El Mundial de Fútbol está dejando un sinfín de historias y lecciones sabrosas que deberíamos poder identificar y analizar. Sí, porque desde lo doméstico, el Mundial de Fútbol no es sólo un gran evento global que cada cuatro años nos convoca a todos a mirarlo, seguirlo, a vibrar y a disfrutar con él.
Cuando inicia, todos sabemos algo del Mundial, nadie está del todo ajeno. Eso es lo increíble. Hasta el menos futbolizado sabe algo de él. Las mamás de todas las edades y los estratos sociales saben algo del Mundial, los abuelos y las abuelas increíblemente también, los profesores y sus alumnos ven partidos en horario de clases y la dirección del colegio los aplaude, las monjas y los curas también saben algo del Mundial, incluso los he visto celebrar los goles.
Las mujeres y los hombres qué decir, al igual que los jóvenes son totalmente fanáticos del Mundial, incluso niños pequeños de jardín infantil saben algo del mundial: “¡Haaland, Haaland! es de otro planeta, mete muchos goles” cantaba feliz un grupo de niños tomados de la mano al cuidado de su tía el día en que Noruega le ganó a Brasil.
El Mundial es como la Coca-Cola, o como Michael Jackson. Es parte de la memoria colectiva humana. Es universal, porque es una fiesta creada para el disfrute democrático de todos, sin distinción de color y creencias, por eso trasciende edades, generaciones, nacionalidades, religiones y sistemas políticos.
Todos saben algo de él y todos vibran en alguna medida con él. Hay gente que se emociona sin pudor en los himnos nacionales, otros ríen de felicidad porque están con sus hijos y su señora en el estadio vistiendo la camiseta de su país, otros se quiebran porque recuerdan al padre que ya se fue, o al hijo que perdieron anticipadamente y ya no está junto a ellos. Hay gente que pide matrimonio en las gradas del estadio y promete amor eterno solo porque su selección juega esa noche. Hay incluso enemigos que se abrazan, se acercan y se perdonan al cantar juntos sus himnos nacionales.
El Mundial se da a conocer casi sin esfuerzo, crea imagen, reputación y prestigio de marca, vende y transa millones. Pero también crea miradas contrapuestas, miles de sospechas, suspicacias y muchas veces se levantan voces apuntando a evidentes zonas grises, oscuras, e incluso corruptas.
El Mundial es capaz de exacerbar nacionalismos, reaviva conflictos pasados y vuelve a reabrir viejas heridas. Pero así y todo el Mundial siempre gana. Logra permanecer en la mente de todos, de trascender en el tiempo. Deja huellas, construye momentos, recuerdos y vivencias. Y la mayoría de las veces los recuerdos que deja son con las personas que amamos, con quienes disfrutamos y celebramos.
No es solamente un partido de fútbol más, como dijo cándida y anodinamente el seleccionador nacional de uno de los países finalistas. Se equivoca medio a medio. Las explicaciones seguramente sobran. Hay expertos en comportamiento humano que seguramente lo saben explicar mejor que yo, pero también está la mayoría que no es experto en nada, que sólo lo siente y que con eso ya es suficiente.
Eso es el Mundial. Es una sensación, un sentimiento, una nueva esperanza, un nuevo sueño. Pero lo más entrañable de todo es que es colectivo, es de todos los hombres, mujeres y niños, ricos y pobres, es de los latinoamericanos, asiáticos y africanos que vivimos a patadas haciendo lo que podemos con lo que nos tocó, pero también es el sueño de los europeos que se quejan siempre de todo y muchas veces no saben, ni son conscientes de la suerte que tuvieron.
El Mundial del 2026 terminará, pero quedará indefectiblemente en la memoria humana colectiva de todos. Será como el triunfo de los ecuatorianos que le ganaron en fase de grupos a los poderosos alemanes. Tampoco olvidaremos a Cabo Verde, ese pequeño archipiélago frente a la costa de Africa que sin campeonato profesional y sólo con futbolistas aficionados les empataron maravillosamente a las poderosas selecciones de España y Uruguay y tuvo por las cuerdas a la finalista Argentina.
Y cómo olvidar la fiesta que se desató en la bella Karl Johans Gate de Oslo, cuando la selección Noruega le ganó alegre y sencillamente al rigidizado nuevo Brasil de Carlo Ancelloti. Ya nunca olvidaremos -gracias a Erling Haaland- que ya hace varios Mundiales Brasil no juega ni siente alegremente el fútbol.
Atrás y en el baúl de los peores recuerdos, quedarán las palabras del mediocre técnico alemán Julian Nagelsmann cargadas de menosprecio y desdeño después de ser eliminado por el valiente y arrojado Paraguay. En ese mismo lugar, pero por allá abajo en el sucio fondo en donde nadie quiere mirar, quedarán archivadas como un recordatorio, como un antecedente más, las pulsiones que logra mover el Mundial junto a las vergonzosas y vulgares declaraciones que la senadora paraguaya Celeste Amarilla utilizó para insultar al jugador francés Kylian Mbappé. Tranquilo Kylian, el olvido caerá sobre ella como el filo acerado de una guillotina asesina, su periodo terminará y después de eso nadie la recordará. En cambio tus goles serán eternos y quedarán para siempre en la memoria colectiva humana.
Así es el Mundial, este domingo termina y un nuevo ciclo comenzará. En cuatro años más la fiesta volverá a despertar sentimientos profundos, decepciones amargas y felicidades inolvidables.
Quizá para el 2030 cuantos de los que nos abrazaron en este Mundial ya no estén junto a nosotros, quizá cuantos más nacerán gracias al último gol de su selección sumando un nuevo integrante a la familia, o quizá, cuantos más volveremos a ilusionarnos con que es preferible mil veces seguir y disfrutar la fiesta del fútbol, la fiebre de las camisetas y el chovinismo de las emociones a flor de piel, que al sinsentido de la guerra y de las matanzas, de los líderes de pies de barro de pobre capital cultural y educacional que se permiten saquear el estado pidiendo derechos para el pueblo, o de los políticos mediocres de dietas millonarias.
Así fue este Mundial y así será el próximo. Nos volveremos a ver nuevamente en cuatro años más y sabremos si los de allá o los de acá son más ricos o pobres, más ignorantes o sabios, igual de jóvenes o iguales de viejos, con nuevos integrantes en la familia o con cuántos menos. Todavía enamorados o quizá despreciados y olvidados. Así, en cuatro años más nos percataremos nuevamente de que se nos escapa la vida, pero junto a todo aquello, volveremos decididamente a disfrutar de otro gran Mundial.
Andrés González Houston
Máster en Comunicación y Política
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