Pocos países viven el fútbol con la intensidad, la pasión y la naturalidad con que lo hacen los mexicanos. Basta recorrer sus ciudades para comprender que el Mundial comenzó hace mucho tiempo.

Mucho antes de que existieran la FIFA, los estadios modernos o las transmisiones televisivas, los pueblos mayas ya practicaban uno de los primeros grandes deportes colectivos de la humanidad.

Conocido como pok-ta-pok o pitz, este juego combinaba competencia, ritualidad y poder político en una experiencia muy distinta al fútbol actual. Su importancia era tal que algunas ceremonias vinculadas a esta práctica incluían sacrificios humanos, una realidad que hoy parece inconcebible, pero que refleja la profunda dimensión cultural que el deporte tenía para aquellas civilizaciones.

Resulta entonces una curiosa coincidencia histórica que, siglos después, México vuelva a convertirse en uno de los grandes escenarios del fútbol mundial.

Por tercera vez en su historia, el país albergará una Copa del Mundo. Antes fue testigo de dos momentos inmortales del deporte: la consagración de Pelé en 1970 y la de Diego Armando Maradona en 1986, dos de las figuras más influyentes que ha conocido el fútbol.

Gran parte de esa historia está ligada al Estadio Azteca. Inaugurado en 1966, fue concebido con una visión extraordinaria para su época. Con capacidad cercana a los 100 mil espectadores, se transformó en uno de los grandes templos del fútbol mundial y en uno de los pocos estadios capaces de albergar dos finales de una Copa del Mundo.

Pero México no solo destaca por sus estadios. Destaca, sobre todo, por su gente.

Pocos países viven el fútbol con la intensidad, la pasión y la naturalidad con que lo hacen los mexicanos. Basta recorrer sus ciudades para comprender que el Mundial comenzó hace mucho tiempo. El fútbol está presente en las conversaciones cotidianas, en los comercios, en las calles y en la vida familiar. Cada fin de semana, miles de personas llenan los estadios para acompañar a sus equipos, transformando este deporte en una verdadera expresión cultural.

Esa pasión también se manifiesta en una forma particular de vivir el espectáculo. El fútbol en México suele ser una experiencia familiar, transversal y profundamente arraigada en la identidad popular. Más que un simple entretenimiento, constituye un espacio de encuentro social que reúne generaciones enteras alrededor de una misma pasión.

Sin embargo, el Mundial de 2026 representa mucho más que fútbol.

México albergará trece partidos y se estima que la organización movilizará miles de millones de dólares en inversiones vinculadas a infraestructura, transporte, turismo, hotelería, gastronomía y servicios. Los beneficiarios directos serán aerolíneas, hoteles, restaurantes, plataformas de transporte, comercios y miles de pequeñas y medianas empresas que forman parte de la cadena de valor asociada al evento.

Las estimaciones más conservadoras proyectan un impacto económico superior a los cuatro mil millones de dólares. Pero la verdadera pregunta no es cuánto dinero dejará el Mundial durante un mes, sino cuánto podrá aprovechar México esa vitrina global durante los próximos años. Ahí se encuentra la verdadera oportunidad.

Los grandes eventos deportivos no generan riqueza únicamente por la cantidad de turistas que reciben, sino por la capacidad de transformar esa exposición internacional en nuevas inversiones, más comercio, mayor conectividad y un fortalecimiento de la marca país. Si México logra convertir la atención mundial de 2026 en más turismo, más negocios y mayores flujos de inversión durante la próxima década, habrá obtenido una victoria mucho más importante que cualquier resultado dentro de la cancha.

Y como ocurre en toda Copa del Mundo, también habrá ganadores silenciosos. Las empresas cerveceras, por ejemplo, esperan un importante aumento en sus ventas durante el torneo. Millones de aficionados llegarán a estadios, restaurantes, plazas y zonas de celebración para acompañar cada partido con una de las bebidas más asociadas al espectáculo futbolístico.

Pero más allá de las cifras, los contratos y los balances económicos, México vuelve a demostrar algo que pocos países pueden exhibir: la capacidad de transformar un evento deportivo en una celebración nacional.

Quizás por eso el Mundial de 2026 no solo se jugará en los estadios. También se jugará en las calles, en los mercados, en las plazas, en los hogares y en el corazón de millones de personas.

Porque si los antiguos mayas entendieron que el deporte podía representar mucho más que una competencia, México parece dispuesto a recordarle al mundo que el fútbol, cuando se vive con pasión, identidad y sentido de comunidad, puede convertirse en una de las expresiones culturales más poderosas de una nación.

Y esa, probablemente, sea la verdadera victoria que México espera celebrar en 2026.

Héctor Echeverría
Director asociado México en Relaxiona Internacional

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