Notas
Suspender la vida para poder salvarla
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Por Frank Swain, de EsMateria.com

Ciertas técnicas de supervivencia extrema, propias de la hibernación, podrían ayudarnos a superar lesiones potencialmente mortales. La ciencia intenta aprender cómo las especies que hibernan han heredado fragmentos de mecanismos de protección contra el frío, la inactividad, la inanición y la asfixia de ancestros comunes

Imagina que te han llevado a urgencias y estás al borde de la muerte. Tus lesiones son tan graves que los cirujanos no tendrán tiempo de salvarte. Sufres una hemorragia ilocalizable, producto de una ruptura de vasos sanguíneos. La pérdida de sangre priva de oxigeno y nutrientes vitales a tus órganos, que se mueren de hambre. Estás a punto de sufrir un paro cardíaco.

Pero todavía no es el fin; la decisión ha sido tomada: se conectan tubos, se encienden máquinas y las bombas comienzan su trabajo. Un gélido líquido se abre paso por tus venas, enfriándolo todo a su paso. Poco más tarde, tu corazón se detiene y tus pulmones dejan de funcionar. Tu cuerpo se queda ahí, haciendo equilibro en el filo entre la vida y la muerte; ni aquí ni allí; está congelado en el tiempo.

Los cirujanos siguen con su trabajo, grapan, cosen, reparan. Entonces la bomba resucita de una sacudida, y vuelve a introducir sangre caliente en tu cuerpo. Est√°s a punto de ser reanimado. Si todo va bien, sobrevivir√°s.

Llamamos animaci√≥n suspendida a la capacidad de pausar los procesos biol√≥gicos humanos, y siempre ha sido algo propio de la ciencia-ficci√≥n. El inter√©s en este campo surgi√≥, precisamente, en los a√Īos 50, consecuencia directa de la carrera espacial. La NASA ba√Ī√≥ en dinero toda investigaci√≥n biol√≥gica dirigida a que los seres humanos adquiriesen esa capacidad de conservaci√≥n artificial. Se esperaba que dicho estado protegiese a los astronautas de los peligrosos rayos c√≥smicos que surcan el espacio exterior. Ser capaces de pasar dormidos todo el camino hacia las estrellas implicar√≠a tambi√©n un menor consumo de comida, agua y ox√≠geno, que har√≠an posibles viajes de recorridos inimaginables hasta entonces.

Uno de los receptores de aquella financiaci√≥n fue un joven James Lovelock. El cient√≠fico congelaba h√°msteres sumergiendo sus cuerpos en ba√Īos de hielo. Una vez que los latidos de volv√≠an imperceptibles, los reanimaba coloc√°ndoles una cucharilla caliente sobre el pecho (en experimentos posteriores, Lovelock, ya imbuido en la est√©tica aeroespacial, construy√≥ una pistola de microondas con piezas desechadas de una radio, para despertar a sus sujetos de estudio con mayor suavidad). Aquellos pruebas de flexibilidad con la vida le har√≠an recorrer el sendero hacia su trabajo m√°s conocido: la ‚ÄúTeor√≠a de Gaia‚ÄĚ, que concibe al planeta como un √ļnico superorganismo viviente.

Sus atrevidos experimentos no consiguieron pasar de las pruebas con animales, y no llegaron a congelarse astronautas, ni nadie fue tampoco reanimado con una cuchara caliente. La idea de convertir a personas en barritas de carne inerte, para ser lanzadas al espacio exterior en viajes de larga duraci√≥n, se mantuvo dentro el √°mbito de la ciencia ficci√≥n. Una vez agotada la carrera espacial, la NASA perdi√≥ el inter√©s, aunque las semillas plantadas por Lovelock y sus compa√Īeros no dejaron de crecer.

Los campesinos durmientes de Pskov

En 1900, The British Medical Journal public√≥ un relato sobre unos campesinos rusos que, aseguraba su autor, eran capaces de hibernar. Forzados a un estado cercano a la ‚Äúhambruna cr√≥nica‚ÄĚ, los residentes de una regi√≥n del noreste conocida como Pskov, optaban por retirarse al interior de sus casas tras la primera nevada. Una vez dentro, se agrupaban alrededor del hogar, y ca√≠an dormidos en un duermevela profundo al que llamaban ‚Äúlotska‚ÄĚ. Solo se despertaban una vez al d√≠a para ingerir algo de agua y pan duro; mientras se turnaban para mantener vivo el fuego, sin llegar verdaderamente a levantarse hasta llegada la primavera. Nada se ha sabido de los campesinos durmientes de Pskov desde entonces, pero el sue√Īo de la hibernaci√≥n humana persiste, y muy ocasionalmente, algo muy parecido se cruza con la realidad.

Pasan cien a√Īos, Anna B√•genholm disfruta de sus vacaciones en Noruega, esquiando. Cae por accidente de cabeza en un arroyo helado, y queda atrapada bajo el hielo. Cuando finalmente llegan los equipos de rescate, esta radi√≥loga sueca lleva ya sumergida 80 minutos, y tanto su coraz√≥n como sus pulmones est√°n inertes. Cuando los m√©dicos del Hospital Universitario de Troms√ł miden su temperatura, obtienen 13,7¬ļC, la menor temperatura jam√°s observada en una v√≠ctima de hipotermia. Todo indicaba que deber√≠a haber muerto ahogada y a√ļn as√≠, tras diez d√≠as de cuidados intensivos y un delicado recalentado, B√•genholm despert√≥. Su recuperaci√≥n, tras su helado roce con la muerte, fue casi completa. En circunstancias normales unos pocos minutos bastan para ahogar a una persona, y a√ļn as√≠ B√•genholm sobrevivi√≥ m√°s de una hora. El fr√≠o, de alguna forma, la hab√≠a preservado.

En circunstancias normales unos pocos minutos bastan para ahogar a una persona, y a√ļn as√≠ B√•genholm sobrevivi√≥ m√°s de una hora. El fr√≠o, de alguna forma, la hab√≠a preservado

No es la primera vez que se observan los beneficios del fr√≠o en lesionas traum√°ticas. Ya en las guerras napole√≥nicas, los m√©dicos de campo observaron c√≥mo los soldados de infanter√≠a heridos, expuestos al fr√≠o, mostraban mayores probabilidades de supervivencia que los oficiales, guarecidos en tiendas de campa√Īa, junto al fuego. Hoy en d√≠a, la hipotermia terap√©utica es de uso com√ļn en multitud de aplicaciones hospitalarias, desde la cirug√≠a hasta la asistencia en partos especialmente complicados.

Reducir la temperatura corporal ralentiza la actividad metab√≥lica; de un 5% a un 8% por cada grado perdido. A la par, tambi√©n se reduce el consumo de nutrientes esenciales como el ox√≠geno. Los tejidos, que normalmente estar√≠an sufriendo por la privaci√≥n de ox√≠geno y nutrientes derivada de una p√©rdida de sangre o un fallo card√≠aco, tambi√©n pueden as√≠ preservarse. En teor√≠a, si la temperatura siguiera bajando, llegar√≠a un punto en el que todos los procesos biol√≥gicos se detendr√≠an. Podr√≠amos existir en un estado de animaci√≥n suspendida. Tal y como pasa con un reloj sin cuerda, no habr√≠a ning√ļn defecto f√≠sico; todos los componentes estar√≠an en perfecto estado, solo que pausados. No har√≠a falta m√°s que un poco de calor, para volver a poner en marcha nuestro mecanismo.

Por supuesto, nada es tan sencillo. La hipotermia es peligrosa. El cuerpo pide calor y lucha por mantener su temperatura. A lo largo de nuestras vidas se mantendr√° cerca de unos constantes 37¬ļC, lo cual requiere de no pocos esfuerzos. El cuerpo est√° abocado a realizar un incalculable n√ļmero de ajustes solo por mantener el equilibro entre el calor generado y la p√©rdida de temperatura por exposici√≥n ambiental, en un denodado esfuerzo por mantenerse dentro de una franja bastante reducida. Cuando cae demasiado, la sangre se aleja de la piel expuesta y se acumula en el torso central mientras nosotros tiritamos y buscamos refugio bajo las mantas. Los efectos m√°s severos del fr√≠o son desastrosos. Tan solo con una temperatura corporal de 33¬ļC, unos meros 4¬ļC por debajo de la norma, nuestro coraz√≥n ya comienza a sufrir palpitaciones. Llegados a 25¬ļC, ya arriesgamos que se detenga por completo, y aunque consigui√©ramos sobrevivir a la hipotermia, el regreso al calor podr√≠a provocarnos severos da√Īos renales.

Existen, por supuesto, algunas especies animales capaces de soportar lapsos mucho m√°s grandes de fr√≠o. La ardilla terrestre √°rtica posee una temperatura corporal similar a la nuestra, pero durante su hibernaci√≥n, es capaz de subsistir con una temperatura interna de 3¬ļC bajo cero, gestionando cuidadosamente sus fluidos corporales extrafr√≠os para evitar su congelaci√≥n. Tambi√©n los h√°msteres de Lovelock consiguen alcanzar profundidades hipot√©rmicas m√°s all√° de nuestro alcance. C√≥mo estos animales consiguen superar estos estados es de sumo inter√©s para cualquiera que persiga desentra√Īar los secretos de la animaci√≥n suspendida en seres humanos.

‚Äú¬ŅCu√°ndo puedes considerar muerto a un camarada?‚Äú pregunta el Profesor Rob Henning con una sonrisa. Est√° citando un manual del ej√©rcito que recibi√≥ al incorporarse a filas como uno de los √ļltimos reclutas forzosos de Holanda. ‚ÄúPrimero: ¬Ņse est√° pudriendo? Segundo: ¬Ņse encuentra su cabeza a m√°s de veinte cent√≠metros de su cuerpo?‚ÄĚ. Al igual que Lovelock, los experimentos que Henning ha realizado con hibernantes le han otorgado una visi√≥n flexible sobre lo que considera que significa estar vivo.

En el piso superior del Departamento de Farmacia Clínica y Farmacología del Centro Médico Universitario de Groninga (UMCG , Países Bajos), hay un ventanal desde el puede verse cómo la ciudad medieval se extiende por un paisaje liso como un plato. Debajo está el bullicioso hospital; centro regional de cirugía de trasplantes. Es también el lugar donde Henning y su equipo pugnan por revelar los secretos de la hibernación.

Seg√ļn Henning, ‚Äúlo que hacemos aqu√≠ es biom√≠mica. Nos servimos de estos grandes hitos de la naturaleza y los secuestramos en beneficio de la medicina‚ÄĚ.

El letargo animal

Un gran n√ļmero de animales es capaz de frenar su metabolismo para alcanzar estados de bajo consumo energ√©tico: insectos, anfibios, mam√≠feros, p√°jaros y peces. En per√≠odos cortos de tiempo, esta condici√≥n, que consiste en reducir la temperatura corporal y la actividad, se conoce como letargo. Encadenando series completas de estas peque√Īas sesiones de letargo, estos animales consiguen acceder a los estados vegetativos que llamamos hibernaci√≥n. Gracias a esta t√©cnica, animales diminutos como ratones, h√°msteres y murci√©lagos, pueden sobrevivir a largos per√≠odos de hambruna en invierno, acurrucados en alguna parte, preservando su energ√≠a.

Tras sus estudios como anestesista, Henning comenz√≥ a aficionarse a la hibernaci√≥n en los a√Īos 90. Las cosas no se pusieron realmente serias hasta que form√≥ su grupo de investigaci√≥n hace unos seis a√Īos. ‚ÄúNo es dif√≠cil imaginar la cantidad de aplicaciones que podr√≠an tener los hibernantes. La m√°s obvia ser√≠an sus aplicaciones en cirug√≠a mayor‚ÄĚ, nos explica. La p√©rdida de sangre es la principal causa de muerte durante una intervenci√≥n quir√ļrgica, pero en un estado hipot√©rmico, los hibernantes ser√≠an capaces de soportar lesiones mucho mayores a las que su cuerpo soportar√≠a en condiciones normales. En parte, esto se debe a que los tejidos est√°n protegidos en los estados metab√≥licos m√°s bajos, y tambi√©n en parte, a que el coraz√≥n bombea sangre a un ritmo infinitamente m√°s lento del habitual.

Pero la increíble resistencia de los hibernantes no se debe exclusivamente a la resistencia al frío o la pérdida de sangre. A pesar de las similitudes con una simple siesta, hibernar no consiste tan solo en dormir para pasar el frío. Es un penoso maratón de hipotermia, hambruna y exposición a enfermedades. Para soportar estas penurias, los animales que la practican han desarrollado toda una batería de procesos de adaptación que protegen tanto sus cuerpos como sus mentes.

Hibernar es un penoso maratón de hipotermia, hambruna y exposición a enfermedades

Antes de una larga hibernación, los animales se fuerzan la obesidad a base de comer hasta convertirse, básicamente, en diabéticos de tipo 2. Al contrario que en el caso de los humanos, sus paredes arteriales no se agrandan hasta provocarles una crisis cardíaca. Algunas especies dejarán de comer dos o tres semanas antes de hibernar, repentinamente capaces de soportar accesos de hambre incluso a sus niveles de actividad normal.

Mientras que un ser humano solo es capaz de pasar una semana en cama antes de comenzar a sufrir atrofia muscular o padecer co√°gulos sangu√≠neos, los hibernantes pasan meses sin moverse. Durante la hibernaci√≥n, el microbioma, la comunidad bacteriana que habita los conductos digestivos de los animales, es sacudido por el fr√≠o y la repentina ausencia de comida. Los pulmones de un hibernante se recubren de una gruesa capa de moco y col√°geno similar a la de los afectados por asma, y sus cerebros muestran cambios parecidos a los casos tempranos de alzh√©imer. Algunas especies sufren perdidas de memoria durante la hibernaci√≥n. No menos sorprendentes son los s√≠ntomas de privaci√≥n de sue√Īo que algunos muestran al despertar finalmente. Y a pesar de todo, los hibernantes son capaces de sobreponerse a todo esto y llegada la primavera, volver a las andadas, a menudo sin ning√ļn efecto da√Īino a largo plazo.

UMCG es un complejo formado por medio kilómetro de edificios tan apretujados, que se puede caminar desde el gran hall en un extremo hasta el aparcamiento de bicicletas en el contrario, sin llegar a pisar la calle. Uno de estos edificios es el laboratorio de animales.

En una min√ļscula habitaci√≥n alejada del pasillo principal, Edwin de Vrij, estudiante de doctorado de Henning, y su colega se ocupan de una rata tendida boca abajo en un lecho de hielo. Una masa de tubos y cables rodea al animal: le suministra fluidos que lo mantienen vivo y a la vez env√≠a datos valiosos. Una lenta bobina de papel muestra en una m√°quina que el ritmo cardiaco de la rata se ha reducido de los 300 fren√©ticos latidos por minuto a solo 60. En otra, unos brillantes n√ļmeros rojos demuestran que la temperatura de la rata ha ca√≠do en m√°s de 20 grados, hasta los 15¬ļC. Con el ritmo de un metr√≥nomo, un ventilador lanza soplos regulares al roedor anestesiado. Al igual que nosotros, la rata es un animal no hibernante incapaz de sobrevivir a una hipotermia profunda sin ayuda m√©dica. ‚ÄúSi la enfr√≠as, los impulsos nerviosos se entorpecen y los m√ļsculos padecen. El hecho de que sufran para respirar es pura fisiolog√≠a‚ÄĚ, explica De Vrij. No sucede lo mismo con los animales hibernantes, o incluso con algunos mam√≠feros no hibernantes. ‚ÄúLos h√°msteres se las arreglan para mantener una respiraci√≥n adecuada‚ÄĚ, dice. ‚ÄúNo tenemos que ventilarlos‚ÄĚ.

Además de inducir en los hámsteres un estado de hibernación (proceso que exige semanas de ajustes graduales en salas con un clima regulado para reproducir el comienzo del invierno), el equipo de la UMCG provoca estados de hipotermia como el de la rata. Para ello enfría a los animales rápidamente, hasta llevarlos a la suspensión metabólica.

Hoy De Vrij busca plaquetas, algo esencial en los co√°gulos sangu√≠neos para evitar hemorragias. Los animales hibernantes, pese a su falta de actividad, eluden los co√°gulos. Esta capacidad se debe en parte a un cambio curioso en el cuerpo hipot√©rmico: al enfriarse, las plaquetas desparecen de la sangre. Nadie sabe a√ļn ad√≥nde van, pero el hecho de que reaparezcan s√ļbitamente con el recalentamiento hace sospechar a De Vrij que se conservan en alg√ļn lugar del cuerpo, en vez de ser reabsorbidas y m√°s tarde resintetizadas.

Sorprendentemente, este cambio se produce tambi√©n en animales no hibernantes, incluidas las ratas y ‚Äďa veces- las v√≠ctimas humanas de hipotermia.

Lo que vienen a decirnos los rasgos compartidos por distintos hibernantes es que probablemente estas especies hayan heredado fragmentos de mecanismos de protecci√≥n contra el fr√≠o, la inactividad, la inanici√≥n y la asfixia de ancestros comunes y los hayan transformado en un s√≠ndrome integral de bajo metabolismo. Hay incluso indicios de que los humanos podr√≠amos, hasta cierto punto, conservar alguna de esas capacidades. Durante mucho tiempo no hubo pruebas de que los primates pudieran hibernar. Pero en 2004 se demostr√≥ que un tipo de l√©mur de Madagascar se abandonaba a episodios peri√≥dicos de letargo. ‚ÄúSi nos comparas‚ÄĚ, dice Henning, ‚Äúel l√©mur y nosotros compartimos el 98% de los genes. Ser√≠a muy raro que las herramientas para hibernar estuvieran todas contenidas en ese 2% diferente‚ÄĚ.

Al descender su temperatura corporal, los hibernantes eliminan tambi√©n los linfocitos (c√©lulas sangu√≠neas blancas) de la sangre y los almacenan en los n√≥dulos linf√°ticos. A los 90 minutos de despertar, reaparecen. Esta atenuaci√≥n del sistema inmunitario impide la inflamaci√≥n general del cuerpo durante el recalentamiento, algo que da√Īar√≠a el ri√Ī√≥n en los humanos y en otros no hibernantes. Es, sin embargo, arriesgado, que un animal se vea incapaz de aprestar su sistema inmunitario durante la hibernaci√≥n. El hongo responsable del s√≠ndrome de la nariz blanca, que hoy destruye colonias de murci√©lagos en los Estados Unidos, se aprovecha de esa vulnerabilidad para infectar a los murci√©lagos en su letargo. A menudo la respuesta de los murci√©lagos consiste en abandonar la hibernaci√≥n y recalentarse para combatir el pat√≥geno. El coste energ√©tico de estas interrupciones acaba por matarlos.

Llegar a entender el modo en que los hibernantes controlan estos cambios en la sangre podr√≠a deparar importantes beneficios a corto plazo. Adem√°s de mejorar nuestra capacidad para sobrevivir a los estados de hipotermia y de suspensi√≥n de la actividad a causa del fr√≠o, despojar a la sangre de c√©lulas sangu√≠neas blancas podr√≠a impedir la sepsis as√©ptica provocada por las m√°quinas de circulaci√≥n extracorp√≥reas: en ellas, la activaci√≥n de las c√©lulas blancas al pasar por los equipos de soporte vital desencadena una reacci√≥n inmunol√≥gica general en el cuerpo. Los √≥rganos para trasplante, a menudo refrigerados durante el transporte, tambi√©n se beneficiar√≠an de una mejor crioprotecci√≥n. Y podr√≠amos mejorar la vida √ļtil de nuestras reservas sangu√≠neas: a√ļn no hemos averiguado c√≥mo almacenar a baja temperatura las plaquetas donadas, de modo que, por riesgo de infecci√≥n bacteriana, es obligado tirarlas si no se utilizan en el plazo de una semana.

El equipo de la UMCG dio un gran paso hacia esos objetivos casi por accidente, despu√©s de que una estudiante dejara un cultivo de c√©lulas de h√°mster en una nevera a 5¬ļC. Al cabo de una semana, las c√©lulas de h√°mster estaban a√ļn vivas, con olor a huevos podridos. La estudiante verti√≥ el caldo de cultivo que rodeaba las c√©lulas en un lote separado de c√©lulas de rata, sospechando que las c√©lulas malolientes podr√≠an haber secretado alg√ļn tipo de agente protector. Las puso en la misma nevera y esper√≥. Lo normal es que la refrigeraci√≥n mate r√°pidamente las c√©lulas de rata, pero a los dos d√≠as a√ļn estaban vivas.

El equipo investiga diversos compuestos que podr√≠an ser responsables de esta criopreservaci√≥n. Uno es una enzima conocida como cistationina beta sintasa (CBS), que estimula la producci√≥n de sulfuro de hidr√≥geno, la mol√©cula que da a los huevos podridos su olor caracter√≠stico. Si se inyecta en los h√°msteres una sustancia qu√≠mica para inhibir el CBS, ya no pueden aletargarse: aquellos obligados a entrar en estados de hipotermia sufrieron el tipo de da√Īos en el h√≠gado que cabr√≠a esperar de los no hibernantes, como nosotros.

Muchos de los m√°s de cien compuestos que el equipo de Henning ha investigado no tuvieron efecto alguno, pero unos pocos s√≠. Estos confieren a las muestras de c√©lulas una protecci√≥n prolongada contra el fr√≠o. El equipo ya ha patentado uno de esos compuestos, Rokepie, como un aditivo. De este modo, las c√©lulas que normalmente han de mantenerse a 37¬ļC, como las de los humanos o los ratones, podr√≠an conservarse en un refrigerador, ya sea para transporte o para que los experimentos puedan dejarse en suspenso durante los fines de semana o en per√≠odos de mucho trabajo.

Las principales mol√©culas de criopreservaci√≥n extra√≠das de los hibernantes son extremadamente potentes, y, al parecer, funcionan provocando cambios en las propias c√©lulas, sean o no de hibernantes. De ser as√≠, tendr√≠amos una evidencia a√ļn mayor de que todav√≠a poseemos algunas herramientas que podr√≠an ayudarnos a soportar la hipotermia y los estados de bajo metabolismo.

Aplicar en los humanos las lecciones que han aprendido de los hibernantes no entra dentro de la competencia del grupo de Henning de momento. La carrera espacial terminó hace tiempo, y la NASA ya no concede grandes subvenciones para perfeccionar la animación suspendida. Sin embargo, el ejército estadounidense, sí.

Aplicaciones para la salud humana

‚ÄúEn un quir√≥fano de emergencia, todo es un caos‚ÄĚ, dice el profesor Sam Tisherman. ‚ÄúUn caos controlado, debido sobre todo al hecho de que no sabes qu√© pasa con el paciente‚ÄĚ.

En el frenes√≠ de una sala de hospital, a menudo los m√©dicos se ven incapaces de identificar el problema, arreglarlo y mantener al paciente vivo al mismo tiempo. Los pacientes que sufren una p√©rdida de sangre descontrolada, por ejemplo, pueden acabar con una parada card√≠aca. Cuando esto sucede, los cirujanos deben luchar contra el crono para detener la hemorragia antes de poder iniciar los intentos de reanimaci√≥n. ‚ÄúHay quien llega muri√©ndose‚ÄĚ, dice Tisherman. ‚ÄúIntentamos resucitarlos deprisa, tratando de entender d√≥nde est√° el problema y arreglando los da√Īos al mismo tiempo‚ÄĚ. Este es el fundamento de la medicina de urgencia: siempre vas contrarreloj.

Tisherman quiere ganar tiempo para los m√©dicos. Cree que con la hipotermia inducida podemos prolongar la ‚Äúhora dorada‚ÄĚ, esos instantes en que los m√©dicos luchan por salvar la vida de los pacientes en estado cr√≠tico. Para ello, trata de llevar la resistencia humana a la hipotermia mucho m√°s lejos de los l√≠mites convencionales.

Tsherman cree que con la hipotermia inducida podemos prolongar la ‚Äúhora dorada‚ÄĚ, esos instantes en que los m√©dicos luchan por salvar la vida de los pacientes en estado cr√≠tico

Despu√©s de graduarse en el Instituto Tecnol√≥gico de Massachusetts en 1981, Tisherman se hizo un nombre en la medicina de cuidados intensivos. En 2009 la Asociaci√≥n Americana de Cardiolog√≠a le concedi√≥ el Lifetime Achievement Award en resucitaci√≥n de pacientes con trauma, y en la actualidad es director asociado del Centro Safar para la Investigaci√≥n en Resucitaci√≥n, en Pittsburgh. El fundador fue Peter Safar, m√©dico austriaco que populariz√≥ el ‚Äúbeso de la vida‚ÄĚ, la resucitaci√≥n cardiopulmonar, e impuls√≥ la creaci√≥n de la mu√Īeca Resusci Anne, que se usa para practicarla. En Pittsburgh, Safar cre√≥ el mejor programa del mundo en formaci√≥n de cuidados intensivos. Su objetivo fue siempre ‚Äúsalvar los corazones y los cerebros de aquellos demasiado j√≥venes para morir‚ÄĚ.

El novedoso método de Tisherman se llama preservación y resucitación de emergencia. Su trabajo recibe el apoyo del US Army’s Telemedicine and Advanced Technology Research Center, que financia investigaciones en asuntos tan específicos como puedan ser la prostética avanzada o los robots que saquen a los soldados heridos del campo de batalla.

Algunos de sus cirujanos ya se habr√°n familiarizado con las t√©cnicas hipot√©rmicas, acostumbrados como est√°n a enfriar a los pacientes a temperaturas un poco por debajo de los 30¬ļC. Para los procedimientos que exigen una ausencia total de flujo sangu√≠neo, los cirujanos cardiacos enfriar√°n a los pacientes incluso alrededor de los 15¬ļC, el punto a partir del cual se detiene el coraz√≥n.

Tisherman quiere enfriar a los pacientes hasta ese punto, e incluso m√°s all√°, refriger√°ndolos hasta que el cuerpo entero entre en una especie de animaci√≥n suspendida. Durante ese tiempo, el coraz√≥n no latir√°, ni habr√° respiraci√≥n ni actividad cerebral discernible. De hecho, no habr√° siquiera sangre: se drenar√° y ser√° reemplazada por una soluci√≥n salina helada, √ļnico modo de enfriar a un hombre lo bastante r√°pido como para evitar da√Īos en los tejidos mientras luchan por seguir funcionando. Tisherman llama a este estado ‚Äúpreservaci√≥n hipot√©rmica‚ÄĚ.

El √©xito del procedimiento ya se ha demostrado en el laboratorio, donde se ha logrado revivir perros que hab√≠an llegado a estar hasta tres horas en ‚Äúestados fr√≠os‚ÄĚ. Los ensayos se trasladan ahora al √°mbito cl√≠nico. Cirujanos, anestesistas y perfusionistas del Hospital General de Massachusetts han recibido incluso entrenamiento para esta cirug√≠a pionera. Pero nadie sabe cu√°ndo llegar√° el paciente adecuado. De hecho, ese es uno de los problemas: por la naturaleza del trauma, los pacientes no pueden dar el consentimiento informado al procedimiento. Por ello, el grupo de Tisherman participa en consultas para que los ciudadanos de la zona conozcan el programa. El estudio tuvo que ser rubricado por el Secretario del Ej√©rcito, el oficial civil de mayor rango en la organizaci√≥n.

No es el √ļnico obst√°culo. En medio de la actividad fren√©tica de la sala de urgencias, Tisherman debe asegurarse de que un equipo de cirujanos del trauma puede coordinarse con cirujanos cardiacos y perfusionistas armados con bombas y bolsas de soluciones salinas heladas. Esto aumenta la complejidad en un entorno ya de por s√≠ ca√≥tico. Y aunque el enfriamiento afecta a todos los tejidos por igual, no faltan los efectos secundarios. Los factores sangu√≠neos responsables de la coagulaci√≥n tambi√©n se ven inhibidos por el fr√≠o, lo cual trae problemas a la hora de controlar la hemorragia durante la fase de recalentamiento. Tambi√©n los cirujanos sufren el fr√≠o, ya que tanto el paciente como la propia sala se refrigeran durante el proceso. Y sin embargo el fr√≠o es solo una herramienta: el objetivo es la suspensi√≥n metab√≥lica.

La preservación y la resucitación de emergencia podrían ampliarse a aquellos que sufren paros cardiacos o se ven expuestos a sustancias tóxicas

En un futuro, la preservaci√≥n y la resucitaci√≥n de emergencia podr√≠an ampliarse a aquellos que sufren paros cardiacos o se ven expuestos a sustancias t√≥xicas, o usarse en cualquier situaci√≥n cr√≠tica donde el tiempo sea un factor esencial. ‚ÄúEl enfriamiento es el modo m√°s potente que tenemos de suprimir el metabolismo‚ÄĚ, dice Tisherman. ‚ÄúSi podemos reducir las necesidades de los tejidos o mejorar el env√≠o de ox√≠geno a los tejidos, entonces todo ir√° bien‚ÄĚ.

Aunque en el laboratorio los animales fueron capaces de recuperarse de tres horas en un estado de suspensi√≥n, los primeros pacientes humanos en experimentarlo solo estar√°n expuestos a un tercera parte de ese tiempo. ‚ÄúUna hora deber√≠a ser suficiente para arreglar la hemorragia‚ÄĚ, dice Tisherman. ‚ÄúEl periodo de enfriamiento no tiene por qu√© cubrir toda la cirug√≠a‚ÄĚ. Hay quienes quieren viajar a estrellas distantes, pero, por desgracia, de momento no se contempla la posibilidad de extenderse m√°s all√° de esa hora. ‚ÄúNo estamos intentando congelar a los muertos‚ÄĚ, se r√≠e Tisherman, ‚Äúsolo intentamos ganar tiempo para salvar a los vivos‚ÄĚ.

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