Cada 18 de julio se conmemora el Día de la Reinserción Social. Para algunos será una fecha más del calendario. Sin embargo, nos invita a detenernos en una pregunta que dice mucho de la sociedad que queremos construir: ¿creemos realmente que una persona puede cambiar?

He tenido la oportunidad de visitar muchas veces las cárceles de distintos puntos del país. En ellas uno encuentra historias marcadas por el dolor, la violencia, las adicciones, el abandono y decisiones profundamente equivocadas.

Pero también he visto algo que nunca deja de conmoverme: hombres y mujeres que, cuando encuentran a alguien que los escucha, los acompaña y les ofrece una oportunidad, son capaces de levantarse y comenzar una vida nueva.

Nadie justifica el delito ni el sufrimiento de las víctimas. La justicia debe cumplir su tarea con firmeza. Pero también debemos preguntarnos qué esperamos de quien un día recuperará su libertad.

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Si al salir solo encuentra rechazo, desconfianza y puertas cerradas, estaremos facilitando que el círculo de la delincuencia vuelva a repetirse. Si, en cambio, encuentra trabajo, educación, apoyo y personas dispuestas a creer en él, estaremos construyendo una sociedad más segura y más humana.

Por eso, en este Día de la Reinserción Social, quisiera hacer un llamado a mirar más lejos. La grandeza de una sociedad no se mide solo por su capacidad de sancionar el mal, sino también por su decisión de abrir caminos para el bien. Nadie cambia solo. Todos, en algún momento de la vida, hemos necesitado que alguien creyera en nosotros cuando nosotros mismos habíamos dejado de hacerlo.

Creer en la reinserción no es ingenuidad. Es reconocer que la dignidad humana nunca desaparece por completo y que siempre existe la posibilidad de recomenzar. Apostar por ello no solo honra el Evangelio; también fortalece la seguridad, protege a las familias y contribuye al bien común que todos anhelamos.