Marginados socialmente, sobrepasados por una tecnología que se complejiza, nos encontramos, finalmente, con la precariedad económica de la inmensa mayoría.
Soy de los que prestan poca atención a esos textos que circulan en las redes sociales —tan en boga actualmente— acerca de cuanto tema pasa por la mente de quienes los escriben o envían.
Sin embargo, hace unos días, recibí uno, por WhatsApp, que leí atentamente y, luego de algunos segundos, releí con más atención. Se refería a la vejez o, mejor dicho, al lado más bello del envejecimiento como etapa plena y natural de la vida. Una reflexión singular, muy bien escrita, extraída del libro “La vejez”, de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, en el que denuncia la exclusión de la que son objeto los ancianos.
Una parte del texto dice: “… un día yo era movimiento, urgencia, promesa. Al otro, continuidad. No hubo un aviso claro ni un momento exacto. El cuerpo fue cambiando, mientras la mente seguía intacta, llena de planes, curiosidades y deseos…el envejecimiento no llamó a la puerta; entró mientas yo estaba ocupada viviendo”.
En una torpe asociación de ideas, rememoré un incidente vivido recientemente en una micro, cuando varios jóvenes entraban por la puerta trasera, evadiendo el pago. Un anciano de cabellos muy blancos los increpó entonces fuertemente, diciéndoles que debían pagar.
Como réplica, uno de ellos —el que llevaba el brazo tatuado con flores y cadenas— desafiante y desfachatado, le gritó a voz en cuello: “Salta pal lao viejo culiao”. El hombre calló, y los pasajeros, indiferentes o atemorizados tal vez, miramos instintivamente hacia el costado. “La juventud es una embriaguez sin vino; la vejez, un vino sin embriaguez” —dice un proverbio.
Imágenes contrastadas de un vasto tema sobre el que me quedé pensando por un rato.
Algunas constataciones
Abundan los análisis sobre el envejecimiento de la población en los países de mayor desarrollo; ello como resultado del avance de la ciencia y de mejores condiciones de sanidad y alimentación. La esperanza de vida aumenta y los viejos se mueren más tarde. Y sucede que, sin ser la causa, este fenómeno suele estar acompañado de un importante descenso de la natalidad.
Con una tasa de fecundidad de 1.16 hijos por mujer en edad reproductiva, Chile se encuentra muy por debajo de la tasa de reemplazo de la población, que es de 2.1. Nuestra situación es incluso más delicada que la de los países europeos, cuyo promedio es de 1.34. El fenómeno es alarmante en múltiples aspectos, sin que las autoridades muestren mucha preocupación por esta verdadera bomba de tiempo que amenaza nuestra viabilidad como nación.
Las alertas estan encendidas: la población decrece y la llegada de extranjeros, si bien es una contribución a nuestra alicaída demografía, no alcanza a compensar este descenso.
La cuarta edad (mayores de 80) se ha triplicado en nuestro país en las últimas tres décadas. Esa categoría etaria que algunos consideran estar en el otoño de la vida, sin precisar que es la estación de la cosecha, será cada vez más numerosa. Los estudios indican que las consecuencias societales que el fenómeno acarrea serán de tal magnitud, que no solo la sociedad evolucionará substancialmente, sino que mutaríamos como civilización.
La exclusión de los viejos, una dolorosa realidad
Hoy, nuestra sociedad globalizada se sustenta principalmente en el consumo, privilegiado lo efímero. El frenesí por poseer es eminentemente individual y ha venido a reemplazar causas y valores más nobles y humanos. Niños, adultos y ancianos devienen clientes potenciales de productos y servicios. Una carrera perversa que acarrea frustraciones y resentimientos en quienes no logran competir en esa arena, ni son convidados a mesa del banquete. Entonces, “el que no llora, no mama y el que no afana es un gil”, como escribía Santos Discépolo en su tango Cambalache.
En esta suerte de locura por tener, aparecer, aparentar, que exacerba el yo en desmedro del nosotros, se aplica el dicho popular “el que pestañea pierde”. Prima la desconfianza y se vive a codazos. Perdedores en esta carrera para la que no están preparados, los viejos se sienten aislados, discriminados, abandonados. El fenómeno es tan dañino que bordea la perfidia. Lo vemos reflejado en calles y plazas, en los CESFAM, en las colas de los hospitales y los servicios públicos.
Sabiendo que la célebre existencialista publicó su libro en 1970, nos preguntamos qué hubiera escrito hoy, al observar la forma en que la exclusión de los ancianos se ha amplificado de esta forma.
Lo primero que observamos es el aislamiento social; ya sea producto de la poca movilidad física, la viudez, el alejamiento de hijos y nietos, la falta de redes de contacto, la desaparición de las relaciones de trabajo y vecindad. Hay en la vejez, sobre todo en la de los pobres, una lenta agonía social que es perceptible.
Existe, además, un componente nuevo, que es la exclusión numérica. Millones de adultos mayores no utilizan internet ni están en las redes sociales. Esto limita el acceso a servicios como la salud, la administración pública, los bancos, la cultura… ¿Qué adulto mayor no se ha confrontado con esas voces anónimas que responden los teléfonos pidiendo el RUT antes de saludar, y luego proponiendo alternativas de discado? Los adelantos tecnológicos se vuelven hostiles con los ancianos, convirtiéndolos en analfabetos funcionales.
Marginados socialmente, sobrepasados por una tecnología que se complejiza, nos encontramos, finalmente, con la precariedad económica de la inmensa mayoría. Con pensiones de miseria y ayudas escasas deben restringir sus gastos básicos, como calefacción, medicamentos y alimentos, estando a menudo imposibilitados de arreglarse los dientes, cambiar de anteojos o comprar muletas. La pobreza de la ancianidad se acerca entonces a los límites extremos, rozando la indignidad y la desvergüenza.
El desafío del presente
Existen civilizaciones —en extremo oriente o en África, principalmente—, donde el lugar de los ancianos es radicalmente distinto al que observamos aquí. Apreciados por su experiencia y sabiduría, están presentes en las decisiones familiares y locales, son los guardianes del afecto, de la memoria oral y la transmisión de valores y costumbres. En esos lugares, el anciano sigue siendo el centro del núcleo familiar o tribal.
En nuestro país, las políticas públicas implementadas últimamente van en la buena dirección. Todo indica, sin embargo, que seguirán siendo insuficientes, ya que el problema de fondo pareciera correr una vía diferente de lo material y estar centrado en el cambio cultural de nuestra sociedad post moderna.
La tarea del presente es impedir la muerte social de los viejos. Para ello, el reforzamiento de los lazos sociales es primordial, de manera de evitar, o disminuir al menos, el aislamiento. La acción intergeneracional es un camino, y las organizaciones sin fines de lucro que han hecho de esta causa su objetivo, debieran tener más ayudadas del Estado.
La integración a la sociedad numérica es también indispensable: “alfabetizar” funcionalmente, si es posible; o bien facilitar la tarea a los imposibilitados. El contacto de cercanía con el vecindario, las organizaciones sociales, clubes diversos, es un complemento, así como el fomento de las actividades físicas y recreativas.
La Ley Integral de Personas Mayores, aprobada a principios de 2026, apunta a asegurar un envejecimiento digno, activo y saludable, así como la atención preferente en salud y participación social, fortaleciendo el rol del Senama. Avanzar en esta política nacional es un desafío que le tocará asumir a este gobierno. Lo subrayamos con fuerza: ¡se trata de una urgencia!
Entendemos que, para cada uno de nosotros, romper las barreras del aislamiento de los abuelos, es ante todo un deber humano.
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