La narco religión es, en el fondo, una parodia trágica del cristianismo. Conserva la forma —ritos, imágenes, plegarias— pero invierte el contenido.

Hay un momento en que el evangelio deja de ser una promesa de salvación y se convierte en un lenguaje del poder. No porque el poder crea —el poder, en rigor, no cree— sino porque necesita ser aceptado como incuestionable.

En ese pliegue ambiguo emerge lo que podríamos llamar otro evangelio: una fe torcida, pragmática, eficaz, que no redime, sino que protege; que no predica la conversión, sino la invulnerabilidad del cuerpo; que no promete vida eterna, sino sobrevivir un día más en territorios donde la muerte administra el orden.

Religión y Narcotráfico

El reciente libro de Pablo Zeballos, “Cuando el crimen reza” (2025), funciona como un antecedente lúcido para pensar esta mutación. No se trata simplemente de delincuentes devotos, más bien de la configuración de un imaginario religioso propio del narcotráfico, una espiritualidad instrumental donde lo sagrado se pliega a la lógica del mercado, de la violencia y del control territorial.

Allí, la oración no es súplica, sino contrato; la imagen santa no interpela la conciencia, sino que opera como amuleto; el milagro no es la gracia, sino la impunidad.

Hay aquí una paradoja inquietante: el narcotráfico no es secular en sentido estricto. Por el contrario, está saturado de símbolos religiosos. Altares domésticos, rosarios colgados junto a armas automáticas, vírgenes blindadas, santos no canonizados que protegen rutas y cargamentos. No es ausencia de fe lo que observamos, sino su captura por el poder criminal.

Una teología sin ética, una liturgia sin prójimo, una trascendencia reducida a técnica de gestión del riesgo.

El nacimiento de una teología criminal

Ahora bien, este otro evangelio no nace en el vacío. Es hijo legítimo de sociedades fracturadas, donde el Estado llega tarde o no llega, donde la ley es intermitente y la vida vale poco. En esos márgenes, la fe no desaparece: se reorganiza.

Y lo hace según una racionalidad cruda, casi teológica, que reescribe los dogmas fundamentales. Dios ya no es juez de vivos y muertos, sino garante de éxito. El mal no es el pecado, es el error estratégico. La salvación no ocurre al final de los tiempos, sino en cada transacción exitosa.

Este evangelio alternativo entiende algo que la democracia liberal parece haber olvidado: que las personas no solo necesitan derechos, sino relatos; no solo instituciones, sino sentido.

Allí donde el discurso público se vuelve tecnocrático, frío, incapaz de nombrar el sufrimiento, otras narrativas ocupan el espacio. La narco religión ofrece pertenencia, orden, jerarquía, incluso una forma de justicia. Brutal, arbitraria, sangrienta, pero reconocible. Y la fe —esa fe mínima, desesperada— sella el pacto.

El problema no es únicamente moral; es político. Cuando el poder se sacraliza, deja de rendir cuentas. El jefe se vuelve intocable, ungido por una protección divina implícita.

La violencia ya no es crimen, sino destino. La obediencia no se discute, se venera. En ese sentido, el narcotráfico no solo trafica drogas: trafica teología. Produce una metafísica del miedo donde el poder se legitima por su eficacia letal.

Un culto que sacraliza la violencia

La narco religión es, en el fondo, una parodia trágica del cristianismo. Conserva la forma —ritos, imágenes, plegarias— pero invierte el contenido.

Donde había bienaventuranzas, hay jerarquías armadas. Donde había compasión por los pobres, hay explotación de los pobres. Donde había cruz como denuncia del poder injusto, hay bala como lenguaje soberano. Es un “cristianismo” despojado de su impulso emancipador, transformado en un dispositivo simbólico que normaliza el miedo y vuelve aceptable la violencia.

Sin embargo, sería un error analizar este fenómeno solo desde la indignación moral. También hay que reconocer su racionalidad.

En contextos de precariedad extrema, creer en un Dios que protege el negocio puede ser más lógico que confiar en un Estado ausente. La fe narco no es delirio: es adaptación. Y justamente por eso es tan peligrosa. Porque no se combate solo con policías, sino con políticas de sentido.

Hacia una recuperación del verdadero evangelio

Proponer otro evangelio como tema no supone celebrarlo, sino desnudarlo. Mostrar que allí donde el poder corrompe, también evangeliza; que toda forma de dominación necesita su mitología; que la lucha contra el narcotráfico no es solo económica o policial, sino simbólica. Se trata de disputar el significado de la fe, de devolverle su potencia crítica, su capacidad de decir no al poder que mata.

La cuestión decisiva no es tanto por qué el crimen reza, sino qué condiciones hacen que ese rezo adquiera sentido y legitimidad.

Mientras el orden político vigente sea incapaz de garantizar un horizonte de dignidad real, mientras la vida siga siendo desechable para amplios sectores, este evangelio oscuro seguirá predicándose en las esquinas, en las cárceles, en los barrios sitiados. Y seguirá teniendo fieles.

Frente a este escenario, no basta una restauración acrítica de la religión ni un rechazo ilustrado de lo sagrado. Hace falta algo más complejo: una política capaz de hablar de sentido sin cinismo, y una fe capaz de confrontar al poder sin ceder ante él.

Lo que implica, en otras palabras, defender la memoria del auténtico evangelio: no el que ofrece protección a cambio de obediencia, sino aquel que se articula en torno al amor radical de Jesús, a su cercanía con los excluidos y a su impugnación de toda forma de violencia convertida en orden.