Mientras la izquierda habla de recortes sociales, Parisi le lleva un regalo al gobierno: una visión desde las clases medias. ¿Es un regalo? En parte. ¿Es una inversión? En gran parte lo es.

I. El acuerdo como escena

El acuerdo entre el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, del gobierno de José Antonio Kast y Franco Parisi en torno a la ley miscelánea plantea un nuevo análisis de escenario.

Kast había tenido un inicio de gobierno desorientado y, como consecuencia, errático. Con el acuerdo con el líder del PDG el gobierno gana tiempo y logra mostrar eficacia, descolocando a la oposición tradicional (la izquierda). Pero el gobierno parece haber creído que la negociación terminaba en el acuerdo, mientras Parisi (y Jiles) considera que la negociación solo ha comenzado. Como se argumentará, el escenario inmediato tiene una forma, pero el futuro tiene otra muy distinta.

Y es que de cara al futuro Parisi no solo le ha ganado la pulsada posicional a la oposición, sino que ha ganado un enorme juego para desplegarse para 2029. Esto vuelve a mostrar que la gestión política de la izquierda y de la derecha carece de antídoto ante un jugador que operará constantemente como facilitador de gobierno y oposición constante a la vez.

El escenario actual ha calmado al gobierno, con razón; pero plantea un problema que en el mediano plazo se transformará en un dolor de cabeza.

De esto se trata la columna.

Vamos a ello.

Lo acontecido en la negociación no fue una negociación parlamentaria convencional o una transacción clásica entre oficialismo y oposición. De hecho, en el proceso se prescinde de la institucionalidad como espacio decisorio. Es una historia parecida a la de Boric aceptando ir a la comisión especial de infancia en el inicio del gobierno de Piñera (2018). Todo el sector criticó a Boric, pero ganó un crédito para criticar a Piñera posteriormente.

Parisi avanzó a resolver una escena reveladora: un ministro que no logra cerrar un acuerdo, una bancada tensionada y diversos puntos de bloqueo. La izquierda veía su triunfo. El gobierno mordería el polvo pronto y de ahí en más todo sería más sencillo. Pero, de pronto, surge un desplazamiento.

Es una conversación, por WhatsApp. Un mensaje y otro, una llamada relativamente extensa. Y después otra, más corta, limando las asperezas. ¿Y los días siguientes? Vino el momento de seguir jugando, asperezando las limezas.

No es trivial.

Ahí está la política que ya no necesita de la escenografía tradicional para operar. La decisión no se legitima en el procedimiento, sino en su eficacia. No importa tanto dónde ocurre, sino que ocurra. Y aunque el contenido del acuerdo es, en apariencia, técnico; en el fondo hay profundidades importantes.

Una es la discusión del ‘qué’. Se mantiene el régimen tributario de las pymes en 12,5%, se descarta la reposición del FUT, se rechaza la devolución del IVA (pero con letra chica se acepta). Ese es el núcleo del acuerdo.

Y en esa traducción ambos ganan. El gobierno logra viabilizar su proyecto, mostrar capacidad de conducción, producir gobernabilidad en un contexto adverso. Parisi, por su parte, logra algo más sutil pero quizás más importante: se instala como actor imprescindible. No como parte de un bloque, sino como condición de posibilidad de cualquier bloque.

Pero esa doble ganancia tiene una peculiaridad: no ocurre en el mismo tiempo.

Cuando Parisi le dice a Quiroz —según se relata en una descripción de prensa— “me la estás regalando para el 2029”, quizás no está ironizando.

Y ahí aparece la fisura.

Porque no estamos ante un acuerdo inestable en el sentido clásico —no es que pueda romperse por desacuerdos inmediatos—, sino ante algo más profundo: los actores no están jugando el mismo juego temporal.

II. Los hechos

Vamos a los hechos, que se dejan un poco de lado en estos procesos de análisis.

La negociación entre el Ministerio de Hacienda y el Partido de la Gente (PDG) no comenzó de un día para otro. Durante cerca de un mes, Franco Parisi fue preparando el terreno, conversando con su bancada y evaluando hasta dónde era posible llegar a un acuerdo con el gobierno. En ese período se fueron ordenando posiciones internas y estableciendo contactos preliminares con el Ejecutivo, en los que participó activamente el diputado Valenzuela. Poco a poco, el PDG fue definiendo sus líneas rojas.

Cuando la negociación se formaliza, lo hace en un clima poco favorable. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, se reúne con los parlamentarios del PDG tras un encuentro previo por Zoom la noche anterior. La conversación se extiende por casi dos horas y el ambiente es tenso desde el inicio. El principal obstáculo es claro: la devolución del IVA. Dentro del PDG, la sensación en ese momento es que el acuerdo está lejos.

En medio de esa tensión, ocurre el giro que cambia el curso de la negociación. Quiroz decide contactar directamente a Parisi. No logra ubicarlo de inmediato, pero le envía un mensaje breve por WhatsApp. Minutos después, Parisi devuelve el llamado desde Alabama, en Estados Unidos. La conversación dura cerca de 30 minutos y se realiza en altavoz, con los parlamentarios presentes.

A medida que avanza la conversación, las posiciones se van delimitando con claridad. Hacienda cierra la puerta a modificar el IVA y plantea su visión sobre la reposición del FUT. Al mismo tiempo, se muestra disponible para mantener el régimen tributario de las pymes en 12,5%, incluso explorando mecanismos alternativos para asegurar esa condición. Parisi, por su parte, insiste inicialmente en sus planteamientos, especialmente en el IVA y el FUT, manteniendo presión sobre esos puntos.

Con ese escenario, la negociación se mueve hacia una salida intermedia. La devolución del IVA a productos farmacéuticos y pañales queda descartada, pero se construye una alternativa: un subsidio directo equivalente al 19% del precio de medicamentos y pañales. De este modo, no se altera el sistema tributario, pero se logra un efecto similar para los consumidores. En rigor, gana Parisi, pero acepta entregarle al ministro una puerta distinta.

El resultado se traduce rápidamente en apoyo político. El PDG respalda el proyecto del gobierno de José Antonio Kast, que incorpora cambios relevantes respecto de su versión original. Entre ellos, el subsidio a medicamentos y pañales y la mantención del régimen tributario para pymes. Al mismo tiempo, se mantienen otros componentes del paquete económico, como los incentivos a la inversión y los ajustes en materia de donaciones y repatriación de capitales.

En términos políticos, el acuerdo reconfigura el escenario. El PDG pasa a ocupar un lugar central en el Congreso y Parisi se consolida como un actor con capacidad real de negociación. La oposición tradicional queda al margen de este proceso. Sin embargo, el cierre del acuerdo no elimina las tensiones.

Posteriormente surgen discrepancias sobre la interpretación de algunos compromisos, especialmente en materia tributaria para pymes, lo que obliga al gobierno a precisar públicamente el alcance de lo acordado. Es la etapa de asperezar las limezas.

Gobernar sin síntesis

Si uno mira el acuerdo con cierta distancia, lo que aparece no es solo una negociación exitosa, sino una forma específica de gobernar. Una forma que no busca resolver contradicciones, sino hacerlas operativas.

La ley miscelánea, en sí misma, ya contenía esa lógica. No es una ley sectorial, ni una reforma estructurada en torno a un principio único. No hay una arquitectura doctrinaria que ordene el conjunto; hay una urgencia que lo empuja.

En ese contexto, el acuerdo con Parisi no corrige esa condición, sino que la intensifica. Introduce un elemento social —medicamentos, pañales, clase media— no como parte de una reconfiguración del modelo, sino como una capa adicional que permite sostenerlo políticamente. Es, por decirlo así, un ajuste de superficie que hace viable una estructura que no se toca.

Y sin embargo, eso funciona.

Le da juego de corto plazo al gobierno.

Pero de mediano y largo plazo es jugo para Parisi.

Si él hubiese sido duro con el gobierno, si hubiese remarcado la escasa vocación de clases medias que tenían las propuestas; habría perdido credibilidad futura para los ciudadanos que entienden que, al menos al principio, es tiempo de colaborar con el nuevo gobierno.

Mientras la izquierda habla de recortes sociales, Parisi le lleva un regalo al gobierno: una visión desde las clases medias. ¿Es un regalo? En parte. ¿Es una inversión? En gran parte lo es.

Sin embargo, en ese escenario, acuerdos como este cumplen una función precisa y se trata de permitir que el sistema siga operando. Evitan el bloqueo. Producen decisiones. Pero no restituyen la confianza.

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El riesgo —si es que cabe llamarlo así— no es que el acuerdo fracase, sino que funcione exactamente como está diseñado: como una solución parcial, efectiva en el corto plazo, pero replicante. Y es que mañana, con justa razón, se podrá decir que hay otros productos esenciales que merecen un tratamiento especial en el IVA. Y es que la puerta ha quedado algo abierta. No del todo, pero sí juntita. Y es así como mañana podría ocurrir una nueva negociación y una nueva equivalencia.

La historia que vendrá es más o menos obvia. Parisi dirá, en algún momento, que le ha dado una mano al gobierno, pero que éste es insensible ante las capas medias. Sí, lo dirá. No ahora. Quizás en un año o algo más, pero lo dirá.

Quiroz ha salvado los muebles después de semanas complejas con un inicio de gobierno confuso. Quiroz ha demostrado arrojo y capacidad para dar vuelta el escenario (no es la primera vez que lo hace). Pero el gran ganador es Parisi, que no necesitó ni siquiera esconder las tropas dentro de un hermoso caballo de regalo. Más bien ocurrió lo contrario. Y es que, a plena luz del día, Parisi se declaró necesario y suficiente. Y le aprobaron la moción.

¿El resultado? Las piezas son para el gobierno. El tablero queda para Parisi.

¿Y la oposición? No ha encontrado la dirección donde se juega el torneo.