Hace un año escribía que la democracia chilena enfrentaba una disyuntiva evidente: o abríamos las puertas o la casa se quedaba vacía. La evidencia mostraba que el problema no era una juventud indiferente, sino un sistema político incapaz de representar sus inquietudes y abrir espacios reales para su participación. Sigo convencido de ese diagnóstico. Pero hoy creo que esa reflexión estaba incompleta.
No basta con preguntarnos por qué las y los jóvenes dejaron de confiar en la política. También debemos preguntarnos por qué una parte importante de ellos dejó de creer en quienes históricamente aspiramos a representarlos.
Durante demasiado tiempo se instaló la idea de que las nuevas generaciones habían abandonado la política. Que predominaban la apatía, el individualismo, la indiferencia y que habíamos vuelto a la generación del “no estoy ni ahí”. Sin embargo, la 10ª Encuesta Nacional de Juventudes del Injuv demuestra exactamente lo contrario.
El estudio señala que el 72% de los jóvenes manifiesta desafección total o parcial hacia la política institucional, mientras que sólo un 2% declara confiar en los partidos políticos. Al mismo tiempo, muestra que la participación juvenil sigue desarrollándose en los márgenes de la política, mediante organizaciones sociales, voluntariados, activismo territorial y diversas formas de acción colectiva.
La conclusión es tan simple como incómoda: la juventud chilena no abandonó la política. Lo que perdió fue la confianza en quienes hacen la política.
Ese dato interpela a todo el sistema político, pero particularmente a la izquierda.
Durante décadas dimos por sentado que las nuevas generaciones constituían un espacio naturalmente cercano a nuestras ideas. Como si bastara hablar de igualdad, derechos sociales o justicia para mantener vínculo permanente con ellas. Pero la representación nunca es un patrimonio adquirido. Debe construirse, modernizarse y volver a legitimarse con cada generación.
Sería un error atribuir la distancia entre la juventud y la izquierda únicamente a los cambios culturales o al avance de la ultraderecha. Esa explicación, además de cómoda, nos exime de la responsabilidad que también tenemos. Cuando una generación deja de sentirse representada, el problema no radica solamente en quienes ocuparon ese espacio. También en quienes dejaron de disputarlo con convicción.
Los problemas que hoy preocupan a las y los jóvenes siguen siendo profundamente materiales: acceder a un empleo digno, independizarse, estudiar sin hipotecar el futuro, encontrar vivienda, cuidar la salud mental y construir un proyecto de vida en un contexto de creciente incertidumbre. Lo que cambió no fueron sus preocupaciones. Lo que cambió fue la percepción de que la política estuviera realmente dispuesta a hacerse cargo de ellas.
Ese es, probablemente, el principal desafío de las juventudes de izquierda. Y ese desafío comienza por perder los complejos.
Durante mucho tiempo una parte de la izquierda actuó como si reivindicar su propia historia fuera un obstáculo para construir el futuro. Como si reconocer los avances alcanzados durante los gobierno de la Concertación significara renunciar a las transformaciones pendientes. Como si recordar a Salvador Allende, a Carlos Lorca o a quienes entregaron su vida por la democracia fuera un ejercicio de nostalgia y no una afirmación de identidad política.
La memoria no existe para inmovilizarse. Existe para orientarnos. No es un refugio frente al presente, sino el punto desde donde una generación comprende quién es, cuáles son sus convicciones y qué sociedad quiere construir. Una izquierda que se avergüenza de su historia termina debilitando también su capacidad de imaginar el futuro.
Eso no significa idealizar el pasado ni renunciar a la autocrítica. Las nuevas generaciones tenemos la responsabilidad de revisar con honestidad los errores, las insuficiencias y las oportunidades perdidas. Pero una cosa es ejercer una crítica madura y otra muy distinta es convertir la autocrítica en una renuncia permanente a la propia identidad. Ningún proyecto político logra convocar cuando parece pedir disculpas por existir.
Una juventud sin temores no es aquella que nunca duda. Es una juventud capaz de mirar críticamente su historia sin avergonzarse de ella; de defender sus convicciones sin pedir permiso; de aprender de los errores sin convertirlos en una renuncia; y de disputar el futuro con la certeza de que ninguna transformación profunda nace de los complejos.
Porque la política no necesita generaciones que administren derrotas culturales. Necesita jóvenes capaces de volver a ofrecer esperanza. No una esperanza ingenua, sino una construida desde la coherencia, la organización y la convicción de que la democracia sólo tiene sentido cuando es capaz de mejorar la vida de las personas.
Como decía al comienzo, abrir las puertas es indispensable para que la democracia no termine convertida en una casa vacía. Hoy agregaría una convicción más: abrir las puerta nunca será suficiente si quienes reciben a las nuevas generaciones han dejado de creer en la historia que sostiene esa casa.
No hay nada más difícil que convencer a una generación de creer en la política cuando quienes la convocan parecen haber dejado de creer en sí mismos.
Chile necesita una juventud que entre a esa casa con la voluntad de transformarla, no de incendiarla; con la libertad de cuestionarlo todo, pero también con la convicción de que ningún futuro se construye renegando la historia que hizo posible llegar hasta aquí. Esa es, para mí, la verdadera juventud sin temores.
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