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Qué hace que una persona común se transforme en un verdugo

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La gente corriente puede transformarse en verdugo simplemente adhiriéndose a una causa, como el apoyo a la ciencia, sin ser presionada por una autoridad, según una nueva interpretación de los célebres experimentos del psicólogo estadounidense Stanley Milgram.

Este nuevo estudio se basa en los experimentos llevados a cabo por Milgram en 1961 en la universidad de Yale y matiza sus resultados.

Los voluntarios de Milgram pensaban que estaban participando en un experimento sobre el aprendizaje. Se les pedía que hicieran de “maestros” dándole descargas eléctricas a un “alumno” que tenía que memorizar pares de palabras.

Así, cada vez que el “alumno” se equivocaba, el “maestro” le iba dando descargas eléctricas cada vez más fuertes (se empezaba con 15 voltios y se iba hasta 450 voltios).

En realidad, los “alumnos” eran actores y las descargas eran de mentira. Los “maestros” sólo oían los gritos de los actores, a los que no veían.

En una de estas pruebas, casi los dos tercios de los voluntarios siguieron aumentando la descarga hasta alcanzar un voltaje “letal”, incluso cuando el “alumno” suplicaba que se fuera clemente, lloraba o gritaban agonizando.

Estos experimentos figuraron en los libros como una ilustración de cómo la conciencia podía suspenderse para cumplir con órdenes.

El análisis de Milgram se asoció con el concepto de “banalidad del mal” forjado por la filósofa Hannah Arendt para explicar la personalidad de pequeño funcionario obediente del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, juzgado en Israel en 1961.

“Zombies estúpidos”

En un estudio publicado en el British Journal of Social Psychology, el equipo del psicólogo Alex Haslam, profesor en la universidad australiana de Queensland, cuestiona este punto de vista, tras haber consultado los archivos que dejó Milgram sobre sus experimentos.

“Cuanto más leemos y más datos juntamos, hay menos pruebas favorables a la idea de la banalidad del mal, la noción de que los participantes son simplemente ‘irreflexivos’ o zombis ‘estúpidos’ que no saben lo que están haciendo”, estimó Haslam.

Su equipo analizó los comentarios escritos por los voluntarios después que se les dijera cuál era el objetivo de los experimentos de Milgram y que la tortura era falsa.

Algunos de ellos afirmaron haberse sentido incómodos o angustiados durante las pruebas, pero la mayoría de los 659 (sobre un total de 800) que realizaron estos comentarios consideraron positiva la experiencia.

“Formar parte de un experimento tan importante sólo puede hacernos sentir bien”, dice uno de ellos. “Si usted piensa que estos estudios beneficiarán a la humanidad, diría que tendrían que haber más” estudios de este tipo, dice otro.

El equipo de Haslam considera que estos comentarios no se deben al alivio, tras haberse enterado de que las pruebas eran falsas, si no que “aquí los temas éticos son más complejos que lo que se supone habitualmente”.

Los investigadores subrayan el trabajo previo de Milgram para convencer a los participantes de la importancia de su labor para hacer avanzar la investigación. También incidió la impresión que sintieron por estar en una universidad como Yale, donde los niveles de obediencia fueron superiores a cuando se realizaron los mismos experimentos en Bridgeport (Connecticut).

“Queda claro que Milgram alivió la preocupación de los participantes haciéndoles creer en una ideología nociva, a saber que, en aras de la ciencia, resulta aceptable realizar cosas inadmisibles en otras circunstancias”, estimó Haslam.

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