El Congreso de los Estados Unidos es, en la tradición federal de dicho país, una de las ramas de gobierno junto al Ejecutivo. Particularmente, el Senado es fuente de un formidable poder institucional que en determinadas circunstancias puede contrapesar las decisiones de la Presidencia.
Después de dos años en que este organismo ha sido, en ocasiones, ignorado en aspectos tan fundamentales como conflictos internacionales con uso de Fuerzas Armadas, los comicios de este 3 de noviembre pueden significar un cambio de marea. De ahí la relevancia y el interés que han despertado dentro y fuera de los Estados Unidos.
La demoscopía, que adelanta corrientes más que resultados exactos, anticipa una victoria demócrata en la Cámara de Representantes, con proyecciones de más de 30 congresistas adicionales (una clara mayoría probable que permitiría dirigir esa casa), mientras la cifra en el Senado se sitúa entre los 52 asientos para la oposición, uno más que lo necesario para ganar dicho cuerpo.
Sin embargo, en la cámara alta el simple hecho de una renovación parcial, 35 curules de los 100 totales, con competencias que se decidirán en estrecho margen, hacen todavía algo más incierto la prognosis que entre los 435 cargos de la otra rama completamente sometidos a elección. Adicionalmente, no se puede soslayar que 36 de los 52 estados de la Unión elegirán gobernadores, al igual que varias asambleas estaduales.
Y aunque a menudo las elecciones de mitad de período en Estados Unidos eran un plebiscito acerca de la gestión del gobierno de turno, esta tiene otros componentes más riesgosos atizados por la desfavorable coyuntura económica provocada por la inflación y el sempiterno debate acerca de la migración.
Tal como viene ocurriendo hace algo más de una década, con una primera expresión en la emergencia del Tea Party, el debate reposa sobre un país confrontado en sus relatos fundacionales. Incluso no faltan las interpretaciones que aseguran se replica algo de la atmósfera política de los tiempos previos a la denominada guerra de Secesión, con una nación profundamente dividida en polos antagónicos con poco en común. Lo primero a tenerse en cuenta es que el presidente Donald Trump es un síntoma o resultado de un clima de hiper polarización que ha sabido explotar esa brecha, abrazando la placa tectónica de la separación ciudadana.
Aunque ambos “países” dicen defender la democracia, algunos aseguran que Estados Unidos ha dejado de ser lo que fue, por lo que es necesario regenerarlo mediante el rechazo a la inmigración irregular a la que se achaca la delincuencia y crímenes abyectos, así como erradicar todo esfuerzo de equidad social que atente contra la meritocracia.
El llamado “Estado Profundo” o burocracia federal, es acusado de parasitar a los contribuyentes, mientras las élites intelectuales de las costas, son despreciadas por ignorar al “país real”. Al otro lado la mirada acerca del líder del primer bloque, Trump, es la de un aspirante a dictador que se dedica a sobrepasar las normas institucionales y de la convivencia con un lenguaje maniqueo y temerario, y un uso indiscriminado de redes sociales como herramienta propagandística y de antidiplomacia. En esta perspectiva, son las tecnocracias de Silicon Valley que desarrollan la IA y software (Palantir, OpenAI, Anthropic, Nvidia y xAI) las que han desalojado al Congreso de la toma de decisiones, favoreciendo la concentración del poder bajo un cetro.
Aunque, como se afirmó, las encuestas adelantan un resultado proclive a la oposición, no se puede subestimar el voto oculto o vergonzante que ya ha dado sorpresas, como aquella de 2016 cuando Trump fue elegido por primera vez. Se expresó la “mayoría silenciosa”, como solía decir el expresidente Richard Nixon.
En medio de carreras cerradas, la atención mediática se ha instalado en algunos de los estados del viejo cinturón de óxido (otrora parte del corazón del voto demócrata actualmente de tipo pendulante) como Pensilvania, Wisconsin y Michigan. En este último sitio la figura del epidemiólogo Abdul El-Sayed ha ganado notoriedad amenazando al establishment republicano, aunque también al centrismo demócrata tradicional. Sus posturas le hacen parte del segmento “demócrata socialista”, cuyo baluarte fue el senador Bernie Sanders.
En el cinturón de sol, del sureste al surcentro, pasa lo contrario. Antiguo bastión electoral del partido cuyo emblema es el elefante, ha visto irrumpir al némesis del Presidente Trump, el senador Jon Ossoff quien le disputa la batalla digital. Un triunfo holgado lo podría colocar en la carrera por la Casa Blanca, por lo que podría toparse en las primarias con el gobernador saliente de California, Gavin Newsom. Pero como falta más de un año para ello, una eternidad en política, la expectación se concentra en el Congreso y particularmente el senado.
No podría ser de otra forma, dada la variedad de funciones que el cuerpo legislativo cumple en el sistema político de Estados Unidos. Entre sus tareas continuas, además de legislar, ejerce control sobre las actividades del Ejecutivo e informa y educa al público, lo que realza también por medio de comisiones de investigación de asuntos controversiales. Otros cometidos esporádicos, aunque no menos relevantes, son actuar como cuerpo judicial con capacidad de destituir funcionarios del Ejecutivo y el Judicial.
Como se ha sugerido, la llave maestra la tiene el Senado con el poder de aprobar o bloquear las decisiones de los representantes. Y aunque el presidente de la Unión puede vetar la legislación del congreso (y este puede insistir con dos tercios de sus dos cámaras para hacerlo irrevocable), se trataría de un dique de contención al Ejecutivo en ejercicio.
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