En medio de este debate, conviene recordar que la separación entre Iglesia y Estado no significa la exclusión de las convicciones religiosas del debate público, sino más bien el respeto de un marco común de convivencia donde ninguna fe —ni siquiera la secular— se imponga como única.
Por Boris Saavedra Pérez.
Docente Universidad San Sebastián.
Durante mucho tiempo, la política chilena pareció hablar un lenguaje al que muchas comunidades pentecostales no se sentían llamadas a responder. Con sus raíces en los márgenes sociales, en las poblaciones urbanas y zonas rurales del país, el pentecostalismo se desarrolló como un movimiento profundamente comunitario, con una mirada más espiritual que partidista. Sin embargo, en las últimas décadas, su relación con la política ha cambiado. Lo que antes era distancia, hoy se ha convertido en presencia activa, y este cambio merece ser pensado con profundidad, serenidad y respeto.
Del templo al espacio público
En efecto, ya no es extraño ver a personas pentecostales ocupando cargos públicos, participando en debates constitucionales o movilizándose en torno a temas que consideran relevantes para su fe. Esta transformación no es casual. Corresponde al crecimiento de la población evangélica en Chile, pero también a una mayor conciencia de la ciudadanía, particularmente, en sectores históricamente marginados.
Lo que antes era una fe vivida casi exclusivamente en el templo, hoy se expresa también en el espacio público.
Una nueva mirada al fenómeno evangélico
Esta creciente presencia pública del mundo evangélico ha sido objeto de análisis académico y periodístico. Recientemente, la periodista y Premio Nacional de Periodismo María Olivia Mönckeberg ha documentado esta evolución en su libro “En el nombre de Cristo. El poder evangélico en Chile” (2025), donde examina el crecimiento e influencia del mundo evangélico en nuestro país, registrando de qué modo ciertas doctrinas religiosas moldean conciencias e influyen en políticas públicas, configurando nuevas formas de poder en la sociedad chilena actual.
A partir de entrevistas, viajes y una exhaustiva revisión de prensa y documentación, la autora ofrece un retrato pormenorizado de las distintas comunidades evangélicas, contribuyendo al debate sobre este fenómeno desde una perspectiva periodística rigurosa.
Los desafíos de la participación democrática
Esta participación, sin embargo, no está exenta de tensiones. Algunos sectores sociales y políticos observan con preocupación el protagonismo de líderes religiosos en la esfera pública, temiendo una “teocratización” del Estado. Otros, por el contrario, celebran esta presencia como una forma legítima de pluralismo democrático.
En medio de este debate, conviene recordar que la separación entre Iglesia y Estado no significa la exclusión de las convicciones religiosas del debate público, sino más bien el respeto de un marco común de convivencia donde ninguna fe —ni siquiera la secular— se imponga como única.
El desafío, entonces, es doble. Por un lado, el pentecostalismo debe aprender a habitar el espacio político sin caer en el riesgo del dogmatismo. Por otro, la sociedad chilena debe reconocer que la fe, lejos de ser una amenaza a la democracia, puede ser una fuente profunda de sentido, ética y servicio público.
Más allá de la agenda moral: el compromiso social pentecostal
En la práctica, esto implica reconocer la diversidad interna del mundo pentecostal. No se trata de un bloque homogéneo ni de una masa indiferenciada. Existen pastores y creyentes con posturas muy distintas en temas sociales, económicos y culturales. Algunos son más conservadores, otros más progresistas; algunos apoyan modelos de desarrollo más liberales, otros abrazan con fuerza los ideales de justicia social inspirados en el Evangelio.
Esta pluralidad, aunque a veces invisibilizada, es clave para comprender el lugar que el pentecostalismo puede ocupar en la política nacional.
Por eso, es fundamental no reducir la presencia evangélica a una única agenda moral. Si bien ha sido visible su postura en temas como el aborto o la educación sexual, también existen comunidades activamente comprometidas con la lucha contra la pobreza, la reinserción social, la prevención del consumo de drogas y la atención a personas en situación de calle.
En numerosos casos, las iglesias pentecostales han asumido, con recursos limitados, funciones que el Estado ha dejado desatendidas. Su labor social merece ser reconocida, y su participación puede aportar una perspectiva valiosa en los debates sobre el futuro del país.
Los riesgos de la instrumentalización política
Por supuesto, toda participación política conlleva riesgos. El principal de ellos es la tentación de convertir la fe en ideología, o de instrumentalizar el Evangelio con fines partidistas. Cuando esto ocurre, se pierde la riqueza profética del mensaje cristiano y se reduce la misión de la Iglesia a una agenda coyuntural.
La Biblia no es un programa de gobierno, ni el Reino de Dios puede identificarse con ningún partido. La política cristiana, si quiere ser fiel a su inspiración, debe encarnarse en el servicio, la justicia, la verdad y el respeto a la dignidad de todas las personas.
En este punto, la formación cívica y teológica se vuelve crucial. La participación política de los pentecostales debe ir de la mano de una reflexión seria sobre el rol de la fe en la sociedad plural. Esto no significa relativizar las convicciones, sino aprender a dialogar desde ellas, reconociendo la libertad del otro y valorando el bien común por sobre los intereses particulares.
De hecho, la historia del cristianismo nos recuerda que los momentos más luminosos han sido aquellos en que supo defender la justicia sin sectarismos, y encarnar la esperanza sin arrogancia.
Hacia un aporte constructivo al país
Hoy, cuando Chile atraviesa procesos complejos de transformación política y cultural, el aporte del pentecostalismo puede ser más relevante que nunca. No solo como fuerza moral o social, sino como comunidad espiritual que, desde su experiencia de fe, puede contribuir a un país más solidario, más humano, más compasivo. Para ello, será necesario cultivar una mirada amplia, dialogante, profundamente enraizada en el Evangelio, pero atenta también a los signos de los tiempos.
Después de todo, como escribió el profeta Miqueas, lo que el Señor pide de nosotros no es tanto imponer su nombre en la ley, sino “actuar con justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Dios”. En ese camino, la política puede convertirse no en una amenaza para la fe, sino en un espacio donde ésta se encarne, se pruebe y se purifique.
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