Chile no necesita peleas internas ni discursos lejanos. Necesita una política con sentido común, con los pies en la tierra, que diga las cosas de frente y que se haga cargo de los problemas reales.

Las elecciones dejaron un mensaje claro y no podemos hacernos los lesos. La gente habló fuerte y claro, y como Socialismo Democrático tenemos que asumir nuestra parte con humildad y responsabilidad. No sirve buscar culpables ni echarles la culpa a otros. Fuimos parte del gobierno y, por lo mismo, también somos parte de los aciertos y de los errores.

En los barrios, en las ferias, en las juntas de vecinos, uno escucha siempre lo mismo: preocupación por la seguridad, por la delincuencia, por el desorden, por el costo de la vida, por la falta de respuestas concretas. Y cuando la política no logra hacerse cargo de eso, la distancia con la ciudadanía crece. Esa es una verdad incómoda, pero real.

En materia de seguridad, hay que decirlo sin rodeos: para muchas familias vivir tranquilos se volvió un lujo. El progresismo no puede mirar este tema de lado ni hablarlo con culpa.

La seguridad es un derecho básico. Se necesita un Estado firme, presente en los barrios, con policías respaldadas, mejor coordinación y persecución real del crimen organizado. Defender los derechos humanos no es incompatible con combatir la delincuencia con decisión.

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Con la migración pasa algo parecido. Chile debe seguir siendo un país respetuoso y solidario, pero también ordenado. La migración irregular descontrolada genera conflictos reales en los barrios, sobrecarga servicios y termina afectando a los más vulnerables.

Decir esto no es discriminar: es hacerse cargo de una realidad que la gente vive todos los días y que espera que la política enfrente sin complejos.

También tenemos que hacernos cargo del malestar económico. A muchas familias el sueldo no les alcanza, la salud sigue siendo una carrera cuesta arriba y acceder a una vivienda parece imposible.

A veces hablamos de grandes reformas, pero no siempre logramos explicar cómo eso mejora la vida concreta de las personas aquí y ahora. Esa desconexión también es responsabilidad nuestra.

Esta autocrítica no es para autoflagelarnos ni para renunciar a nuestras convicciones. Al contrario. El Socialismo Democrático siempre ha estado del lado de la gente común, de quienes trabajan, se esfuerzan y quieren vivir tranquilos. Pero para volver a representar a las mayorías tenemos que escuchar más, hablar menos y actuar mejor.

Chile no necesita peleas internas ni discursos lejanos. Necesita una política con sentido común, con los pies en la tierra, que diga las cosas de frente y que se haga cargo de los problemas reales.

Si queremos recuperar la confianza, el camino es uno solo: más humildad, más calle y más compromiso con la vida cotidiana de las personas.