¿Qué significa restituir una estatua al lugar desde donde fue removida por razones de seguridad, tras actos reiterados de vandalismo?
El retorno de la estatua del General Manuel Baquedano a la Plaza Baquedano, popularmente conocida como Plaza Italia e instalada ahí en 1928, en honor al Comandante en Jefe del Ejército durante la Guerra del Pacífico, no es solo la reinstalación de un monumento ecuestre en su pedestal original. Es, ante todo, un gesto cargado de significado político, urbano y cultural para una ciudad y un país que todavía procesan las heridas abiertas desde octubre de 2019.
La plaza fue epicentro simbólico y material del estallido social: lugar de convocatoria masiva, de celebración y protesta, pero también escenario de violencia persistente, destrucción del espacio público y fractura institucional.
Durante meses, la figura de Baquedano fue objeto de intervenciones, rayados, incendios y daños estructurales, hasta que finalmente en 2021, fue retirada para su restauración y resguardo.
El plinto vacío se transformó entonces en una imagen poderosa: un pedestal sin figura en el corazón de la capital, fue durante años un recordatorio constante de la fractura. Su presencia hablaba tanto de la fuerza de la movilización como de la incapacidad del sistema para encauzarla sin violencia.
Por décadas, la plaza fue punto de encuentro ciudadano, pero con la extrema violencia asociada al estallido social, ese mismo lugar se convirtió en una frontera simbólica entre orden y protesta; entre Estado y ciudadanía movilizada.
En ese contexto, el retorno del monumento plantea una pregunta de fondo: ¿Qué significa restituir una estatua al lugar desde donde fue removida por razones de seguridad, tras actos reiterados de vandalismo?
Más allá de las respuestas movidas por posiciones ideológicas, el hecho adquiere relevancia porque obliga a discutir sobre cómo una sociedad gestiona sus símbolos en tiempos de crisis.
En ese escenario el Gobierno, en concordancia con los Municipios de Providencia y Santiago, dio inicio al proceso de rehabilitar un espacio público que había quedado capturado por la confrontación, bajo el proyecto Nueva Alameda, donde la reconstrucción de la plaza y la eventual reinstalación de la estatua forman parte de un esfuerzo más amplio de recuperación urbana, considerando la seguridad, el patrimonio y el espacio público.
Una vez autorizado el retorno de la estatua por el Consejo de Monumentos Nacionales, surge la posición del alcalde de Providencia, que por cierto comparto, de concretar la reinstalación antes del próximo 11 de marzo, fecha que no es neutra, porque coincide con el cambio de mando presidencial y marcaría simbólicamente el cierre de un ciclo abierto con el estallido social, dando una señal de recuperación institucional y de afirmación del orden democrático frente a la violencia que marcó esos años.
Esto no puede ni debe ser interpretado de manera equivocada, no es añadir al gesto una dimensión política, ni tampoco equivale a negar las causas del malestar que estalló en 2019, ni borrar las demandas por mayor equidad, justicia social o reformas estructurales.
Queremos que la estatua vuelva para reafirmar el valor del patrimonio y la memoria histórica, porque los monumentos no son piezas neutras: representan relatos, jerarquías y visiones del pasado. El desafío contemporáneo no es inmovilizar la memoria, sino dialogar con ella.
Esto exige, de todas las autoridades involucradas y de los vecinos, un compromiso real con el cuidado del entorno, la seguridad y el respeto por la pluralidad.
No basta con reinstalar; es necesario generar condiciones para que la plaza vuelva a ser un espacio de encuentro y no un campo de disputa permanente. La autoridad debe garantizar que la violencia no vuelva a imponerse, pero también que el derecho a la manifestación pacífica sea protegido de esa misma violencia.
En definitiva, el sentido del retorno no radica únicamente en el bronce que vuelve a su pedestal, sino en la señal que la ciudad quiere enviar sobre cómo tramita sus conflictos.
Si la plaza fue símbolo de desborde y ruptura; su reconstrucción y la reposición del monumento, pueden aspirar a simbolizar continuidad democrática. El verdadero cierre de ciclo no lo dará la estatua por sí sola, sino la capacidad colectiva de transformar la experiencia del estallido, en un aprendizaje institucional.
Enviando corrección, espere un momento...
