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Universidad Bernardo O'Higgins
Lunes 18 junio de 2018 | Publicado a las 16:21
Un amor de O’Higgins
Publicado por: Blog UBO
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Hay un √°ngulo del pasado que el especialista, por mala costumbre, soslaya o desprecia: la historia de los afectos. Para el historiador profesional el devenir de las ideas o la oscilaci√≥n de los precios ocurridos en un periodo de tiempo muerto, son infinitamente m√°s provocativos que el de los amores perdidos ¬ŅPero qui√©n no ha tenido uno? Por lo que veo a trav√©s de una brizna de cartas sobrevivientes, recobradas en minuciosa b√ļsqueda por Roberto Arancibia, O‚ÄôHiggins, el hijo del virrey, tuvo el suyo; y uno no precisamente perecedero.

La historia ocurre en Richmond, a cortas millas de Londres. Los escenarios son el selecto colegio cat√≥lico para ‚Äúj√≥venes caballeros‚ÄĚ regentado por don Timothy Eeles; alguna estancia pre-victoriana iluminada por la llama amiga de un quinqu√© y ciertos paseos del peque√Īo Richmond que no existen m√°s.

El tiempo: los pocos a√Īos que van de 1795 a 1798.

Los personajes, un imberbe Bernardo Riquelme, estudiante interno en el establecimiento de Eeles, y Charlotte, hija de este, doncella dos a√Īos m√°s joven que su pretendiente americano.

Qu√© se dijeron y c√≥mo se amaron queda relegado a la imaginaci√≥n. Pero solo eran dos adolescentes mutuamente impresionados. Un roce de manos, ciertas esquelas mandadas y recibidas furtivamente, el consuelo de la conversaci√≥n, y poco m√°s, han debido intervenir en ese idilio estrechamente vigilado por los padres de aquella muchacha de pupilas azul marino y unos diecis√©is a√Īos.

Al final, Bernardo Riquelme, el hijo del virrey, aguijoneado por su af√°n revolucionario, la morri√Īa de la patria y los asuntos familiares, se aleja de Londres, pasa accidentadamente por Lisboa y C√°diz y retorna a Sudam√©rica. Nunca volver√° a ver la bruma inglesa y a la sensitiva Charlotte Eeles.

Pasar√°n veinte a√Īos y pico antes que el vencedor de Chacabuco intente recoger los pasos. Defenestrado del poder y forzado al exilio -es 1823- vuelve a evocar, con indeliberada insistencia, a Charlotte. Seguramente porque, antes de decidirse por el Per√ļ, ha pensado radicarse en el Viejo Continente y reverdece en el llagado coraz√≥n del desterrado la recordaci√≥n del rostro, nunca olvidado, de Carlota, la lejana.

Son revelaciones que el oficial irlandés no querría hacerle
- Eduardo T√©llez L√ļgaro

Le requiere a su amigo, el coronel John Thomond O’Brien, de misión en Londres, un acercamiento a los Eeles; aproximación que en el fondo es un tanteo del terreno. El coronel cumple la encomienda y le participa, en abril de 1823, con sosegado tacto, las conclusiones de su averiguación.

Son revelaciones que el oficial irland√©s no querr√≠a hacerle. Timothy Eeles, le confirma, ha fallecido en Madeira y ‚ÄúMiss Charlotta Eells tambi√©n muri√≥ muy luego despu√©s que usted se fue del pa√≠s; nunca se cas√≥ y su madre dice que su √ļltima petici√≥n fue que usted la recordara‚ÄĚ. Ahora yac√≠a sepultada en la colina de Richmond.

Aprovecha O‚ÄôBrien de remitirle una conceptuosa carta personal de la viuda de Timothy y madre de Carlotta, en la que se extend√≠an mucho m√°s las malas nuevas. Tras la muerte de su esposo, el antiguo director de la academia cat√≥lica de Richmond, sobrevino la de la joven. ‚ÄúEsta crisis, le dice a Bernardo, fue seguida con la muerte de mi m√°s querida hija, Charlotte, quien no pudo nunca soportar el rudo golpe; el fallecimiento de su se√Īor padre, agot√≥ su cerebro, y se le declar√≥ en consecuencia una fiebre nerviosa‚ÄĚ.

El circunspecto O‚ÄôBrien le mand√≥ al exdirector supremo, a trav√©s de nav√≠o (el Sesostros), encajado en una peque√Īa caja, el retrato pintado de Carlota, ‚Äúsu enamorada‚ÄĚ…
- Eduardo T√©llez L√ļgaro

Luego, casi a t√≠tulo de consolaci√≥n, esto: ‚ÄúElla rechaz√≥ todo ofrecimiento de matrimonio y retuvo hasta el √ļltimo, un gran cari√Īo hacia Ud.‚ÄĚ. S√≠, verdaderamente, Charlotte Eeles hab√≠a amado a ese joven vehemente que se le sumergi√≥, anegado de ideales, en las profundidades impensables de la Am√©rica del Sur. Fue, hasta la noche √ļltima, la novia incesante de una aparici√≥n entregada a derribar imperios y redimir naciones all√°, en los arrabales de la tierra.

El circunspecto O‚ÄôBrien le mand√≥ al exdirector supremo, a trav√©s de nav√≠o (el Sesostros), encajado en una peque√Īa caja, el retrato pintado de Carlotta, ‚Äúsu enamorada‚ÄĚ, imagen asegura ‚Äúque Ud. recordar√° cuando lo vea‚ÄĚ.

O‚ÄôHiggins sustituye, al fin, la idea de refugiarse en el Viejo Continente por la de permanecer indefinidamente anclado en el Per√ļ independiente, donde se le quiere bien.

Richmond y la reminiscencia de su campi√Īa se le vuelven cada vez m√°s rutinarios. En ella, ayudado por la estampa pintada que le trajo el Sesostros, habr√° visto a miss Carlota Eeles viva y en la plenitud de la edad.

El retrato, como otras cosas, se ha perdido. Probablemente para cumplir esa sentencia que Rolando C√°rdenas susurrara en un poema, igualmente perdido, del cual no recuerdo el nombre y s√≠ la √ļltima l√≠nea. Al final, hagamos lo que hagamos, nunca vuelven a nosotros las cosas que m√°s se amaron.

Eduardo T√©llez L√ļgaro
Académico e investigador
Universidad Bernardo O’Higgins

URL CORTA: http://rbb.cl/ki2v
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