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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La estatua ecuestre de Virginio Arias volvió a su lugar después de cinco años, la reinauguración será este sábado con más de dos mil efectivos. Los monumentos reflejan poder transitorio como si fuera eterno. Baquedano despierta distintas sensibilidades, especialmente tras octubre de 2019. Restituir el monumento no soluciona los problemas culturales de fondo. La restauración destaca la piedra original del monumento. La reinstalación de Baquedano en Plaza Italia no resuelve el conflicto social. Restaurar un monumento no es restaurar una memoria común.

Con la pesadumbre propia de aquello que se construye como venganza, Baquedano vuelve al plinto de Plaza Italia.

Por Claudio Alvarado Lincopi

La estatua ecuestre de Virginio Arias regresó en marzo, después de casi cinco años fuera de su lugar. Ahora, restaurado el pedestal, el conjunto vuelve a presentarse ante la ciudad. Este sábado, después de la Parada Militar, más de dos mil efectivos de las Fuerzas Armadas y Carabineros participarán en un acto simbólico de reinauguración. No dejará de ser estremecedora esa imagen.

Es amargo constatar, una vez más, que los monumentos suelen ser la manifestación declarativa de un poder que se sabe transitorio y, sin embargo, se encumbra como imperecedero. La ilusión de perpetuidad, tan propia de toda gobernanza estatal, encuentra en ellos una de sus expresiones materiales excelsas. Poder encumbrar un monumento es ante todo la manifestación de tener el poder de hacerlo; poder que se imagina eterno en el bronce monumental.

La amargura aumenta cuando pensamos en nuestra incapacidad para construir una narrativa capaz de contener la diversidad de la comunidad cultural y política que somos. Baquedano, y sobre todo el monumento a Baquedano, despierta hoy sensibilidades muy distintas, hasta contradictorias. Después de octubre de 2019 resulta imposible ignorar lo que ocurrió alrededor de esta estatua, ni las distintas memorias que quedaron asociadas a ella. La plaza fue escenario de celebraciones, protestas, enfrentamientos, intervenciones y disputas por el significado mismo del espacio público y del país. ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Simplemente actuamos como si nada de esto hubiera ocurrido? Qué tristeza, qué ingenuidad.

Precisamente por eso cuesta comprender que la respuesta vuelva a ser la restitución de una única figura como si el problema cultural de fondo pudiera resolverse reinstalando el bronce sobre su pedestal.

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Hay algo profundamente pobre en utilizar la memoria para marcar hitos políticos del presente. El monumento termina convertido en una señal dirigida a los propios, mientras la figura histórica que pretende recordar queda atrapada en una disputa que difícilmente puede contener. Se fuerza al pasado a hablar el idioma de cada presente y, al hacerlo, se lo empobrece.

De quienes observamos este gesto con crítica o preocupación quedan, aparentemente, dos caminos. Elevar nuestra crítica de manera permanente, hasta el final de los tiempos, negociando con la eternidad del monumento; o aceptar resignadamente el hecho contencioso, como si nada más pudiera hacerse. Ambos caminos dejan entrever el mismo problema: el cisma. Seguimos siendo, en demasiados sentidos, más un paisaje que un país.

Tampoco estuvo a la altura de las circunstancias el gobierno anterior. Ante uno de los mayores acontecimientos simbólicos que le correspondió administrar -un enorme plinto vacío en pleno centro de Santiago- hubo poco espacio para la imaginación. La oportunidad de pensar qué podía significar ese vacío para una sociedad que acababa de atravesar una experiencia política y cultural tan tensionante, terminó diluyéndose. La presencia fragmentada del monumento a Gabriela Mistral, aunque posee una mirada penetrante y prometedora sobre la Alameda, tampoco consiguió transformar ese lugar en una verdadera pregunta pública.

Entonces la congoja es más profunda, especialmente para quienes creemos en una República laica y civil. Todavía son militares quienes ocupan algunos de los lugares centrales de nuestra memoria pública. Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas. Manuel Baquedano en Plaza Italia. Dos figuras militares, dos monumentos, dos momentos distintos de una historia dolorosa para unos y triunfal para otros, son las referencias centrales de nuestra ciudad escindida.

En fin, por todo ello, quizás lo más interesante de la reinauguración de Baquedano no sea Baquedano. Es el plinto.

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La restauración acaba de devolverle a la piedra su tonalidad verde ceniza original. La andesita había quedado cubierta por 23 capas de pintura, grafitis y afiches acumulados durante los últimos años. La decisión de recuperar la piedra, en toda su magnitud, me parece acertada. Hay algo hermoso en esa materialidad, porque permite recordar que la historia de esta ciudad y de este valle es muchísimo más antigua que nuestros monumentos republicanos. La piedra ha acompañado a quienes han habitado estos lugares durante miles de años, mucho antes de las fronteras, los Estados y las categorías políticas con las que hoy ordenamos nuestra historia. ¡Por eso la arqueología es importante señor Poduje, porque nos permite imaginar nuestra historia en esas magnitudes! La andesita, una piedra que acompaña la historia del valle del Mapocho desde las puntas de flecha de los antiguos cazadores-recolectores, a más de 10.000 años de historia, hasta el presente del plinto andesita.

Es apenas un pequeño gesto, pero uno significativo. Bajo el bronce de un general del siglo XIX permanece una materialidad que pertenece a una historia mucho más larga que la de Chile y sus ejércitos. Vale la pena mirarla y reconocerla, es un gesto estético que puede articular nuevas preguntas y reflexiones desde la epítome cultural de la ciudad contemporánea. Pero sería un error que esta hermosa decisión material nos hiciera perder de vista lo fundamental: el problema nunca fue la piedra… es más bien el bronce.

El actual gobierno parece haber decidido que, frente a una sociedad fracturada (dos procesos constituyentes fracasados así lo avalan), la respuesta consiste en volver a levantar el mismo símbolo alrededor del cual esa fractura se hizo visible. La reinstalación de Baquedano puede presentarse como recuperación del orden, de la historia o del respeto por los símbolos nacionales. Pero difícilmente puede desconocerse su dimensión política. El monumento vuelve a Plaza Italia después de un período en que ese lugar se convirtió precisamente en el escenario de una disputa sobre el país que queremos ser.

Aquí conviene ser ponderados. El 18 de octubre de 2019 produjo una violencia que tampoco puede ser romantizada ni convertida en una épica retrospectiva. Pero reconocer aquello no obliga a fingir que nada ocurrió. La intervención sobre Baquedano fue también la expresión material de un conflicto que el país no ha resuelto. Volver a poner la estatua en su lugar no hace desaparecer ese conflicto, simplemente instala una fantasmagoría, un fantasma de la historia de Chile, como aparente solución de la controversia: malas noticias, los fantasmas penan, y vienen más temprano que tarde por todos nosotros.

Y acá la principal pobreza de esta reinauguración. Se confunde restaurar un monumento con restaurar una memoria. Venganza tras venganza, restitución tras restitución, difícilmente construiremos una memoria común. Si la reinstalación de Baquedano pretende ser una señal política, entonces habrá que preguntarse qué señal estamos enviando y, sobre todo, a quién queremos hablarle.

Quizás ya sea tiempo de dejar de administrar nuestros símbolos como trincheras.

Hace falta un remezón cultural. Hace falta imaginación.

Claudio Alvarado Lincopi

Claudio Alvarado Lincopi
Historiador y Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos.