La curiosidad humana es insaciable. Gracias a ella, hemos intentado comprender el mundo mucho antes de que existieran las universidades, los laboratorios o incluso la palabra “ciencia”.
Probablemente todo comenzó cuando nuestros antepasados observaron por primera vez el fuego y se preguntaron qué era, cómo funcionaba y de qué manera podían utilizarlo. Desde entonces, esa inquietud por comprender los fenómenos naturales no ha dejado de acompañarnos. Ha sido una de las características más distintivas de nuestra especie.
A lo largo de la historia, mediante la observación, el pensamiento abstracto y el desarrollo de instrumentos cada vez más sofisticados, hemos logrado penetrar en algunos de los misterios más profundos del universo. Lo que en tiempos de Galileo se conocía como filosofía natural es lo que hoy llamamos ciencia básica o ciencia de base: el esfuerzo por entender cómo funciona la naturaleza, sin que necesariamente exista una aplicación inmediata a la vista.
Sin embargo, la historia demuestra que pocas actividades humanas han tenido consecuencias tan prácticas que esa búsqueda aparentemente desinteresada del conocimiento.
Comprender las leyes de la física permitió desarrollar la electrónica moderna. Estudiar el comportamiento de las moléculas abrió el camino a la medicina contemporánea. Investigar la estructura de la materia hizo posible el transistor, los computadores, el GPS y las telecomunicaciones que hoy conectan al planeta. Del mismo modo, la exploración de los mecanismos biológicos ha permitido desarrollar vacunas, tratamientos y cientos de medicamentos que han mejorado la calidad de vida y la expectativa de vida de millones de personas.
Por eso resulta difícil separar la ciencia básica del progreso humano. Cada avance tecnológico, cada innovación médica y cada nueva herramienta que utilizamos cotidianamente tienen detrás una larga historia de preguntas formuladas por personas que simplemente querían comprender mejor el mundo.
Pero la ciencia no sólo produce conocimiento. También alimenta la imaginación.
Cuando un niño descubre por qué desaparecieron los dinosaurios, cuando una estudiante aprende cómo funcionan los electrones o cuando una persona observa por primera vez una imagen obtenida por un telescopio espacial, está participando de una aventura intelectual que comenzó mucho antes de su nacimiento y continuará mucho después de que nosotros nos hayamos ido.
A veces olvidamos que los científicos también son creadores. Al igual que los artistas, intentan representar aspectos de la realidad que permanecen ocultos a la mayoría de las personas. La diferencia es que, en lugar de utilizar pinceles, cinceles o instrumentos musicales, emplean microscopios, telescopios, ecuaciones y experimentos para explorar mundos invisibles. Forzosamente, la interpretación de esos mundos implica un acto creativo, y por eso el científico, así como el poeta, no puede estudiar una bacteria ni el universo sin involucrarse intelectual y emocionalmente.
La creatividad, la imaginación y la capacidad de formular preguntas son elementos comunes tanto en el arte como en la ciencia.
Por eso es tan importante que el conocimiento salga de los laboratorios y llegue a la ciudadanía. No solo porque las personas tienen derecho a conocer los avances que ayudan a financiar con sus impuestos, sino porque la curiosidad también necesita ser cultivada.
Vivimos en una época marcada por desafíos complejos: enfermedades emergentes, envejecimiento de la población, crisis climática y transformaciones tecnológicas aceleradas. Enfrentar esos problemas requerirá nuevas respuestas. Y esas respuestas nacerán, como ha ocurrido siempre, de nuevas preguntas.
Después de todo, la historia de la humanidad puede entenderse como la historia de una curiosidad que nunca se conformó con aceptar el mundo tal como era.
Ramón Latorre
Premio Nacional de Ciencias Naturales
Investigador Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV-UV)
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