Hay una luz que se apaga cada tarde en las escuelas de Chile. No es la del último interruptor antes de cerrar una sala de clases. Es la luz de un profesor que, después de años intentando cambiar vidas, comprende que ya no le quedan fuerzas para seguir iluminando la de los demás.

Ese momento ocurre en silencio. No hay despedidas ni titulares. Solo un escritorio vacío y estudiantes que, al día siguiente, descubrirán que quien los conocía, los escuchaba y creía en ellos ya no volverá. Porque cuando un profesor abandona la escuela, Chile pierde mucho más que un trabajador: pierde una oportunidad de transformar vidas.

La señal es preocupante. En los últimos dos años, más de 9.100 docentes dejaron el sistema escolar, y muchos lo hicieron antes de cumplir cinco años de ejercicio profesional (Centro de Estudios, Mineduc, 2025; Horizontal, 2025). La mayor contradicción de la educación chilena no es que falten profesores. Es que seguimos preocupados de atraer nuevos estudiantes a Pedagogía mientras observamos, casi con resignación, cómo quienes ya eligieron enseñar abandonan las aulas.

Sería un error explicar esta crisis únicamente por los bajos salarios o la violencia escolar. Ambos factores existen, pero son parte de un problema mucho más profundo. La escuela cambió más rápido que nuestra capacidad para preparar y acompañar a quienes enseñan.

Hoy esperamos que un profesor, además de enseñar su disciplina, contenga crisis emocionales, gestione la diversidad, fortalezca la convivencia, incorpore tecnologías, trabaje con las familias y forme ciudadanos para un mundo cada vez más incierto. Sin embargo, muchas veces esas exigencias no han ido acompañadas de las condiciones necesarias para ejercer la profesión con dignidad.

La respuesta no consiste solo en formar más profesores. Consiste en cuidar a quienes ya decidieron serlo. Chile necesita una política de Estado que vuelva a reconocer el valor social de la docencia mediante mejores condiciones laborales, remuneraciones acordes con su responsabilidad y una formación inicial que vuelva a poner la pedagogía en el centro.

El profesor del siglo XXI debe aprender a construir ambientes propicios para el aprendizaje, diseñar experiencias educativas integrales, trabajar colaborativamente, liderar procesos inclusivos y desarrollar habilidades socioemocionales. En definitiva, debe estar preparado para educar para la vida.

La evidencia internacional es clara: ningún sistema educativo supera la calidad de sus profesores (OECD, 2023). Pero tampoco podrá hacerlo si quienes enseñan sienten que el sistema dejó de creer en ellos antes de que ellos dejaran de creer en sus estudiantes (UNESCO, 2024).

Hay una luz que hoy se apaga en demasiadas escuelas chilenas. Recuperarla no depende únicamente de los profesores. Depende de un país que comprenda, de una vez por todas, que cuidar a quienes educan es la mejor forma de cuidar su propio futuro.