SMU, a las que se sindica como responsables de utilizar como intermediarios a los proveedores de pollos, con el fin de coordinar a estas cadenas y así lograr la fijación de un precio de venta mínimo para este producto.

Con el destape de este caso, poco sorprendente a estas alturas, la opinión pública volvía sus ojos sobre los supermercados y el mundo del retail en general. Actores clave en el proceso de integración social concertacionista, por la vía de la masificación del consumo, hoy enfrentan la misma acusación que el resto del empresariado: la relación entre importantes niveles de rentabilidad a costa del abuso sobre una significativa franja de la población.

En ese marco, uno de los holdings más connotados es Cencosud, tanto por su agresiva estrategia de crecimiento y de posicionamiento de marcas, como por la impronta mediática de su fundador y accionista mayoritario, Horst Paulmann. Pero además, porque su propio proceso de acumulación de capital –apoyado en una particular relación con el poder político-, se ha desarrollado cumpliendo un rol clave en la conformación de la identidad que asume el Chile neoliberal.

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1.- La batalla por abrir nuevos mercados

A los pocos meses de inaugurado su primer local Jumbo en la Avenida Presidente Kennedy –de un tamaño 3 veces mayor al de los supermercados conocidos hasta ese momento-, la empresa de Horst Paulmann daba un salto fundamental al lograr reemplazar la acostumbrada cercanía al almacenero de barrio por la impersonalidad de sus amplios y extensos pasillos, pero también al convertir en toda una experiencia de relajo dominical para las familias acomodadas de Santiago las rutinarias compras de alimentos.

La inédita mezcla entre gran bodega mayorista y venta de productos de lujo importados con que Jumbo atrajo a sus clientes, anticipó el cambio cultural y económico que se avecinaba, puesto que se instalaba, por primera vez, la promesa de comodidad, rapidez y calidad con que el retail se presentaría ante los chilenos.

Los ajustes impuestos por la noche autoritaria le habían dado sentido a la construcción de enormes establecimientos: la magnitud de éste y luego del segundo Jumbo –emplazado en la Avenida Francisco Bilbao e inaugurado en 1979- surgían del aumento en el nivel de consumo de bienes y servicios, especialmente importados, que la política económica de la dictadura propiciaba al equiparar los valores del peso y del dólar, y al elevar las tasas de interés, incentivando con ello la inversión privada.

Formatos como los hipermercados o las tiendas por departamento, que lentamente proliferaban en los sectores altos de la capital, eran expresiones concretas de aquel boom económico que, hasta comienzos de la década de los ochenta, se valió de la dependencia de una economía intempestivamente abierta al mercado externo, excesivamente endeudada y marcada por una artificiosa política cambiaria.

Al poco tiempo, y tras repercutir en Chile la “crisis de la deuda” que se extendía por los países latinoamericanos, ello estalló. Y, en ese tránsito, tal como otros empresarios locales, Paulmann, sin liquidar sus activos en Chile, decidió orientar sus inversiones hacia otros países de la región, en un intento por capear los trastornos financieros. Su apuesta, paradójicamente, lo llevó a instalarse en la Argentina que ya mostraba los primeros síntomas de la grave espiral inflacionaria que, una década más tarde, habría de derivar en una hiperinflación de proporciones.

La ventaja de Paulmann, sin embargo, provenía de la posibilidad de invertir aprovechando el crédito de largo plazo al que podía acceder en suelo nacional, truco con el cual pudo diferenciarse de sus competidores argentinos al contar con el resguardo de un nivel inflacionario estabilizado al poco tiempo, como consecuencia del shock que las medidas monetaristas generaron tempranamente en Chile. De tal suerte, su expansión en las siguientes dos décadas se valió del prematuro carácter transnacional de Cencosud, que manteniendo su centro de operaciones en Chile, se convirtió en el mayor operador de hipermercados, centros comerciales y tiendas de mejoramiento del hogar de la Argentina, anticipando algunas de las áreas que era capaz de abarcar la –aún- poco desarrollada industria del retail en América Latina.

Tras este exitoso ciclo, que en los años noventa se vio favorecido por la paridad cambiaria impuesta por el gobierno de Carlos Menem, el “corralito” y el descalabro social y político que revienta en 2001 en la Argentina, Paulmann retorna a Chile. Consolidado su nombre e inversiones al otro lado de la cordillera, su regreso buscó proyectar, desde suelo nacional, la expansión de su imperio hacia el resto del continente. Para ello debía llevar adelante una doble tarea: consolidar su posición en el mercado local -hasta allí sólo asociada a las tiendas Jumbo y a Alto Las Condes- y profesionalizar sus estructuras de mando, de manera de transformar a Cencosud en un holding moderno y superar la etapa de la empresa familiar.

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Laurence Golborne fue el encargado de liderar este proceso desde su cargo de gerente general, aprovechando las favorables condiciones que, al llegar los 2000, se presentaban para el comercio minorista, tras años de incentivarse el consumo masivo. Y es que más allá de las apologías construidas sobre la trayectoria y la audacia del empresario chileno-alemán y de su principal ejecutivo, el escenario económico de esta década tuvo el respaldo de un aumento del precio de los commodities y, con ello, de un fortalecimiento de la moneda local, que benefició a las importaciones (especialmente del retail) dando pie a un importante crecimiento del consumo local.

En este marco, un análisis del peso económico que detenta hoy el Grupo Paulmann debe considerar como primer elemento la organización actual de la propiedad de Cencosud, rasgo que muestra una estructura de relativa simplicidad. En la actualidad, este conglomerado es controlado en un 60,03% por Horst Paulmann. Ese porcentaje se divide en un 58,43% que controla él a través de mecanismos directos e indirectos, y un 1,6% que es controlado por los integrantes de su familia. Como suele observarse en los grupos empresariales, el control personal directo de las acciones representa un porcentaje de la propiedad bastante menor (2,49% en este caso), mientras que el control indirecto a través de sociedades de inversión es bastante más significativo. En este caso, Paulmann controla Inversiones Quinchamalí Ltda., la cual es propietaria directamente de un 20,28% de Cencosud, y que además controla a Inversiones Latadía Limitada y a Inversiones Tano Limitada, que controlan respectivamente el 19,47% y 16,19% de la compañía.

Paulmann es líder de un grupo que se ha mantenido en el sector del retail. Sin embargo, como segunda característica emerge que, pese a tratarse de un grupo económico menor en cuanto a su relevancia política, sí lo es en cuanto a su importancia económica, lo que se observa en que logra un importante proceso de expansión, que lo llevó a posicionarse dentro de las grandes fortunas del país. Ese rasgo es ciertamente más destacable si se considera el carácter monocorde de su inserción económica.

Este proceso de expansión se inicia tempranamente en Argentina, y un buen indicador del signo de esta internacionalización es que a diferencia de otros grupos, en el caso de Paulmann los procesos de acumulación de capital y de expansión regional son paralelos. Si en 1976 se inauguraba el primer supermercado Jumbo en Avenida Kennedy, en 1982, apenas 6 años después, se inaugura un supermercado de la misma cadena en Buenos Aires. Por otra parte, el negocio de los centros comerciales de Paulmann se expande desde Argentina hacia Chile: parte con la inauguración de Unicenter en el país trasandino en 1988, y, 5 años después, se abre este segmento en Chile con el mall Alto Las Condes.

Tras ello el proceso se intensifica desde el 2000 en adelante, inaugurando no solo nuevas operaciones en Argentina, sino también en Brasil, Perú y Colombia. En este sentido, las estrategias de internacionalización de Paulmann tienen elementos de diversificación, pero con un carácter limitado. Dicho de otra forma, en vez de explorar nichos de acumulación en otras ramas de la economía, en este caso se ha optado por abrir nuevos mercados, pero ligados al retail, y dadas las limitaciones que impone el mercado chileno por su tamaño, esa apertura debe hacerse necesariamente hacia el exterior: si en 2007 el mercado local representa un 63% de los ingresos por ventas de Cencosud, al 2014 esa cifra disminuye a un 37%, todo ello compensado por la fuerte expansión en Brasil, Perú y Colombia. Ello replica un rasgo del empresariado en cuanto a la utilización extensiva del capital antes que en la inversión para agregar valor. Si la extensión antes se practicó en tierras cultivables, Paulmann la realiza en metros cuadrados de centros comerciales y supermercados.

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Lo relevante de este proceso expansivo es que una de las características del retail es la imperiosa necesidad de acrecentar el tamaño de los mercados en los que se inserta. En ese sentido, al revisar la posición de Cencosud en Sudamérica, es frecuente encontrar que es el segundo o tercer actor del mercado en cada país. En el caso de Chile, es el segundo actor en supermercados, detrás de Walmart. En Tiendas por departamento está detrás de Falabella, mientras que en Mejoramiento del Hogar y Centros Comerciales es el segundo y tercer actor del mercado, detrás de Sodimac y las cadenas de Mall Plaza, ambas controladas por Falabella.

En Perú, por su parte, Cencosud compite con Tottus en supermercados y con Falabella y Ripley en tiendas por departamentos. En Colombia, compite con Falabella a través de Sodimac. Todo ello muestra que la disputa por la extensión del mercado en el retail hace bastante tiempo que dejó de ser una disputa dentro del territorio chileno.

En ese marco, el holding ha definido que su estrategia de crecimiento se base en las adquisiciones, como forma de generar crecimiento orgánico. En función de ello, el plan de inversiones 2015-2018 contempla una inversión estimada en el rango entre US$ 2.400 y 3.000 millones, de los cuales un 59% se destinará a crecimiento orgánico y un 21% a remodelaciones.

Como se mencionó, esta expansión es fundamentalmente una extensión de supermercados y centros comerciales. Si bien en 2006, con la adquisición de Tiendas París, se adquiere el banco del mismo nombre, dicha adquisición no representa un salto hacia el sector financiero. De hecho, esta institución a junio de 2014 representa apenas un 0,24% de las colocaciones bancarias del sistema financiero, y tras la venta de Cencosud Administradora de Tarjetas a Scotiabank, la participación de Banco París en las colocaciones desciende al 0,01% a junio de 2015. La relevancia del segmento financiero, en este sentido, tiene menos que ver con las utilidades generadas por la intermediación financiera, y más con la generación de un vehículo de pago basado en la lógica del endeudamiento utilizado para integrar a amplios sectores de la población al consumo.

Cuadro 1: Utilidad y patrimonio Cencosud

En relación al patrimonio de la compañía y las utilidades de cada ejercicio, la tabla 1 muestra una realidad similar. Hay un crecimiento vertiginoso del patrimonio de Cencosud, de 10 veces entre 2002 y 2014, pero un crecimiento de las utilidades de solo 5 veces en el mismo período. Ello es indicativo de que los volúmenes de recursos invertidos implican un crecimiento de las utilidades, pero a un ritmo cada vez menor. En este sentido, podría caracterizarse este proceso de expansión más como una batalla por copar mercados antes que el intento de asegurar niveles de rentabilidad que como se observa, van a la baja en cuanto a la velocidad de su crecimiento.

2.- Paulmann y el retail en las bases de la sociedad chilena actual

Dada su escasa tradición, su origen extranjero y su agudo sentido de la oportunidad en los negocios, el análisis del Grupo Paulmann ha sido eclipsado, habitualmente, por el temperamento demostrado por su fundador a lo largo de su trayectoria empresarial. Reducido al “estilo Paulmann”, su más de medio siglo de ininterrumpido crecimiento apenas ha servido para ensanchar el mito del ascenso social del inmigrante venido de provincia, cuya historia parece concentrar varios principios del ideario empresarial moderno, tal como el propio empresario alemán se ha encargado de difundir.

Pero una visión de los pasos del holding Cencosud más allá de las cualidades personales de su dueño y por fuera de la vorágine de sus estrategias empresariales, permite dimensionar el lugar que le cabe al conglomerado, tanto en el mapa de la extrema riqueza como en la instalación de la cultura del consumo local. En ella, el rubro del retail ha sido fundamental, mientras el tamaño e imbricación social de éste le ha permitido alcanzar a sus dueños una relevante influencia política. Pero además, como pasa con Horst Paulmann, sus modos de actuar dicen mucho del tipo de empresariado y de capitalismo consolidado en las últimas décadas.

- El retail y la pretendida “integración social” concertacionista

Si los 2000 son los años de la modernización interna de Cencosud y de su expansión latinoamericana a gran escala, se puede señalar que en términos sociales se experimentan los frutos de una cultura del consumo consolidada. En efecto, habiendo disfrutado de un fuerte impulso en la década anterior, en concordancia con la pretendida política concertacionista de masificar el consumo para integrar socialmente a los beneficios del crecimiento económico, se torna algo cada vez más cotidiano entre las capas sociales menos acomodadas el acceso a grandes supermercados, tiendas por departamento, homecenters y centros comerciales.

La herramienta para lograr aquello va a ser la progresiva extensión del pago diferido o a crédito, el cual, permitiendo un consumo no dependiente de los ingresos inmediatos, no sólo permitirá aumentar la ganancia generada por la venta del bien, sino que será promovido como puerta de entrada a una supuesta modernidad, celebrada como el triunfo de la democracia social o incluso como una igualación a las costumbres de las élites. Instalados, bajo el exitismo noventero, los cimientos del consumo masivo, las prácticas asociadas a éste irán redefiniéndose en la década siguiente, en la misma proporción en que el crecimiento del consumo interno transforma a los operadores del retail en grandes grupos empresariales.

Si la ampliación del consumo proyectaba la ilusión de una integración social, aunque de hecho se transformaba en un ideologismo funcional al mantenimiento de la desarticulación social y política instalada en dictadura y la profundizaba, las facilidades creadas para acceder a éste llevan a una dimensión distinta las ganancias del retail. En concreto, la hasta entonces poco glamorosa industria del comercio minorista, escasamente profesionalizada en su gestión y por ello despreciada por los ejecutivos más exitosos, se convierte en una mina de oro producto del intenso proceso de expansión que se lleva adelante, ligado no sólo a la proliferación de nuevas tiendas y centros comerciales, sino, por sobre todo, a la disminución cada vez mayor de los requisitos para acceder al crédito, cuestión que permite que tanto las familias de ingresos medios como las de menos recursos puedan endeudarse. Se cierra así la integración vertical del negocio del retail. Conglomerados como Cencosud, junto a otros como Falabella o Ripley, se atreven a hacer lo que los bancos nunca quisieron: masificar las tarjetas de crédito.

La estrategia de la industria consistió en abordar todas las necesidades de los clientes a nivel de retail, incluyendo no sólo préstamos financieros, sino también la venta de otros productos como seguros de vida, automotrices o de desempleo. Disfrutando de una escasa regulación –como lo demostrarían años más tarde los abusos financieros de la empresa La Polar-, el otorgamiento de créditos mediante plásticos y las operaciones de los retailers en la banca se convirtieron en moneda corriente, coincidiendo con la apertura en bolsa de
varios consorcios, tal como ocurriera con el holding de Paulmann.

En ese tránsito, entre los años 2003 y 2008 se hablará de la “fiesta del retail”, ya que durante tal ciclo se desarrolla un proceso de acumulación inédito en los veinte años de existencia del rubro. Hacia el año 2007, éste desplaza al sector eléctrico como el con más peso en la Bolsa, mientras se transforma en el sector económico más dinámico tras la minería. Y es que hoy, según lo proyectado para 2015, la industria del retail representa casi el 21% del PIB, con ventas por alrededor de US$ 59.500 millones. Se trata de un éxito, sin embargo, dramáticamente asociado al sobreendeudamiento, en la medida que el 73% de los hogares nacionales mantiene algún tipo de deuda y, dentro de ese porcentaje, un 63% corresponde a créditos de consumo.

En consecuencia, si desde los noventa se ubicó al consumo masivo en base a crédito como el mecanismo integrador a la “modernidad” chilena, abriendo la llave de la abundancia para una industria del retail que alcanza un peso específico fulminante en la economía, tras ese crecimiento hay un importante costo social: la condición de endeudamiento no sólo se generalizó, sino que de ser excepcional, pasó a convertirse en el símbolo de la reproducción social de los chilenos.

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La fórmula del “retail integrado” ha tenido mucho que ver con ello, por cuanto ha permitido una insalvable fidelización de los consumidores. Sólo en Chile los dueños de las tiendas del retail son, al mismo tiempo, los controladores de los centros comerciales que las albergan, situación que les permite a los grandes grupos empresariales estar en cada fase del acto de consumir, con el agravante de que, además, las cuentas se pagan con los recursos financieros prestados por las mismas empresas. La vestimenta, los alimentos o el ocio, entre otros ítems básicos de la vida cotidiana, son pagados a plazos y con el mismo dinero que se pide en el banco de la tienda. De allí que Cencosud únicamente en Chile cuente con los cinco formatos de negocio atribuidos al retail y que el porcentaje más amplio de su facturación anual provenga desde este país, aun cuando su crecimiento explosivo es más reciente que, por ejemplo, países más grandes como la Argentina.

Es que el grado de centralidad que entre los chilenos ha adquirido la modalidad del retail para ejercer el consumo, es un logro de la industria y de quienes promovieron su crecimiento, tanto desde las políticas públicas como desde los relatos del éxito. Pero en el neoliberalismo chileno, si ya la supuesta integración por vía del consumo a crédito se muestra tempranamente como una forma de disciplinamiento social y no como un medio para alcanzar el bienestar y el acceso a la modernidad, en las condiciones de oligopolización en que prolifera y que están a la base del crecimiento explosivo del retail, se produce el escenario propicio para que tal disciplinamiento pueda convertirse, además, en abuso, tal como ocurriera con los cobros unilaterales que Cencosud hiciera a más de 600 mil clientes de sus tarjetas, paradojalmente, en pleno boom de ventas del retail.

- Paulmann contra los trabajadores y proveedores

Pero si el éxito del comercio minorista que puso en el mapa de la extrema riqueza a Paulmann se ha valido del ciclo de expansión y de bancarización del consumo, e incluso de los excesos que le permite a holdings como Cencosud ejercer un férreo control sobre el cómo consumen la mayoría de los chilenos, no debe olvidarse el papel que cumple en esta cadena la precariedad del empleo al que son sometidos sus trabajadores.

Tratándose de una industria que no obtiene sus utilidades de la marginalización que se hace de cada producto vendido, sino que del volumen de venta, necesita emplear gran cantidad de personas con el fin de facilitar la rápida salida y reposición de las mercancías. De allí que, en concordancia con su explosivo crecimiento, emerja en el retail un tipo de trabajador que se desempeña como un operador/vendedor disciplinado y competente, cuyo puesto de trabajo si bien se encuentra altamente definido y estandarizado, debe estar dispuesto a ejecutar nuevas tareas asociadas y a ser ubicado provisoriamente en otro lugar de trabajo. Ello, en base a una serie de estrategias de flexibilización y de control organizacional, que atañen a los tiempos del trabajo, sus condiciones, las dificultades para la organización sindical e incluso la subjetividad, puesto que en el retail se extienden los incentivos para que el trabajador se identifique con una cultura laboral que apela al autocontrol y autoexigencia.

Por ello se comprende que Paulmann, al volver a Chile a comienzos de los 2000, haya buscado mantener (y profundizar) esa situación de precariedad, bajo el pretexto de que lo contrario constituían obstáculos para el desarrollo empresarial chileno. Recordada es su intervención en la Enade de 2002, cuando como uno de los oradores principales de la cita llamó “a patalear, patalear y patalear, para no ahogarse”, animando a los grandes empresarios a exigir al Gobierno flexibilizar aún más el mercado de trabajo, tanto en términos de adaptabilidad de la jornada como de fijación de salarios, para disminuir los costos de contratación. Buscaba que se le “diera ánimo” a los empresarios para invertir, en respuesta a lo que a su juicio la inoportuna reforma laboral del gobierno de Ricardo Lagos (2001), que, como se vio más tarde, no hizo sino apoyar la posición empresarial al aumentar la flexibilización del uso de la fuerza de trabajo en términos de la jornada parcial y la funcionalidad, al tiempo que introducía la opción mercantilizar el derecho a huelga, al permitir a los empleadores abonar el valor de cada trabajador como pago a las organizaciones sindicales, para luego repartirlo entre los huelguistas.

Es que si algo encarna Paulmann como actor del neoliberalismo chileno, es a un tipo de empresariado que no sólo concibe a los trabajadores en una posición subalterna a los intereses del capital, sino que, por sobre todo, considera que todo derecho laboral es subordinable a las prioridades de la acumulación capitalista. De allí su rechazo a la sindicalización, en la cual divisa apenas un lastre que obstaculiza el desarrollo económico, especialmente en el comercio. Nada extraño para el líder de una industria que obtiene sus utilidades de la poco innovadora propuesta de comprar barato para vender más caro, aunque sea a mayor escala.

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En tal circunstancia, el trabajador necesariamente debe ser visto como un recurso productivo más, posible de ajustar de modo flexible a los vaivenes internacionales que afectan a una economía tan abierta como la chilena. Por ello, cuando Paulmann desestima la existencia de sindicatos unificados o justifica los bajos salarios y la precariedad laboral como virtudes de la creatividad empresarial para abaratar costos, se hace eco de la propia legislación laboral con que se beneficiara tanto durante la década pasada.

Afirmando su convicción por mantener estas condiciones en el mundo del trabajo, y especialmente en el rubro del retail, años atrás lo sintetizaba en una intervención incluida en un libro editado por La Moneda para conmemorar el Bicentenario:

“No podemos mantener normas laborales hechas a la medida del obrero hombre de las grandes empresas industriales y mineras. La mayor parte del empleo no está ahí. La mayoría de los pobres trabaja por su cuenta y, por consiguiente, no pueden tener sindicato. Esa es la realidad (…) Hay que permitir que cada emprendedor descubra de qué manera produce al menor costo y con la calidad que le permite prestar un servicio o producir un bien que tenga demanda en el mercado. Si las regulaciones obstaculizan esa libertad para encontrar la manera y el camino, se desperdicia la creatividad del empresario. Por consiguiente, esquemas organizativos como la subcontratación tienen que ser vistos como una manera de ganar en eficiencia”.

Solamente en los últimos años, el Grupo Paulmann, considerando sus diferentes segmentos, cuenta a su haber en Chile una serie de episodios de abuso y enfrentamiento laboral. En 2012, al realizarse la primera huelga de los trabajadores de Jumbo, sus demandas anotaban cuestiones tan mínimas como el establecimiento de turnos fijos para las trabajadoras con hijos menores de 5 años; un mínimo de $1.500 por hora para los trabajadores part-time (en su mayoría jóvenes y mujeres dueñas de casa); y un reajuste salarial a $215.000 para los trabajadores de planta.

Tales movilizaciones se producían tras meses de denuncias por malas condiciones laborales, que incluían a empleados del supermercado Santa Isabel trabajando bajo llave durante las noches y cobros a las cajeras por robos cometidos en las cajas de los supermercados, así como el no pago del sobre tiempo.

En 2015, el despido masivo de 6.000 trabajadores de Cencosud, aduciendo incertidumbre por los anuncios del gobierno de Michelle Bachelet o la cesantía provocada por el traspaso de parte importante de los servicios financieros del Banco París al Scotiabank al cerrarse varias de sus sucursales, demuestran la centralidad de la precariedad laboral en la industria del retail y en particular en Cencosud.

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Otra variable de ajuste y, no pocas veces, de abuso con que cuentan las empresas del retail son sus proveedores. En su mayoría pequeños y medianos productores o intermediarios, las grandes empresas del retail les fijan precios, cuotas de venta y fechas de pago, al tiempo que suelen trasladarles el control de una parte de la fuerza de trabajo, que es justamente la más afectada por la subcontratación.

Ello fue claramente expuesto por Horst Paulmann en 2013, cuando afirmó que era “un sueño” del entonces ministro de Economía, Pablo Longueira, la idea de que las grandes empresas del retail pagaran a 30 días a los proveedores y no a 60, 120 ó 150 días como ocurre en algunos casos. Y es que, en definitiva, si el “retail integrado” y la oligopolización del comercio minorista por los gigantes del retail les permite un alto control sobre el acceso al consumo, también les consiente trasladar buena parte de los costos a los otros miembros de la cadena productiva. Entre ellos, además de estar siempre los trabajadores en la primera línea, suman a una serie de pymes productoras que “anhelan” ser encadenadas a estas grandes empresas, puesto que, en caso contrario, pueden quedar marginadas de cualquier posibilidad de negocio.

En consecuencia, si bien es cierto que sobre todo tras ingresar a la OCDE en 2009 se han hecho esfuerzos por mejorar la calidad del trabajo, en especial disminuyendo los niveles de informalidad, lo cierto es que el boom de la industria del retail durante los años 2000 se produce en medio de los excesos que alientan la concentración económica, entre otras cosas, en base a manejos abusivos de los servicios financieros, flexibilidad y precariedad laboral y sometimiento de las empresas de menor tamaño. Es decir, todo un abanico de desregulaciones que permitieron una acumulación originaria que hoy explica la existencia de algunos grandes grupos empresariales del retail como Paulmann.

- Costanera Center, el Estado y el empresario que decía no meterse en política

A comienzos de 2015, Horst Paulmann reaccionaba a los cuestionamientos surgidos en torno al financiamiento a campañas políticas otorgado por Penta y SQM, señalando que “un empresario no debe meterse en política”. Frase que, propicia para el momento, se aleja bastante de los avatares que tuvo un episodio como la disputa que entre Cencosud y el Estado se generó por el financiamiento de las obras de mitigación vial requeridas para la construcción del complejo Costanera Center.

Corría el año 2009 y a un año de desatarse la crisis subprime en los Estados Unidos, se detuvo la construcción de aquel complejo acusando un resguardo del plan de inversiones para hacer frente a una deuda por US$ 2.000 millones que aquejaba a Cencosud, y que se atribuía a la propia crisis. La paralización coincidía, además, con la modificación que hacía pocos meses se había hecho del permiso de edificación entregado a la compañía -en vista del aumento de estacionamientos y de superficie de construcción que había sido incluido a último momento, y que difería del proyecto original aceptado en 200140-, el cual imponía la necesidad de aumentar las medidas de mitigación.

En 2007, Cencosud se había abierto a negociar la posibilidad de generar una extensión de la estación de metro Tobalaba que llegara hasta el centro comercial, para así privilegiar el transporte público en una zona densa en automóviles. Si bien en un comienzo existió acuerdo entre Paulmann y el ministro de Obras Públicas de ese momento, Eduardo Bitrán, respecto a los montos, no hubo acuerdo con Metro S.A., desatándose de allí en más (y hasta el 2009) una sucesión de cambios en los planes de mitigación, que terminaron cuando ésta última empresa propuso a Cencosud realizar trabajos de ampliación en las estaciones Los Leones y Tobalaba, con el objeto de entroncar con el centro comercial.

El asunto del financiamiento era la piedra de toque, y fue justamente allí donde ocurre el hecho más llamativo, al producirse un giro en la posición del Estado, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet. En efecto, si en mayo de 2008, su segundo ministro de Obras Públicas, Sergio Bitar, señalaba que el Gobierno no iba a “subsidiar a los que andan en esa zona y tengan autos; (porque) eso es subsidiar todo Chile a Santiago y los menos pudientes a los más pudientes”, meses más tarde reculará, y dará apoyo al financiamiento estatal. Ello, pese a que el financiamiento de varias de las mitigaciones que indicaba el estudio de impacto sobre el sistema de transporte urbano de 2008, no era negociable, y Cencosud se había comprometido a implementarlas.

La trama conocida hoy indica que, pese a las quejas de Cencosud por su deuda y los efectos de la crisis, su estrategia consistió en usar la amenaza de paralización de sus actividades en medio de esta coyuntura internacional, para presionar por una reactivación del financiamiento del Gobierno. Básicamente, se aprovecharon los despidos masivos generados por la detención de las obras, en medio de un escenario en que el Gobierno comenzaba a aplicar políticas anticíclicas como medida para sortear los potenciales efectos del vaivén económico dentro de Chile.

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En base a esta posición de poder, tiempo después Paulmann plantearía su negativa a pagar más del 25% del costo total de las nuevas obras, reclamando que a otros proyectos como Isidora 3000, Torre Titanium o Santa Rosa de Las Condes no se les exigía aquello. Por lo mismo, durante 2010 el primer ministro de Obras Públicas, ahora de Sebastián Piñera, Hernán de Solminihac, señalaría que volverían al plan original de un túnel de dos pistas, dado que no habría aportes de Paulmann. Sin embargo, para sorpresa de todos, al arribar Laurence Golborne al ministerio, retomaría la idea de que el puente lo pagaran los privados. Las obras se habían reactivado tras la primera vuelta de la elección presidencial de 2009, al poco tiempo de haberse fijado su paralización, lo que de hecho comprobaba que la deuda de Cencosud no era la verdadera razón para la detención de las obras.

Hasta hoy, y tras la apertura en 2012 de la torre que corresponde al centro comercial del complejo Costanera Center, siguen las dudas respecto al modo en que habrán de financiarse las obras de mitigación, especialmente las que Metro S.A. lleva adelante en estos momentos.

Ahora bien, más allá de estas disputas, que vuelven a retratar la afición del gran empresariado local por los subsidios estatales -incluso para una obra que es parte del desarrollo inmobiliario aparejado al crecimiento del retail y, en ese sentido, a la tendencia de esta industria en Chile a ser dueños de sus propios centros comerciales- y que tiene los rasgos de una intervención urbana propia de los grandes capitales corporativos que quieren dar muestras de su poder, lo importante del conflicto radica en que la medida de presión que el empresario chileno-alemán usó a su favor, además de valerse de los trabajadores despedidos para su maniobra de negociación, fue posible por las propias medidas gubernamentales que lo venían favoreciendo desde antes.

En efecto, cuando en 2006 Ricardo Lagos, en su calidad de Presidente de la República, instala la primera piedra del futuro complejo Costanera Center, el permiso para la construcción de éste aún no había sido otorgado. Durante el mismo año, el Congreso Nacional había aprobado el proyecto de ley que, emanado desde la Presidencia, propuso entregar la nacionalidad por gracia al empresario, a propósito de su “destacada trayectoria empresarial y enorme contribución al desarrollo económico y social del país, beneficiando uniformemente a los distintos sectores de la población”. Pero además, porque se destacaba que durante el 2003 “reactiva el crecimiento económico nacional, pues inicia nuevas áreas de negocios dirigidas a nuevos segmentos de la población.

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Así, adquiere los supermercados Santa Isabel, y crea la tarjeta ‘Jumbo Más’. A su vez, construye grandes centros comerciales en Santiago, inaugurando Florida Center y Portal La Dehesa”. Ya antes, en 2004, Paulmann había sido reconocido en la Argentina, de manos de Néstor Kirchner, con la Condecoración de la Orden de Mayo en su grado de Comendador, por sus actividades a favor del bienestar del país. Y es que, como se ha señalado, el peso específico que alcanza la industria del retail y especialmente el tamaño que ostenta Cencosud en el escenario chileno y latinoamericano, constituye una herramienta que tanto como puede jugar a favor de los gobiernos, puede ser usada en su contra y en contra de los recursos de los Estados, tal como lo demuestra el episodio de Costanera Center.

La relación que Paulmann ha establecido con la política en los diferentes países en que opera, tiene rasgos de transversalidad más allá de los gobiernos. Es un activo miembro de las organizaciones gremiales en Argentina, Perú y Chile, mientras en este último país es un antiguo miembro del Consejo Asesor del Centro de Estudios Públicos (CEP). Además, últimamente se ha sabido que también es un activo financista de la política, que realiza aportes reservados a campañas a través de diversas empresas vinculadas a Cencosud. Aportes que, siendo legales, no impidieron que, durante el pasado año, la justicia ordenara al Servel levantar el secreto de sus colaboraciones, a partir de la demanda interpuesta por un accionista minoritario del holding. Ello, sumado a sospechas que sindican a Paulmann como un antiguo colaborador de la UDI a través de Pablo Longueira.

La clave del Grupo Paulmann y Cencosud es la cantidad de bienes físicos y humanos con que cuenta. Las más de 60.000 personas que trabajan en sus establecimientos, contribuyen a que alrededor del 19% de las personas empleadas en el país están en el comercio del retail, incluyendo todo tipo de empresas. Siendo esto fruto del crecimiento del sector en las últimas décadas, es también el modo encontrado por empresarios como Paulmann, sin tradición familiar ni estirpe política, para incidir en ésta última y en los países en que invierte.

3.- Poder basado en una integración social espuria

Analizar la posición económica del Grupo Paulmann implica tener en consideración al menos dos características. La primera es que exhibe diferencias relevantes en relación a los procesos de expansión de los grandes grupos empresariales. Por un lado, Luksic y Angelini se posicionan en varias de las ramas más importantes de la economía, mientras los Matte cuentan con un ancla en el sector forestal, al tiempo que desarrollan un fuerte proceso de integración vertical en torno a ella, el cual complementan con la producción de un fuerte dispositivo de reproducción ideológica y cultural.

En tal sentido, en esos casos se está ante grupos con “visión de Estado”, y con una capacidad efectiva de representar sus intereses ante el sistema político. Distinto al caso de Paulmann, cuya relevancia política, más allá de momentos puntuales, es menor, en tanto sus mecanismos para ejercerla muestran un carácter bastante menos orgánico que los de los grupos “grandes”.

Respecto a la influencia política de Paulmann, aunque parece ser que también se expresa en el financiamiento de campañas políticas, se asienta antes que todo en las propias características del negocio en que se desenvuelve. Habiendo operado como actor relevante en la transformación de las prácticas de consumo masivo en el Chile de la segunda mitad del siglo pasado, su gran logro, no obstante, es haber capitalizado, a su vuelta al país, los beneficios de esta nueva cultura consolidada al calor de la utopía concertacionista por obtener integración social a través del consumo y, por sobre todo, al aprovechar los mecanismos financieros con los cuales se alentó aquella operación. El avance de esa fórmula, si no integró, sí terminó por imponer entre la mayoría de los chilenos a las tiendas del retail –en todas sus variantes- como los espacios para ejercer el consumo, al tiempo que, de hecho, se instituyó el consumo de bienes y servicios como el modo de acceder a los beneficios de la modernización económica.

Al llegar el nuevo milenio, ese tránsito permitió no sólo que la Concertación obtuviera crecimiento económico manteniendo la desarticulación social y política de la dictadura –al convertir a los ciudadanos en consumidores-, sino que la propia industria del retail y, entre sus miembros, el grupo Paulmann, experimentaran una expansión espectacular en pocos años, que develó los hasta ese momento poco explotados nichos de acumulación que el rubro escondía.

Agencia UNO

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El problema, sin embargo, es que esa explotación, que paradójicamente se mostraba como la realizadora del anhelo de la integración, terminó sustentándose en la desregulación y los excesos, sobre todo vinculados al tipo de trabajo que estas empresas entregan a sus empleados y al abuso que ellas ejercen sobre sus proveedores. Si la profesionalización de la gestión durante los 2000 -tal como sucedió en Cencosud- disminuyó la rotación de las estructuras de mando, no supuso un cambio sustantivo en las condiciones de trabajo de las jerarquías subalternas. Por el contrario, la capitalización de los años de expansión del consumo que la industria del retail aprovechara en la década pasada, se valió de esos excesos para sacar el máximo provecho a la coyuntura. Así, mayor consumo –mediado por tarjetas de crédito- y mayor abuso laboral y comercial con las empresas de menor tamaño, permitió el arribo a los puestos de avanzada del mapa de la extrema riqueza chilena, sobre todo a Horst Paulmann.

Pero además, si en las épocas de bonanza las dimensiones y el dinamismo –laboral e inmobiliario- de una industria como la del retail, mostró ser una herramienta a tener en cuenta por los gobiernos, relevando el papel de estos emprendedores por su capacidad para crear trabajo y transformar las ciudades con nuevos edificios, en las etapas de crisis, tal influencia política se convirtió en una carta disponible de este empresariado para negociar, por ejemplo, el acceso a subsidios estatales. De tal suerte, surgido de la propia promoción estatal al consumo como particular fórmula de integración, el neoliberalismo chileno propició la formación de un empresariado que, como Paulmann, defiende valores escasamente integradores, tal como lo demuestran sus actitudes y estrategias contra los trabajadores.

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Autores: Andrés Bustamente, Sociólogo de la PUC – Sebastián Caviedes, Licenciado en Sociología de la U. de Chile
Centro de Estudios de la Fundación Nodo XXI
Autorizado para su publicación en BioBioChile.

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