Wilfred Owen escribió cartas, borradores, notas, en condiciones del todo dramáticas, y diría que experimentó un arrebato o furor expresivo muy singular que lo llevó a las trincheras de la Línea Fonsomme, en la Primera Guerra Mundial, para autenticar su lenguaje poético. ¿Sonaban las sílabas como el zumbido de las balas para esquivar?, ¿es gargling (hacer gárgaras, gerundio del verbo gargle, de claro origen onomatopéyico) adecuado para connotar el ahogo por efecto del gas químico letal? ¿Qué palabras usar para reproducir el traqueteo de las ametralladoras que amenazan día y noche? Y, sobre todo, ¿cómo oponer un antibelicismo a una razón trastornada, dejando intacta la valentía de los soldados en la guerra?

En Cartas escogidas de Wilfred Owen (editadas por Jane Potter, Oxford University Press, 2023), le escribe a su madre que iba a la guerra para sostener el lenguaje en el que había escrito Keats (su primer mentor); es decir, se trataba no sólo de una contienda en el plano material que enfrentaba a las fuerzas en el campo, sino de un lenguaje poético puesto a prueba que también entraba en lidia con lo obsoleto de sí mismo. Además del horror sin parangón de esta Primera Guerra Mundial, los combatientes verificaban el hecho de la industrialización de la masacre, nueva tecnología y nuevo armamento para el uso y enfrentamiento por primera vez en este espanto escénico.

En La Gran Guerra y la memoria moderna (1975), Paul Fussell nos cuenta que en esta lid los soldados y oficiales ingleses apostados en las trincheras, tenían una más que pasable formación literaria gracias a programas populares como el de la Unión Nacional de Lectores, y a un sistema educativo permeado por el valor de la literatura clásica e inglesa, acciones alentadas en tanto factores de cohesión e instrucción intelectual para todos los estamentos sociales de la isla.

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Agreguemos que en esta red del libro fundamental fue la iniciativa del editor londinense Joseph Malaby Dent, quien se propuso, a partir de 1906, publicar una biblioteca de 1.000 volúmenes de la literatura universal occidental. El primer libro de consumo masivo fue La vida de Johnson, de James Boswell. La colección que circuló entre los soldados en las trincheras y los campamentos se tituló Biblioteca Everyman, nombre puesto por el poeta, ensayista y crítico literario Ernest Rhys, en su momento inicial editor de la serie.

Fussell, asimismo, noticia de connotados personajes en el barro de las trincheras tratando de no ser detectados por las bengalas enemigas, como del poeta y crítico literario Edmund Blunden, quien relata: “leía las Reflexiones nocturnas en torno a la vida, la muerte y la inmortalidad, de [Edward] Young (…) y le llegaba a uno al alma hasta cuando estaba en un nido de ametralladoras”; refiere que Charles Carrington, el erudito y catedrático de Historia en Cambridge, autor de La guerra de un subalterno, “en cierta ocasión fue víctima de un ‘ataque de ansiedad por leer’ y pidió a casa que le enviaran libros de Browning”; el poeta y filósofo Herbert Read, autor del poema antibelicista “Mi compañía”, escribe cartas en que menciona a Don Quijote, Bajo la mirada de Occidente, de Conrad; los ensayos de William Hazlitt; El regreso del nativo, de Thomas Hardy, etc. Cada soldado y oficial, contaba a su vez con un diccionario, el The Active Service French Book, for Soldiers & Sailors, para tratar con los franceses. Como nunca antes una guerra había sido tan literaria.

El subteniente Owen, ya en el frente desde enero de 1917, y luego de variadas acciones de gran desempeño y arrojo, es alcanzado por un proyectil de mortero alemán que lo lanza a un cráter entre otros heridos y muertos, en el bosque de Savy Wood; esto le provoca un shell-shock (shock de guerra) y lo evacúan al Hospital Militar Craiglockhart de Edimburgo. Allí lo esperaba el otro poeta Siegfried Sassoon, apodado en el frente “Jack el loco” por sus temerarias incursiones en territorio enemigo, como el rescate de heridos y prisioneros bajo fuego de ametralladoras, y otras escaramuzas que le valieron condecoraciones. Este encuentro sería crucial.

Sassoon había escrito la famosa Declaración de un soldado, difundida en la prensa y leída el 30 de julio de 1917 en el parlamento inglés con escándalo, en que criticaba la dirección política de la guerra, y acusaba que estaba siendo prolongada artificiosamente por quienes tenían poder para terminarla: “No protesto contra la conducción militar de la guerra, sino contra los errores políticos y la hipocresía por los que se está sacrificando a los soldados”. En vez de enviarlo a una corte marcial se dispuso “tratarlo” en Craiglockhart.

Tan poseído por las letras está Owen que asume la edición de varios números de La Hidra (ya en marcha), revista de la institución, muy british, de gran avisaje comercial: tiendas deportivas dedicadas al cricket, tenis, badmington, golf y pesca, como si nada pasara; marcas de cigarrillos, instrumentos fotográficos, tiendas de instrumentos musicales, etc. Noticiaba de quienes llegaban y quienes se iban del hospital; las actividades internas de muy variado tipo, y llamaba a enviar obras literarias y de teatro para publicarlas. En esta revista Owen exhibió sus primeros cinco poemas.

Pero este encuentro tiene una incidencia de valor en la poesía de Owen. Sassoon le cambia los poemas a Owen, lo impele a ser más crudo, enérgico, menos Keats o Lake Poets, a usar los sueños y pesadillas que no lo dejan tranquilo (lo mismo que le recomendaba el doctor Arthur Brock), a que se vea y oiga la batalla en el papel. Owen toma nota y hay borradores certificando estos cambios de palabras e imágenes que ya no representaban la guerra sino eran la guerra en sí misma. En “Himno para la juventud condenada” es visible el cambio de solemn a monstrous (solemne a monstruosa) en una línea que quedará así: “Solo la monstruosa furia de las armas”. Y el título era “juventud muerta”, y cambia a manos de Sassoon por “condenada”. Gran aporte.

Con el tratamiento Owen mejora, y ante opciones por las que se podría haber quedado en Inglaterra a salvo, le asalta la irrefrenable idea de volver al frente. Y contra toda recomendación vuelve a la batalla en agosto de 1918, tras ser declarado apto para el Frente Occidental. En el enjambre de trincheras y defensas alemanas de la Línea Fonsomme, Owen toma prisioneros y captura una ametralladora, en los combates del 1 y 2 de octubre, por lo que fue condecorado con la Cruz Militar “por su extraordinaria valentía y dedicación al deber”. El 31 de octubre le escribe a su madre que está en el sótano de la casa del guardabosques con su unidad (en el pueblo de Ors), mientras unos pelan papas y otros roncan. El 4 de noviembre, al intentar cruzar el canal Sambre-Oise tras los alemanes que ya se retiraban, en una mañana brumosa, fue ametrallado y muerto en combate. Por telegrama su madre recibió la noticia el mismo día del armisticio, algo más cruel todavía. Wilfred Owen tenía 25 años de edad.

Es en este momento que comienza la fama merecida de Owen. Inmediatamente Edith Sitwell publica poemas suyos en la antología Wheels (1919), a quien dedica toda la edición, y en la que curiosamente hay dos poemas de Quevedo traducidos por el chileno Álvaro Guevara (a quien ya me referí en artículo anterior sobre Eliot); y como primer libro del subteniente, Sassoon publica Poemas de Wilfred Owen (1920), al que suma una nota introductoria en que dice que este libro no necesita elogios previos, ni suyos ni de nadie. Que el libro habla de manera suficiente por sí mismo. Junto a los poemas inéditos leídos aquí por vez primera, Sassoon añade un prefacio del todo inesperado que se encontró en los papeles del poeta, preparado por Owen cuando pensaba en una publicación futura. Aquí apunta: “El tema de este libro no es la poesía, su tema es la guerra y la pena que inspira. La poesía está en la pena”. Aquí se leen los impactantes “Strange Meeting” (“Un encuentro extraño”), “Dulce et Decorum est” (“Dulce y honroso es”), y “Spring Offensive (“Ofensiva de primavera”).

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Con los años otras ediciones sumaron más poemas, y Owen ha sido una moneda de 2 libras y un sello de correos, estatuas, nombres de calles, etc., y lo mejor: un sendero verde para caminatas en Dunsden, Oxfordshire, y otro en Ors, Francia, de 6,5 km., memorial al paso pensativo del joven poeta.

Lo importante de la hazaña escritural de Owen es que su lenguaje poético contradijo el imaginario épico de la sociedad inglesa, contaminado por la propaganda y las arengas políticas y populacheras propias del orgullo de un imperio en decadencia: lo patriótico en aval de lo homicida. Al interior de su lenguaje deslizó un dejo escéptico, ya que en un doblez el poema fue una pista resbaladiza para el sentido institucional de la contienda, o lo meramente contingente; en otro doblez fue un sembradío para la compasión humana, un lugar de paz profunda para los combatientes, y una especie de voz que los representara. Todo en una lírica surgida de la correa del fusil y elementos a mano de la experiencia.

Por eso conectó tan bien con la generación del 60 y los beatniks antibelicistas. Y más vuelo debería tomar ahora con esta razón desquiciada que llama a gastos siderales para un armamentismo mundial, por medio de un lenguaje que de nuevo está mintiendo.