Durante demasiado tiempo Chile perdió el rumbo económico. Mientras otros países competían por atraer inversiones, aquí aumentaban la incertidumbre, la permisología y las señales que alejaban a quienes querían producir, emprender y generar empleo.

Las consecuencias están a la vista: bajo crecimiento, inversión estancada y regiones como el Biobío enfrentando inaceptables cifras de desempleo de dos dígitos. Las familias chilenas no se merecen vivir con la angustia de no saber si mañana tendrán trabajo.

Como integrante de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, he seguido de cerca la discusión del Proyecto de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social, una iniciativa que marca el inicio de una nueva forma de enfrentar el desarrollo impulsada por el gobierno del presidente José Antonio Kast. Es una propuesta que entiende que la mejor política social sigue siendo un empleo estable y de calidad.

Esta reforma apunta precisamente a recuperar la confianza para volver a crecer. Rebaja la carga tributaria a las empresas para hacer a Chile más competitivo, entrega invariabilidad tributaria para quienes desarrollan proyectos de largo plazo y genera condiciones para evitar que la inversión siga emigrando a otros países.

No se trata de beneficiar a unos pocos; se trata de crear las condiciones para que más empresas inviertan, produzcan y contraten trabajadores.

El Biobío conoce mejor que nadie este desafío. Somos una región forestal, industrial, portuaria y energética. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo inversiones relevantes se han desplazado a Brasil y otros mercados porque encontraron reglas más claras, menores costos y mayor certeza jurídica.

Cuando una inversión se va, no pierde solo una empresa. Pierde el transportista, el contratista, el pequeño comercio, los emprendedores y, sobre todo, las familias que dejan de tener oportunidades laborales.

Recuperar esas inversiones significa poner nuevamente en marcha proyectos forestales e industriales, fortalecer nuestros puertos, dinamizar la construcción, impulsar a las pequeñas y medianas empresas que forman parte de la cadena productiva y generar miles de empleos directos e indirectos. Ese es el camino para dejar atrás las cifras de desempleo que hoy afectan al Biobío y devolver la esperanza a tantas personas que buscan una oportunidad.

Durante años se instaló la idea de que el crecimiento económico era un problema. Hoy sabemos que el verdadero problema es no crecer. Sin inversión no hay empleo; sin empleo no hay bienestar para las familias; y sin desarrollo económico tampoco existen los recursos para financiar mejores políticas públicas.

Por eso esta reforma no debe evaluarse por la cantidad de votos que obtiene en el Congreso, sino por los resultados que será capaz de entregar a las personas. Si conseguimos que Chile vuelva a ser un país atractivo para invertir, que las empresas decidan quedarse y crecer, y que miles de chilenos encuentren un trabajo digno, habremos dado un paso decisivo para recuperar el futuro.

Después de años de estancamiento, esta reforma representa una luz al final del túnel. Ahora corresponde tener la convicción para avanzar y no volver a cometer los errores que frenaron el desarrollo de nuestro país.