Llama la atención que la discusión más intensa de la izquierda chilena en estas semanas ha sido si Carolina Tohá llegó o no a salvar los muebles del gobierno anterior. El expresidente Boric dijo que no, el Socialismo Democrático respondió que en realidad hasta salvó la campana, y siguió el baile de declaraciones. Una conversación entendible puertas adentro. Pero a mi padre en Osorno, que acaba de recibir la cuenta de la luz que volvió a subir en julio, el rol de Tohá le queda, digamos, un poco lejos.
El problema no es tanto mirar atrás (todo proyecto necesita hacer sus balances) sino lo que pasa cuando miramos el presente. El Gobierno pasó su megarreforma y durante meses en el Congreso se habló exclusivamente de eso. Ahora viene la ACOT y vamos a seguir en lo mismo. Oponerse es necesario. Pero cuando la reacción es todo el repertorio, la agenda la escribe siempre el adversario, y entre el balance de ayer y la urgencia que dicta La Moneda, no queda espacio para lo que más nos falta: proponer.
¿Por qué nos cuesta tanto proponer? Cada cual tendrá sus razones, entre ellas las cicatrices de los plebiscitos, el cálculo o el miedo a la caricatura. Pero debajo corre algo más profundo. Mark Fisher lo llamó realismo capitalista: la idea, instalada hasta en los huesos, de que no hay alternativa. La idea de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Es un clima y lo respiramos todos. La gente, cuando se resigna a que las cosas son como son. Y la izquierda, cuando concluye que transformar es una ingenuidad y que lo maduro, lo responsable, es moverse dentro del marco que el imaginario capitalista permite. Una izquierda que respira ese aire no propone, administra y defiende un bienestar erosionado, con la esperanza de que la erosión sea lenta. Se dedica, digamos, a salvar los muebles. Y una izquierda dedicada a salvar los muebles no puede ofrecer una casa nueva.
Mientras tanto quedó abandonado el terreno donde de verdad se decide la política: el sentido común, eso que la gente da por evidente antes de cualquier debate. Y la derecha lo ocupa con gusto. El Presidente Kast se queja de que a veces se van quinientos millones “para una investigación que termina en un libro precioso en la biblioteca: ¿cuántos trabajos generó? Ninguno”. Y hace sentido. A nadie le gusta la plata pública desperdiciada.
Pero lo que frases así instalan sin decirlo es que el pensamiento vale por lo que rinde. El detalle es que nadie sabe de antemano qué es lo que rinde. ¿Cuánto rinde un libro de poemas? Los de una profesora rural de Vicuña terminaron en el primer Nobel de Literatura de América Latina, y ella, impresa en el billete de cinco mil pesos. Al frente no hay nadie disputando la cancha con obviedades propias, somos una oposición corrigiendo datos al pie de página.
Lo que nos falta acá es capacidad inventiva, proponer y no solo resistir. Se puede. Zohran Mamdani llegó a la alcaldía de Nueva York con un programa que cabe en una servilleta: congelar los arriendos, micros gratis, sala cuna sin costo. Cosas obvias, dichas en voz alta y sin pedir permiso a los buenos pensantes. Cuando lo acusaron de socialista, aplicó una regla simple, correr hacia su debilidad. En vez de esconder la etiqueta, Mamdani la abrazó y la tradujo a sentido común. ¿Es radical que alcance para el arriendo? Entonces soy radical. Nos van a llamar radicales por exigir lo que debería ser normal. Ese es, técnicamente, el punto.
A eso me refiero con proponer otro fin del mundo. No hablo del apocalipsis que la derecha administra a diario, ese país en llamas que justifica cada estado de excepción. Hablo del fin de este mundo, donde lo obvio se volvió imposible. Radicalizar el sentido común es agarrar cada obviedad que nos quitaron y llevarla hasta el final: una hora más con tu hija y una menos en el taco. Un arriendo que no se coma medio sueldo. Una cuenta de la luz que se pueda pagar.
Lo que viene exige frescura. Exige hambre. Y claridad en una cosa: la propuesta no puede ser conservar el pasado ni volver a él. Tiene que ser sobre el futuro, e imaginar el futuro es soltar certezas. Menos seminarios sobre lo que se hizo mal y más ideas que se puedan gritar en una feria. Menos columnas como esta. La disputa que viene no es entre izquierda y derecha en abstracto, ni entre pueblo y élite: es entre movimiento y resignación. Entre los que quieren que las cosas funcionen y los que necesitan verte resignado, porque tu resignación es su permiso para hacer lo que quieran.
Nos convencieron de que es más fácil imaginar el fin del mundo antes que el fin de este orden de cosas. Otro fin del mundo es posible: uno donde, antes de que caiga el meteorito que acabe con la humanidad, tuviste tiempo para estar con tu hija, te alcanzaba para comprarte algo rico y podías imaginarte una vida linda para ti y para los tuyos. Ese mundo sí es posible. Pero no va a llegar solo.
Manuel Labra
Consultor en Comunicación Estratégica
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