Lo que ha ocurrido con las multimillonarias pérdidas en los fondos de pensiones de las AFP no es un simple bache financiero ni un “ajuste de mercado”: es un escándalo. Es, con todas sus letras, una estafa social y un fraude que golpea con especial crueldad a quienes confiaron en el Fondo E.
Durante años, el relato oficial del sistema repitió que el Fondo E era el refugio seguro. Nos dijeron que, si bien allí no encontraríamos grandes rentabilidades, tendríamos la certeza que nuestros ahorros estarían resguardados de cualquier riesgo. Una promesa que hoy se revela como una burda mentira. Quienes buscaron esa protección hoy sufren escandalosas pérdidas, que ya superan los 7 mil millones de dólares.
¿La razón de este desastre? La irresponsabilidad inexcusable de las AFP y de sus altos ejecutivos. La explicación que intentan darnos raya en lo insólito: se metieron en una suerte de “locura” inversora, enviciándose con movimientos de alto riesgo que prometían rentabilidades fantásticas y que terminaron en un fiasco absoluto.
Pero detengámonos a mirar quién paga el costo de ese delirio. ¿Se ven afectados los bolsillos de esos ejecutivos? En absoluto. Ellos siguen blindados en sus burbujas, percibiendo sueldos millonarios de 20, 30 y hasta 40 millones de pesos al mes, completamente inmunes al daño que provocan. Mientras tanto, el golpe lo recibimos los trabajadores y trabajadoras del país.
Como dirigente, me ha tocado vivir la cara más dolorosa de esta crisis. He visto a colegas, profesoras y profesores, llorando de impotencia al decirme que, estando a punto de jubilar tras una vida entera en las aulas, ven cómo sus futuras pensiones se desmoronan por culpa de estos irresponsables. Es una violencia tremenda.
Esto es un fraude social y si queda un mínimo de decencia en el Poder Judicial de este país, esta gente tiene que ser sancionada penal y económicamente; tienen que responder con su propio patrimonio por el daño causado.
No es aceptable bajo ninguna lógica que los ejecutivos cometan los errores y los trabajadores paguemos la cuenta. La indignación es total y es momento de actuar.
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