El Gobierno puso la eficiencia al centro de su gestión en salud. Es el primer paso correcto. Ordenar el gasto, revisar programas, exigir que cada peso rinda no es austeridad ideológica. Es buena administración de los recursos de todos. Pero conviene ser honestos. La eficiencia es por dónde se parte, no a dónde se llega.
Y hay una verdad que ninguna gestión podrá cambiar: el gasto en salud va a subir. Sí o sí.
Las razones, en el fondo, son buenas noticias. Vivimos más años. La OCDE sitúa la esperanza de vida en Chile sobre los 81 años: en tres décadas ganamos más de diez.
La tecnología nos permite tratar lo que antes era intratable. Y las personas, con razón, ya no se conforman con vivir más. Quieren vivir bien. Eso no es un problema que contener. Es la consecuencia de un país que progresó.
Pero cada uno de esos avances tiene un precio. Hoy Chile destina cerca del 10,5% de su PIB a salud, por sobre el promedio de la OCDE. Y la curva sigue subiendo. Entonces la pregunta cambia. Ya no es cuánto más vamos a gastar. Es cómo vamos a pagarlo.
Ahí la eficiencia deja de ser una consigna y se vuelve estrategia. Porque antes de pedir más recursos, lo responsable es mirar los que ya tenemos.
La Organización Mundial de la Salud lo dice con crudeza: entre un 20% y un 40% del gasto en salud se pierde en ineficiencia. Exámenes que se repiten. Trámites duplicados. Prestaciones que aportan poco. Formas de pago que premian lo que no corresponde.
Un ejemplo concreto son los hospitales. La ministra de Salud, May Chomalí, reconoció desorden en hospitales públicos y anunció intervención y acompañamiento en aquellos que tuvieran un ranking más bajo en gestión.
El contraste duele. Discutimos un ajuste del orden del 2,5% mientras dejamos correr un desperdicio que lo multiplica. El ahorro de verdad no está en recortar. Está en dejar de desperdiciar.
Y esto no es solo un asunto de cuentas fiscales. Es, antes que nada, una cuestión de justicia.
Cuando el sistema no resuelve a tiempo o gasta mal, ese costo no desaparece. Cae sobre alguien. Y casi siempre cae en la forma más injusta de financiar la salud: el bolsillo de las personas. Ahí paga lo mismo quien tiene mucho y quien no tiene nada.
En Chile, el gasto de bolsillo bordea el 39% del total —una cifra todavía preliminar, pero de las más altas del mundo desarrollado—. Y lo que más crece dentro de él son los copagos de familias que ya están aseguradas.
Cada peso que el sistema malgasta termina saliendo del bolsillo de quien menos puede pagarlo. Enfermarse en Chile ataca directamente los bolsillos de las personas por un sistema que no es capaz de dar protección.
Por eso eficiencia y equidad no se enfrentan. La primera es la condición de la segunda.
¿Qué significa gastar mejor? Desinvertir: dejar de pagar lo que no agrega valor para financiar lo que sí cura. Comprar de manera estratégica, atando el pago a los resultados. Evaluar las tecnologías antes de incorporarlas, con evidencia y no por presión. Y medir, porque lo que no se mide no se mejora.
Son decisiones técnicas. Pero, en el fondo, profundamente políticas. Definen quién se atiende a tiempo y quién sigue esperando.
La salud, además, no es solo gasto. Es inversión. Cada año adicional de esperanza de vida se traduce en más productividad y más desarrollo. Un país más sano produce más. Mirarla únicamente como una partida que recortar es no entender lo que realmente es.
El Gobierno acertó al partir por la eficiencia. El desafío es no quedarse ahí. Convertir ese primer paso en una estrategia capaz de sostener el gasto que llegará de todas formas.
La disciplina fiscal y el cuidado de los más vulnerables no están en bandos opuestos. Se encuentran justo ahí: en gastar mejor antes que gastar más. Esa es la conversación que Chile tiene pendiente. Y conviene darla ahora. Mientras todavía podemos elegir.
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