El balance de su trayectoria es, entonces, de contrastes y contradicciones, y está lejos de lo que afirman sus incondicionales partidarios. Lo contraproducente para su postulación es su pasado, tan marcado ideológicamente, y muy a contracorriente de los cambios que hoy se producen en el mundo, tanto a nivel político como cultural.

“Errare humanum est”, dice el proverbio latino, invocado a veces para justificar una falta. Equivocarse dos veces en un mismo asunto es como tropezarse con idéntica piedra. Ojalá no sean tres los tropiezos, ya que implicaría una caída, probablemente lesiva.

En una columna anterior titulada “El adelantado anuncio del presidente”, nos referimos a lo que consideramos un error del mandatario. Fue al proclamar, de manera inusual, ante la Asamblea General de la ONU, a Michelle Bachelet como candidata a la Secretaría General de la organización. Dijimos que su actuar había sido ex tempore, no consensuado, y que se trató de un acto de gobierno de uso exclusivamente interno. Esto para diferenciarlo de un acto que podría inscribirse en una política de Estado.

Hace unos días, nos enteramos de que la funcionaria del Ministerio de RREE encargada de coordinar esa candidatura —Paula Narváez— prefirió presentar su renuncia y buscar otros rumbos en Panamá. Además, tras la elección presidencial y la erupción de la crisis más importante para la paz mundial de las últimas décadas —en la que Bachelet ha guardado un extraño silencio—, pensábamos que la candidatura se había apagado. Por falta de oxígeno, tal vez, o por arrepentimiento de la propia interesada.

Pues bien, nuestra percepción era equivocada. El presidente resultó reincidente, o bien persistente. Cuando ya nos olvidábamos del asunto, retrucó. Y lo hizo a dos meses de abandonar el cargo, a sabiendas de que no será este gobierno quien deba promover dicha candidatura.

Al día siguiente, la propia Bachelet expuso una serie de ideas básicas acerca del multilateralismo y de la ONU en el Congreso Futuro; una suerte de programa —básico también— de lo que podría ser su gestión.

Los argumentos en juego

El que la expresidenta cuente con un currículum adecuado y una vasta experiencia es el principal argumento esgrimido por el gobierno. Sus portavoces dicen que la candidatura estaría por encima de cualquier gobierno y que sería la de Chile. Una suerte de “la roja de todos”, en jerga futbolera.

Este argumento —a nuestro juicio infundado— ha sido evocado tanto por el oficialismo como por algunos personeros de la oposición. Estos últimos subrayan que, por encima de las diferencias ideológicas, la candidatura es la de un país que, por primera vez, estaría a la cabeza de la ONU. Un orgullo. Casi como llevar una medalla de honor prendida en el pecho, para exhibirla con talante.

Complementariamente, se agrega que sería la primera mujer en el cargo.

Pues bien, como se trata de un tema sobre el que hemos guardado prudente reserva, optamos por exponer algunos argumentos.

Una probada, pero marcada trayectoria

Efectivamente, Michelle Bachelet cuenta con una trayectoria que nada tiene que envidiar a la de los demás candidatos potenciales: fue jefa de Estado durante dos períodos y funcionaria de la ONU de altísimo nivel por varios años. Que haya destacado en ambas funciones es otro asunto y, personalmente, estimamos que en ninguno de estos cargos brilló con luces propias.

Durante su segundo mandato presidencial fue quien impulsó la “Nueva Mayoría”, coalición que rompió con el legado y la gobernanza de la ex Concertación, en la que incorporó al Partido Comunista en su estrategia y a numerosos dirigentes del Frente Amplio en algunos ministerios.

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Son muchos los observadores que, respaldados por las cifras y los hechos, afirman que fue a partir de ese segundo gobierno cuando el país entró en un proceso de regresión económica y de distopía cultural. Tampoco podríamos decir que sus logros estén a la vista. Como bien sabemos, la ciudadanía prefirió la alternancia.

En sus dos funciones internacionales (ONU-Mujeres y Comisionada para los DDHH), tampoco podríamos decir que sus resultados hayan sido virtuosos. La crítica principal apunta a su complacencia con ciertas dictaduras, así como a su demora en denunciar la represión a minorías étnicas en China. Tampoco fue muy activa en la defensa de las mujeres oprimidas por gobiernos donde el islamismo sigue causando estragos, o contra los grupos armados de la misma confesión que las asesinan, raptan y violan.

Para tener éxito en una elección de esta naturaleza, la candidata debe exponer no solo sus logros eventuales, sino también demostrar cierta prescindencia ideológica. En otras palabras, su compromiso con causas políticas debe ser tan amplio, como la conformación del Consejo de Seguridad de la ONU. Y es aquí donde radica el problema principal que seguramente provocará su fracaso.

En efecto, su trayectoria está marcada por una ideología marxista —aun cuando ella no lo sea (sic)— que la aleja de lo consensual y lo aceptable en el presente. Exhibir como aliado de su gobierno a un partido leninista en extinción en todo el mundo no es, precisamente, una credencial de excelencia. Como tampoco lo es su cercanía pasada con Alemania Oriental o con Fidel Castro, por quien siempre expresó admiración.

El balance de su trayectoria es, entonces, de contrastes y contradicciones, y está lejos de lo que afirman sus incondicionales partidarios. Lo contraproducente para su postulación es su pasado, tan marcado ideológicamente, y muy a contracorriente de los cambios que hoy se producen en el mundo, tanto a nivel político como cultural.

La candidatura de un gobierno saliente

El debate se ha instalado: ¿Candidatura de gobierno o de Estado?

Entendemos que un acto de gobierno es aquel que emana del Ejecutivo y persigue objetivos programáticos que, mediante políticas públicas o simples decisiones, dan forma a la gobernanza. Una política de Estado, en cambio, caracteriza las decisiones que afectan a largo plazo la trascendencia y la soberanía de la nación.

Esta se establece con una perspectiva de tiempo, implícita o explícitamente consensuada, y sobrepasa la administración temporal de un gobierno.

A la luz de la doctrina jurídica, y por analogía con otras democracias occidentales, podríamos decir que, para que un acto corresponda a una política de Estado, este debe “encarnarse” profundamente en la nación.

Llevada esta explicación al asunto que nos preocupa, diríamos que la candidatura de Michelle Bachelet no cumple con este requisito. Tampoco cuenta con el apoyo de la mayoría de las fuerzas políticas, ni de los principales actores del país. Es más, aparece como un acto de fin de ciclo, inspirado en consideraciones que no trascienden, sino que se inscriben en un acontecer político-partidista.

Un entorno internacional desfavorable

Todo gobierno debe actuar de acuerdo con la realidad en la que se desenvuelve y proyecta. En política exterior, la prudencia en la adopción de decisiones aconseja una visión de “realpolitik”, como la del gobierno de Bismarck: “Pragmática, que prioriza los intereses nacionales por sobre las ideologías, buscando alianzas flexibles para lograr objetivos tangibles”.

Aplicada esta doctrina al presente, el gobierno debería saber que ningún voto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad le está garantizado. Cualquier candidatura deberá ser lo suficientemente amplia como para evitar el veto. ¿Con qué fuerzas se cuenta para vislumbrar este consenso? ¿Valdrá la pena que el próximo gobierno afronte tal desafío disponiendo de tan pocas posibilidades de éxito? Además, a sabiendas de que hay otras candidaturas que cuentan con sólidos amplios.

En consecuencia, sería deseable que este gobierno ya saliente se abstuviera de oficializar la candidatura de Michelle Bachelet y dejara el asunto en manos del próximo.

Podríamos también preguntar al presidente electo: ¿Será oportuno dar una batalla a contracorriente? En un mundo tan convulso e incierto, encontrar nuevas alianzas requiere astucia y decisión, junto con una lectura óptima de este acontecer mundial intricado. Ojalá que el próximo canciller cuente con esa lectura política, ya que la sola experiencia comercial sería, ciertamente, insuficiente.

Evitemos entonces un tercer tropezón. Por el bien superior de Chile, sería aconsejable que la propia candidata se desistiera dignamente de esta pretensión irrealista, preservando al país de gastos inútiles o —nunca se sabe— de hacer un papelón de proporciones.