Hay presidentes que pierden autoridad cuando retroceden. Y otros que comienzan a perderla porque no saben cuándo hacerlo. José Antonio Kast corre el riesgo de quedar atrapado en esta segunda situación. Su decisión de mantener a Fernando Rabat en Justicia, mientras Luis Silva abandona el Gobierno, ha convertido una crisis por rebajas de penas en una pulseada sobre quién manda en La Moneda.
La historia política ofrece advertencias. Richard Nixon intentó contener Watergate resistiendo presiones y controlando información. Terminó renunciando. Margaret Thatcher defendió el impopular poll tax cuando las protestas y las divisiones de su partido ya comprometían su liderazgo. Son casos muy distintos, pero comparten una lección: cuando demostrar firmeza se vuelve más importante que evaluar las consecuencias, la autoridad comienza a desgastarse.
Esa es la trampa de la autoridad presidencial. Kast parece confundir el ejercicio del poder con la necesidad de demostrar que nadie puede imponerle una decisión. Ya no se discute solamente si Rabat debe continuar en Justicia. La pregunta que domina es si removerlo significaría que el Presidente cedió ante la UDI, la oposición o las encuestas. Y cuando una decisión se transforma en una prueba de carácter, corregirla comienza a parecer una derrota.
Pero mandar no es lo mismo que gobernar. Kast tiene la atribución constitucional para mantener a sus ministros. Nadie se la discute. Lo que está en cuestión es si esa decisión le permite recuperar el control de la crisis o si, por el contrario, termina profundizándola. Un presidente puede ganar una pulseada dentro de su coalición y perder capacidad para conducirla.
La salida de Silva hace todavía más evidente la contradicción. La Moneda explicó que fue removido por difundir un video sin autorización y no por los decretos. Puede haber razones para sancionar una indisciplina. Pero el mensaje político resulta difícil de sostener: el subsecretario pierde su cargo por explicar sin permiso, mientras el ministro permanece pese a una controversia que compromete a toda la administración. La disciplina parece tener consecuencias más rápidas que la responsabilidad política.
Aquí opera un mecanismo conocido como escalada del compromiso. Cuanto más se defiende una decisión, más difícil resulta corregirla. Cada nueva explicación obliga a sostener la anterior. Así, Rabat deja de ser solamente un ministro cuestionado y pasa a convertirse en una prueba de la autoridad de Kast. El presidente termina defendiendo su propia decisión de defenderlo.
La gira por Europa introduce un nuevo ingrediente. Mientras Kast desarrolla su agenda internacional, la crisis sigue su curso en Santiago. La oposición prepara una acusación constitucional y los partidos oficialistas deben decidir cuánto están dispuestos a pagar por una defensa que no todos comparten. El presidente puede estar fuera del país, pero el costo político permanece en La Moneda.
Los próximos días podrían mostrar una paradoja todavía mayor: que el Gobierno consiga mantener a Rabat, pero no consiga cerrar el conflicto. Si la acusación avanza y las diferencias oficialistas persisten, la permanencia del ministro dejará de ser una señal de fortaleza para convertirse en una fuente permanente de desgaste.
Las encuestas ya muestran una aprobación presidencial cercana a una cuarta parte de los consultados. Sería simplista atribuir todo ese deterioro al caso Rabat. Pero la controversia agrega un problema a un Gobierno que acumula explicaciones y no consigue despejar las dudas sobre su criterio para decidir. La ciudadanía puede tolerar errores. Lo que resulta más difícil es confiar en una administración que parece descubrir las consecuencias políticas después de tomar sus decisiones.
El riesgo para Kast no es solamente perder popularidad. Es comenzar a perder capacidad para ordenar a sus aliados, construir mayorías y concentrarse en las prioridades de gobierno. La autoridad presidencial no se debilita necesariamente cuando un mandatario rectifica. También puede erosionarse cuando convierte cada corrección en una amenaza a su poder.
Kast quiso demostrar que nadie le impone la salida de un ministro. La pregunta es si, por demostrarlo, terminará permitiendo que ese ministro le imponga los términos de su gobierno.
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