¿Cuándo una convicción se vuelve ideologismo? Cuando deja de escuchar, cuando convierte el Estado en terreno a su antojo o el mercado en dogma político, cuando el argumento no busca entenderse con el otro, sino clausurar la discusión.

En Chile la palabra ideologismo se usa como un proyectil, se lanza sin pensarlo mucho, y hace años que cae en el mismo lugar: la izquierda, el gobierno Boric, los progres. Permisología, educación, relaciones exteriores. Ahí, dicen, estaría la manía doctrinaria que reemplaza la realidad por una consigna.

Por cierto, los permisos para la inversión y educación sirven de muestra de cómo ideologizar proyectos donde habría que afinar coordinación, plazos y criterios técnicos. Y en educación se discute el currículum como si fuera neutro o, al revés, como si fuera un mero dique ante la derecha conservadora.

Lee también...

En ambos casos, el tropiezo es el mismo: convertir herramientas de gestión pública en banderas de realización ideológica. Por ello, hay algo de cierto en esa acusación, pero también hay una maniobra discursiva que funciona porque presupone que el ideologismo es patrimonio exclusivo del bando contrario, como si la derecha y, sobre todo, el mundo empresarial fueran una república de técnicos sobrios, guiados por la evidencia y la lógica de los balances. No es así, y a menudo ocurre exactamente al revés.

En suma, ideologismo suele significar “hacer política con valores que no me gustan”. Sirve para no discutir el fondo, pues basta etiquetar una política pública como “ideológica” para sugerir que es irresponsable, infantil o peligrosa.

Pero la evidencia cotidiana muestra algo difícil de desmentir: el ideologismo no desaparece cuando se cambia de vereda, solo cambia de registro y de vocablos más elegantes: sentido común, eficiencia, modernización, libertad. Palabras que pueden ser razonables, pero que también pueden operar como sellos publicitarios, pegarlos y listo.

La pregunta que vale es otra: ¿cuándo una convicción se vuelve ideologismo? Cuando deja de escuchar, cuando convierte el Estado en terreno a su antojo o el mercado en dogma político, cuando el argumento no busca entenderse con el otro, sino clausurar la discusión.

En Chile hay un dato político que se comenta poco, como si fuera mala educación hablar de dinero en la mesa: el gran empresariado, con excepciones puntuales, ha financiado y respaldado predominantemente solo opciones de derecha. No hay que espantarse ni demonizarlo; es racional buscar certezas, reglas favorables, contención tributaria, previsibilidad regulatoria. Hasta ahí, diríamos que es normal. Lo ideológico empieza cuando esa preferencia deja de ser una apuesta y se vuelve férrea identidad política de grupo.

Los datos del Servel en la presidencial 2025, difundidos por distintos medios, muestran algo que ya no es novedad: los candidatos de derecha, José Antonio Kast y Evelyn Matthei, concentran buena parte de los grandes aportes privados.

Es decir, el dinero empresarial no se distribuye parejo en el espectro democrático, se inclina, con decisión inamovible, hacia un lado. Y no solo se inclina, se ostenta con nombre y apellido. Carlos Larraín aparece como principal donante individual de Kast, y se registran aportes altos también de figuras como José Luis del Río o Nicolás Ibáñez, según reportes basados en la misma información del Servel.

Lo que importa no es el chisme del aporte puntual, sino el patrón reiterado: el empresariado chileno que, en su núcleo duro, no es un árbitro neutral que premia buenas políticas vengan de donde vengan, en demasiadas ocasiones opera como bloque cultural, con reflejos ideológicos fuertes. Y cuando eso ocurre, el debate se empobrece: se evalúa la política pública como si fuera camiseta.

Excepciones hay, por supuesto; me viene a la mente una rara avis empresarial, Ángel Fantuzzi, que no fue un progresista en estricto sentido, sino un empresario de visión más amplia que sus inmediatos intereses, más inclinado al pacto social que a los muros contra la izquierda. No era neutral, pero tampoco calzaba en la ortodoxia empresarial permeada por la derecha.

Veamos otros modelos, entre ellos el europeo, donde hay de todo, empresarios sectarios, lobbies feroces, capturas regulatorias. Pero existe una respetable tradición, especialmente en ciertos países industriales, donde parte del establishment económico entendió que la estabilidad democrática y el desarrollo productivo requieren alternancia posible, reformas negociadas y pactos que sobrevivan a los ciclos electorales.

Tal es el caso de Gianni Agnelli, líder de la Fiat, quien en 1988 apoyó públicamente terminar con la democracia bloqueada y abrir una alternancia real, admitiendo la idea de gobernabilidad para los comunistas. No lo decía desde una torre de marfil, el Avvocato cultivó durante años el diálogo con la izquierda, desde el comunismo histórico a los socialistas y luego a los excomunistas del PDS, tratando ese mundo como un interlocutor nacional, no como un enemigo absoluto. No dejó de ser un empresario con intereses, pero entendió que convertir la política en guerra santa encarecía el país y lo debilitaba, incluso para quienes creen estar ganando.

A ello se le ha llamado, con distintos matices, burguesía iluminada, una élite empresarial que, por interés propio y por cultura, acepta reglas, pluralismo, reformas, y conversa con adversarios en torno a la gobernabilidad del país. ¿Existen en Chile exponentes de esa cultura empresarial? Podría haber, pero aparecen sobre todo en momentos de acuerdos, más como acomodo pragmático que como un bloque empresarial estable y dominante.

La discusión sobre ideologismos no puede eludir el presente político, pues lo que estamos viendo en la antesala del nuevo gobierno no es precisamente neutralidad republicana. Desde que ganó las presidenciales, José Antonio Kast ha realizado cinco viajes al extranjero como presidente electo, a Milei en Argentina y luego una gira que incluyó Bélgica, Hungría e Italia, consignando reuniones con líderes emblemáticos del conservadurismo europeo, como Viktor Orbán y Giorgia Meloni. Termina su periplo de presidente electo con la llamada Shield of the Americas (Escudo de las Américas), una cumbre de líderes derechistas del continente, realizada en Miami en el resort privado de Trump.

No es que un presidente electo no pueda viajar, la pregunta es qué guía esos viajes: ¿una agenda de Estado, transversal, enfocada en intereses estratégicos evidentes para Chile? ¿O una cartografía ideológica, una suerte de internacional conservadora? Esto no es diplomacia de Estado en sentido clásico, es militancia transnacional, aunque se vista de libertad de expresión y sagradas convicciones personales.

Se dirá que es norma, que todos tienen ideas y valores. Bien, pero aquí vuelve la definición útil de ideologismo, o sea cuando los valores personales reemplazan al interés público de la nación. ¿En qué beneficia a Chile, en términos concretos, priorizar como foto inaugural del nuevo ciclo una alianza con los referentes más duros del conservadurismo europeo, en lugar de equilibrar señales, diversificar puentes, hablar con todos los sectores democráticos relevantes y cuidar el lugar de Chile en un mundo que no se reduce a una ofensiva cultural?

Lo anterior puede sonar a un sermón más, pero es ante todo una invitación a aplicar la misma vara cuando se habla de ideologismos desviantes de las buenas políticas públicas. Sería una torpeza, y una injusticia, seguir usando el concepto de ideologismo como arma de un solo uso, como si el mercado fuera un antídoto automático, el empresariado un grupo de sabios neutrales y el próximo gobierno un concentrado sin ideología desviante.

Lee también...
Boric/Kast: una semana de números rojos Lunes 09 Marzo, 2026 | 10:52

Hay ideologismo cuando se cree que el país se arregla por decretos anclados a las propias ideas, exportando una visión de principios conservadores e importando amistades escogidas por afinidad doctrinaria. Hay ideologismo cuando se confunde Estado con una carta moral. Y hay ideologismo cuando se confunde empresa con partido político.

La democracia de calidad no exige líderes sin ideas, exige gente capaz de someter sus ideas a la realidad y al bien común. El resto son creencias y principios personales que, aunque legítimos, no siempre coinciden con una visión y horizonte de Estado, a excepción de grandes líderes estadistas, que en el presente, francamente, yo no veo.