“Carácter para enfrentar a Kast, proyecto para volver a ser mayoría”
Llevan semanas tratando de instalar que en el Partido Socialista conviven dos almas: una que creería que cuidar la relación institucional con el gobierno y hablar bajito para que no se molesten es la ruta para recuperar relevancia, y otra, donde estamos muchos, con la convicción de que un gobierno de ultraderecha exige oposición clara y firme, y que la prudencia convertida en repliegue y el silencio sin proyecto no conducen a ninguna parte.
Que El Mercurio se dedique a darle consejos de buena conducta a la izquierda debería bastar como advertencia: cuando el diario de la derecha intenta educarnos, algo quiere. Y lo que quiere es una izquierda obediente, que reclame bajito y no le toque los intereses a nadie.
Hemos sido responsables con la democracia, siempre. Y ser responsable no es quedarse callado mientras el gobierno engaña y la gente paga la cuenta. El Comité Central ya zanjó este debate y definió una oposición firme, democrática y popular frente a la ultraderecha. Esto es lo que debemos cumplir, sin miedo y sin zigzag.
El debate público no es sobre estilos o modales. Lo que está en juego es quién paga las promesas imposibles de Kast, quién se beneficia con sus leyes y quién carga con los recortes, la incertidumbre, el desempleo y la inseguridad. Si la izquierda acepta que denunciar un engaño es una ofensa, se inhabilita como oposición y deja solo al pueblo de Chile frente a los poderosos.
Hay que nombrar lo que tenemos al frente: una ultraderecha que sigue el mismo manual de Trump, Milei, Bolsonaro y Orbán y gobierna con una agenda de miedo, negacionismo y mentira.
Porque Kast ha mentido. No se ha equivocado. Ha mentido. Sabía que terminar con la delincuencia no tiene soluciones mágicas. Sabía que deportar a 300 mil inmigrantes irregulares era imposible. Sabía que no podía bajarle los impuestos a los más ricos, prometer orden fiscal y proteger al mismo tiempo los derechos sociales. Lo sabía y eligió prometerlo igual.
Prometió alivio y orden, y lleva meses produciendo incertidumbre: el bencinazo en el bolsillo, recortes en salud y servicios públicos, eslóganes en vez de plan de seguridad, y una Ley de los Superricos que beneficia al 1% y le pasa la factura al 99%, déficit, deuda y recortes sociales. No lo decimos solo nosotros: el propio Consejo Fiscal Autónomo advirtió que el proyecto pone en riesgo la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Más que un error, eso es una estrategia: un fraude. La ultraderecha promete lo imposible, busca culpables cuando fracasa y le pasa la cuenta a la mayoría. Y lee cada gesto de repliegue de la oposición exactamente como lo que es: una señal de que la presión funciona. Kast estaría feliz con una oposición de tono bajo. Lo que de verdad lo complica es que le exijan subir el estándar.
Pero seamos honestos, denunciar no basta. La firmeza sin proyecto se queda en grito. La izquierda tiene que enfrentar sin complejos los engaños de Kast, y solo va a volver a ser mayoría si convierte esa firmeza en proyecto: crecimiento, seguridad y un futuro que se note en la vida de la gente.
¿Y por dónde partir? Por recuperar una palabra que no hemos puesto en el centro: crecimiento. La derecha lleva décadas repitiendo que la única forma de crecer es bajarle los impuestos a los que más tienen. Lo está intentando de nuevo. Nosotros sabemos otra cosa: Chile no va a crecer entregándole rebajas tributarias a quienes ya concentran la riqueza.
Va a crecer elevando la productividad, financiando ciencia e innovación, dándole escala a las pymes, mejorando los salarios y llevando inversión productiva a las regiones, para que el sueldo alcance y la plata circule en la feria, en el almacén, en la economía real. Debemos crecer, pero crecer para todos. Esa es la diferencia entre crecimiento y desarrollo. Para los socialistas el crecimiento es una vía para el desarrollo.
Y hay que decir algo más incómodo: el Chile de los próximos veinte años se va a jugar en canchas donde todavía no tenemos un discurso a la altura: quién controla la tecnología, quién paga la transición climática y quién defiende la democracia frente al autoritarismo.
La inteligencia artificial ya está cambiando el trabajo, la educación y el poder, y la pregunta es quién pone las reglas: si las escribimos acá o las dictan cinco plataformas desde afuera. La crisis climática dejó de ser un pronóstico; es la sequía que ya conocen los crianceros del Limarí y los agricultores del Choapa. Los autoritarismos ponen en jaque las democracias y penetran en los sectores populares. Si el socialismo no ofrece una respuesta propia para ese futuro, otros van a llenar el vacío. Y ya sabemos quiénes y con qué.
La izquierda tiene que volver a la sociedad. A los barrios, a las universidades, a las ferias libres que dejamos de visitar. Volver a escuchar lo que se conversa en las casas, en las pegas, en la mesa de cualquier familia que hace malabares para llegar a fin de mes. No solo en los pasillos del Congreso ni en las sedes partidarias. Reconectar con la gente que nos votó y también con la que dejó de votarnos.
De ese diálogo social tiene que nacer una alternativa real de bienestar. Una que enfrente con la misma fuerza a los delincuentes comunes y a los de cuello y corbata. Que hable de trabajo digno, de jóvenes y mujeres. De desarrollo sustentable. Que le ofrezca a Chile un camino de igualdad y libertad. Esa es la diferencia que importa si pensamos en 2029.
Una izquierda que quiere volver a ser mayoría necesita proyecto, calle y carácter. El socialismo chileno no nació para administrar el miedo de los poderosos. Nació para cambiarle la vida a la gente que trabaja. Y cuando los superricos se incomodan, probablemente estamos haciendo lo correcto.
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