La universidad no debe cerrar debates, sino abrirlos para hacer visible la complejidad social y no alinearse acríticamente con las lógicas del presente, sino ofrecer distancia para pensar ese presente y proyectar el futuro.

El reciente episodio de agresión que involucró a la ministra Lincolao nos obliga a una reflexión profunda, respecto de la degradación del espacio universitario como lugar de deliberación racional, reemplazándolo por la confrontación, la descalificación y la imposibilidad de escuchar al otro.

En este contexto, el libro Universidad entre invención y herencia, compilado por José Joaquín Brunner y el suscrito, resulta particularmente iluminador.

Tal como se plantea en su presentación, la universidad hoy se desenvuelve en un entorno marcado por la “burocratización”, la “presión por indicadores” y las “amenazas a la autonomía institucional”. Sin embargo, el problema no es solo interno, también un reflejo de un ecosistema social donde el pensamiento crítico pierde terreno frente a la inmediatez.

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Lo preocupante del caso no es únicamente la agresión en sí, sino que simboliza una dificultad creciente de sostener espacios donde el desacuerdo no derive en violencia.

En este sentido, la universidad —especialmente desde las humanidades y las ciencias sociales— tiene un rol insustituible. Como plantea el libro, estos campos no son accesorios, sino fundamentales para sostener la capacidad crítica de las sociedades.

Sin embargo, esta función está siendo tensionada. La creciente orientación hacia métricas, productividad académica y estándares de rendimiento ha desplazado el tiempo y el espacio necesarios para la reflexión profunda. En otras palabras, mientras más se exige a la universidad producir resultados medibles, se torna más complejo formar ciudadanos capaces de deliberar constructivamente.

Entonces el problema no es solo político ni comunicacional sino también formativo. Si la universidad renuncia a su misión de cultivar el pensamiento crítico, la sociedad pierde uno de sus principales dispositivos de contención frente a la polarización.

En este sentido, el libro señala que la universidad no debe cerrar debates, sino abrirlos para hacer visible la complejidad social y no alinearse acríticamente con las lógicas del presente, sino ofrecer distancia para pensar ese presente y proyectar el futuro.

El caso de la ministra Lincolao es, en definitiva, una alerta. Nos recuerda que la calidad de la convivencia democrática depende, en gran medida, de la calidad de nuestras instituciones formativas. Entre ellas, la universidad debe seguir siendo un espacio donde incluso las ideas más incómodas pueden ser discutidas sin miedo, sin censura y, sobre todo, sin violencia.

Mauricio Bravo
Vicedecano Facultad de Educación
Universidad del Desarrollo

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