¿Chile será un país que mantendrá su tradicional autonomía diplomática o se convertirá en una pieza más dentro de la disputa entre las grandes potencias?
La escena fue llamativa. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, felicitando al presidente electo de Chile, José Antonio Kast, en una cumbre en Florida. Hasta ahí, nada extraordinario: es habitual que los líderes internacionales saluden a quienes ganan elecciones en otros países.
Lo llamativo vino después.
Trump, fiel a su estilo provocador, bromeó diciendo que gracias a su apoyo “gratis” Kast había ganado la presidencia. La frase generó risas en la sala, titulares en la prensa y un inevitable debate político en Chile.
Pero más allá del tono humorístico, el episodio abre una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de relación internacional quiere construir el nuevo gobierno chileno?
Porque las bromas pueden ser anecdóticas en política interna, pero en política exterior los símbolos importan. Y aquí aparece la primera contradicción evidente.
Mientras el presidente electo aparece públicamente junto a Trump —el principal referente de la derecha conservadora internacional—, al mismo tiempo una delegación de su propio partido realizó recientemente una visita oficial a China, sosteniendo encuentros políticos y económicos en el país asiático.
Es decir, mientras en Florida se proyecta cercanía política con Washington, en paralelo se busca fortalecer vínculos con Beijing. ¿Contradicción? En realidad, más bien realismo económico.
Chile tiene en China a su principal socio comercial. Gran parte del cobre, del litio y de las exportaciones agrícolas del país dependen del mercado chino. Pretender ignorar esa realidad sería simplemente irresponsable.
Pero el problema no es mantener relaciones con ambas potencias. De hecho, eso es lo que Chile ha hecho durante décadas.
El problema es la señal política que se transmite cuando la política exterior parece moverse entre gestos ideológicos y pragmatismo económico sin una estrategia clara.
Chile no es un actor irrelevante en el tablero internacional. Es uno de los países más abiertos al comercio del mundo, con tratados con decenas de economías y una larga tradición diplomática basada en la autonomía estratégica.
Esa tradición ha permitido que Chile tenga buenas relaciones tanto con Estados Unidos como con China, con Europa y con Asia, con gobiernos de izquierda y de derecha.
Por eso, cuando el futuro presidente aparece en una escena donde el líder de la principal potencia mundial bromea con haber influido en su triunfo electoral, el asunto deja de ser un simple momento anecdótico. Se transforma en una señal política que inevitablemente será observada por otras capitales.
En Beijing, donde Chile es un socio estratégico en minerales críticos y energía. En Washington, donde Estados Unidos busca recomponer su influencia en América Latina frente al avance chino. Y también en América Latina, donde el nuevo equilibrio geopolítico de la región todavía está en construcción.
La verdadera pregunta entonces no es si Kast debe reunirse con Trump. Los presidentes deben dialogar con todos los líderes relevantes del mundo. La pregunta es otra: ¿Chile será un país que mantendrá su tradicional autonomía diplomática o se convertirá en una pieza más dentro de la disputa entre las grandes potencias?
Porque en el mundo actual —marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China— las fotografías políticas ya no son solo gestos protocolares. Son mensajes.
Y Chile, por su historia diplomática, debería ser particularmente cuidadoso con esos mensajes. Especialmente cuando se trata de definir el lugar que el país quiere ocupar en el nuevo orden global.
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