Edificar el bien, y podríamos decir un bien que sea común, requiere no solo una búsqueda altruista y concertada de promover lo justo; requiere también, y con realismo, considerar aquellos aspectos de la vida juntos que resultan ser grietas y brechas para los rostros de nuestro tiempo.

El bien exige la verdad, de manera que buscarlo debe asumir también el desafío intelectual de dar textura a las causas de su ausencia en el concierto de lo público y prospectar, a su vez, los desafíos que desbordarán el diagnóstico y los alcances de la solución.

La celeridad de los cambios, la condición multicausal de los mismos y el sentido de prontitud con el que vivimos convierten la corresponsabilidad de construir el tejido de lo social en una artesanía que nos demanda fineza y una voluntad compartida, que no decolore la composición de un propósito que nos integre. Esta realidad requiere expresión en la educación.

En su reciente viaje apostólico a Francia, el Papa León XIV planteó frente a las autoridades y la sociedad civil, con un profundo sentido humanista, que “existe en nuestros días la tentación de esperar que la ciencia nos brinde una solución y un consuelo para todos nuestros sufrimientos”.

Es un riesgo caer en dicha ilusión, pues el alcance de la misma y la concentración segregadora de la ciencia como industria nos hacen poner en riesgo una horizontalidad constructiva, además de simplificar los relieves de un pensamiento sobre la persona, que es y debe ser siempre propiciadora y fin de la misma.

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En la particularidad de la audiencia, la propuesta del Santo Padre y la Iglesia es clara y permanente. El rol de la educación es esencial. Junto con el arte de comprender, discernir e imaginar desde el conocimiento, la educación, en su institucionalidad, exige el respeto y el cuidado por el otro; permite dar carne a la loable exigencia de compartir y de construir la vocación personal, también con los otros.

De ahí que el bien común no sea una conceptualización ilimitada en su significado, sino una posición muy concreta en la que se pueden vertebrar la persona, las asociaciones intermedias y la misma sociedad.

Formar en el bien común requiere arquitecturas académicas que no solo contemplen la estatura técnica, sino una perspectiva que dé sentido y que vuelva permanentemente sobre la persona, que se percuda de reduccionismos y que recuerde invariablemente la responsabilidad a la que nos moviliza el conocimiento.

Promover y formar en perspectiva del bien común armoniza preeminentemente también la forma en la que comprendemos la cultura, ese unificador y críptico concepto nos muestra siempre algo de nosotros, que se manifiesta en el diálogo y en las condiciones de la cotidianeidad.

Las universidades tenemos adeudo permanente con la persona y el bien que el conocimiento dispensa a la cosa pública. Cada programa, cada modelo de enseñar, cada manifestación de la excelencia tiene, en última instancia, un encuentro con los semblantes de quienes nos permiten, conservando el acervo cultural, transformarlo en una sabiduría que diseñe cartografías de esperanza y bien común.

Alex Muñoz Hernández
Director de Identidad Católica de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

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