Las universidades europeas fueron algunas de las principales instituciones del Estado donde las minorías totalitarias e intolerantes se hicieron fuertes y terminaron por encaramarse en el poder, convirtiendo a las autoridades universitarias del momento en títeres de sus abominables intereses.
En esta columna de opinión sostengo que la grave agresión física y verbal (injurias) que sufrió la ministra Lincolao el 8 de abril en curso en un acto solemne realizado en el Aula Magna de la Universidad Austral de Chile, además de ser absolutamente contraria a la dignidad de la persona, a la democracia y al estado de derecho, debe ser sancionada por la autoridad universitaria y los tribunales de justicia, con el rigor y firmeza que contemplan las normas universitarias y las leyes de la República.
Si no se actúa con energía hoy, la universidad se irá transformando poco a poco en un espacio en el que el diálogo y las ideas podrían respaldarse con la fuerza ilegítima e irracional. Algo semejante ya ocurrió en el pasado y hay que evitar ese camino beligerante y estéril por todos los medios legales posibles.
Los términos “fascismo” y “nazismo” (= nationalsozialismus), comúnmente atribuidos a la extrema derecha, y repetidos por muchos políticos nacionales que jamás se han tomado la molestia de leer una página seria sobre el origen y naturaleza política de estos términos, tuvieron su expresión y manifestación directa en la Italia de Mussolini y en el Tercer Reich de Hitler durante la primera mitad del siglo XX.
Sus notas características han sido la intolerancia radical del adversario político, el totalitarismo, las asonadas a la autoridad legítimamente constituida, la agresión verbal y física del “enemigo” e incluso la eliminación masiva de quienes piensan, o se sospecha que piensan, defienden y sustentan cualquier doctrina política diferente.
El auge e instalación en el poder político de estos movimientos europeos, trajo la barbarie y el sufrimiento a cientos de millones de personas en el mundo de aquella terrible época. De hecho, ambos movimientos nacieron en el seno del socialismo europeo y sus múltiples caras. Estas doctrinas totalitarias y del todo incompatibles con la condición y la dignidad humana, no son solo cosa del pasado como se suele creer.
Por supuesto que pronto salieron expulsados del socialismo democrático, pero ya habían conseguido alcanzar vida propia y un respaldo popular inexplicable. Más de dos milenios de evolución política habían llegado a instalar en el mundo civilizado la democracia como la nueva, más justa y racional forma de organización y gobierno de los pueblos.
Todo ello se comenzó a desmoronar con los movimientos fascistas, ante la mirada indiferente, cobarde e incluso complaciente de quienes, en su debido momento, debieron pararles los pies a estos movimientos políticos bárbaros. La barbarie tiene al menos dos formas de debutar, avanzar y finalmente controlar, como nos ha enseñado Ortega y Gasset (La rebelión de las masas). La invasión horizontal, como la que contribuyó poderosamente a la caída del Imperio Romano, y la vertical, que nace desde el seno de la sociedad misma que la deja crecer, como la maleza en un huerto bien cultivado, sin eliminarla oportunamente con medidas enérgicas, legítimas y justas, de las cuales dispone el poder democrático bien constituido.
Las universidades europeas fueron algunas de las principales instituciones del Estado donde las minorías totalitarias e intolerantes se hicieron fuertes -“funando”, hostigando y agrediendo verbal y físicamente a profesores y estudiantes- y terminaron por encaramarse en el poder, convirtiendo a las autoridades universitarias del momento en títeres de sus abominables intereses.
Exactamente lo mismo que le aconteció a la ministra Ximena Lincolao, le ocurrió en Praga al máximo jurista europeo del siglo XX, Hans Kelsen, en la prestigiosa Universidad Carolina de Praga, y al fundador de la fenomenología en las universidades alemanas, el gran filósofo Edmund Husserl, y a innumerables intelectuales y universitarios europeos.
La barbarie, surgida desde la mismísima Universidad Austral de Chile (y no desde un gobierno militar o autoritario externo a la Corporación), amenaza con extenderse a las universidades del país, si las comunidades respectivas desde sus rectores y consejos universitarios superiores, hasta sus académicos, principalmente, se refugian en el “laissez-faire, laissez-passer”, para no comprometerse con una palabra y una sanción firme y justa. Si, por el contrario, para “congraciarse” con los fascistas por temor o interés personal, estratégico o político, no toman medidas enérgicas hoy, mañana veremos que estos espectáculos delictivos y repudiables se multiplicarán en todo el país.
Directivos y universitarios, sepan que, si no lo hacen y se refugian en la indolencia o indiferencia, nuestras universidades terminarán arruinadas intelectual, científica y filosóficamente. No serán centros de crítica racional y de investigación libre y no comprometida. Volveremos, y eso es lo que persiguen estos movimientos fascistas e intolerantes, a la universidad militante y sumisa al poder político, y a intereses harto incompatibles con la esencia de la universidad.
El Rector, el Consejo Académico y el Directorio de la UACh, sacaron la voz, pidieron públicas disculpas a la Ministra (las que fueron aceptadas y agradecidas por ella). La Facultad de Derecho rechazó los actos de violencia y reafirmó el pluralismo, la tolerancia y el respeto por las ideas y exigió sanciones para los responsables.
Pero, la Federación de Estudiantes, lo mismo que el Sindicato Docente, (que por fortuna solo representa a una fracción de los académicos), lo hicieron de manera ambigua y a medias: “No se justifica el agravio verbal y físico, aunque … de algún modo, sí se justifica”. Y el Comité Triestamental de Género y Diversidad, “mutis por el foro”. Un silencio estratégico y significativo.
Segundo golpe contundente a una universidad que continúa con serios problemas financieros -muy lejos de estar superados como se proclama por parte de autoridades universitarias y exfuncionarios del gobierno pasado (SES)- por la irresponsabilidad, otra vez, originada no afuera, sino en la propia universidad.
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