Todos podemos recordar a un profesor que dejó una huella en nuestra vida. A veces fue quien nos enseñó una materia. Otras, quien hizo algo aparentemente más sencillo, pero quizás más importante: confiar en nosotros antes de que nosotros mismos supiéramos hacerlo.

Con los años olvidamos muchas notas, pruebas y contenidos. Pero difícilmente olvidamos a quien nos hizo sentir capaces.

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Y esa influencia no es solo una percepción. Un amplio estudio publicado por el National Bureau of Economic Research de Estados Unidos, que analizó la trayectoria de cerca de 2,5 millones de estudiantes durante dos décadas, mostró que quienes tuvieron profesores con mayor impacto en su aprendizaje no solo obtuvieron mejores resultados escolares, sino que también presentaron una mayor probabilidad de asistir a la universidad y mayores ingresos en la adultez.

En Chile, un estudio desarrollado por académicos del Instituto de Sociología de la Universidad Católica, a partir de resultados del SIMCE y registros administrativos de los docentes, también ha mostrado que la calidad de los profesores tiene una incidencia significativa en los aprendizajes de sus estudiantes. En 8° básico, el efecto fue particularmente importante en Matemática y alcanzó una magnitud comparable, e incluso superior, a la observada en políticas como la Subvención Escolar Preferencial (SEP).

La evidencia confirma algo que quienes trabajamos en educación vemos todos los días: un buen profesor puede cambiar una trayectoria de vida.

Por eso, reconocer a nuestros docentes no puede limitarse a una celebración una vez al año. Si realmente creemos en su importancia, debemos preocuparnos también de las condiciones en que enseñan: su formación, su desarrollo profesional, el tiempo que tienen para preparar sus clases, el acompañamiento que reciben y la confianza que construimos en torno a su trabajo.

Quienes tenemos responsabilidades en instituciones educativas también debemos asumir nuestra parte. No podemos pedirles a los profesores que cuiden y acompañen cada día a sus estudiantes si no construimos comunidades que también los cuiden, acompañen y valoren a ellos.

Y esa comunidad es más amplia que la sala de clases. Asistentes de la educación, equipos directivos, profesionales y administrativos también educan a través de su trabajo cotidiano, de los vínculos que construyen y, especialmente, de su ejemplo.

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Por eso, al acercarnos al Día del Profesor y al Día de la Educación, vale la pena detenernos en una idea sencilla: educar es trabajar hoy por resultados que muchas veces solo veremos muchos años después.

Está en el profesor que descubre una capacidad que nadie había visto. En quien insiste una vez más con un estudiante que está a punto de rendirse. En quien logra despertar una curiosidad que puede acompañarlo durante toda su vida.
Quizás esa sea una de las mayores grandezas de educar: dejar una huella cuyo verdadero alcance muchas veces solo podremos comprender con el tiempo.

Gonzalo Silva
Presidente Fundación Educacional Luis Silva Sánchez

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