Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.
Viviana Medina, una migrante chilena en Buenos Aires, planeaba estudiar tres años y regresar a Santiago. Sin embargo, la ciudad le cautivó con sus espacios públicos y oportunidades laborales. Conoció a Fernando, cambió planes y se quedó. Su vida se enriqueció, se casó, tuvo una hija y compró una casa. Aunque la distancia con Chile duele en momentos importantes, mantiene su identidad chilena y valora lo construido en Argentina.
Cuando cumplió treinta años, Viviana Medina viajó a Buenos Aires a hacer un magíster en psicoanálisis en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En su plan original, iba a quedarse a vivir tres años y volver a su Santiago de Chile natal. “En mi cabeza, mi meta era sostener el primer año, porque me vine completamente sola, no conocía a nadie. Si lo lograba, yo me proyectaba a poder quedarme dos años más”.
Lo que no tenía en su cabeza era a Fernando, ni la idea de formar familia en Argentina.
Sus primeros años en Buenos Aires los vivió rodeada de otros migrantes: mexicanos, colombianos, un amigo francés, todos compañeros del mismo magíster. Juntos formaron una especie de tribu que se sostenía mutuamente lejos de casa. La cultura argentina, dice Viviana, llegó después.
Mientras tanto, la ciudad le fue regalando cosas. La primera fue el uso de los espacios públicos. “Me encantó esto de que ir un domingo a la plaza es un plan: hay música en vivo, feria artesanal, gente vendiendo comida”, cuenta. Vivía cerca de la Plaza de la Recoleta, un barrio conocido por lo pintoresco, y no se perdía un fin de semana de paseo. Para una santiaguina, fue una revelación.
La segunda sorpresa fue laboral. Empezó a trabajar como maestra integradora, acompañando a niños con discapacidad dentro del aula en escuelas regulares. Un área que en Chile apenas conocía y que en Argentina encontró desarrollada, seria y apasionante. Se perfeccionó, fue a congresos, estudió lengua de señas.
Además de enriquecerla profesionalmente, le dio independencia económica y una rutina que amaba. “Vivía sola; el sueldo me permitía hacer un montón de cosas. Me metí en una academia de baile con un coreógrafo chileno y llegué a presentarme en teatros en la calle Corrientes. Nunca lo hubiera imaginado”, cuenta.
Eso hizo que los primeros tres años se extendieran a cuatro. Con el pasaje de vuelta a Chile y sin planes de volver a Argentina, Viviana fue a un bar y conoció a Fernando. Era octubre, faltaban solo cuatro meses para su vuelta definitiva. Pero él la conquistó “con mucha paciencia, aprovechando los instantes que yo tenía libres en esta rutina llena de cosas que me encantaban”.
Viviana y su familia
Lo que sentía por Fernando era tan fuerte que empezó a pensar en la posibilidad de extender su estadía en Argentina. “Me daba mucho miedo quedarme solo por una persona. Sentía que era una responsabilidad muy grande para él que yo dejara mi país, mis raíces, mi familia, solo por amor”, explica. No quería que el peso de esa decisión recayera sobre otra persona. Necesitaba también sus propias razones para quedarse.
Y aparecieron. El mismo día que viajó a Chile para las fiestas de diciembre, recibió una llamada en la que le ofrecieron un ascenso: pasar de maestra integradora a coordinadora del centro donde trabajaba. La vida, dice, le estaba dando una señal. Volvió en febrero para tomar el cargo. Y también para reencontrarse con Fernando, a quien no había visto en dos meses. “Nunca más me separé de él”, dice. En julio ya estaban viviendo juntos.
Fue entonces cuando Viviana empezó a descubrir la sociabilidad argentina desde adentro. “En Chile yo veía a mis amigas los viernes o los sábados. Acá el lunes es un buen día para cenar, el miércoles también. Siempre es un buen día para priorizar lo social”, cuenta. Le calzó perfecto con su forma de ser.
El día en que decidió quedarse
A pesar de que su vida en Buenos Aires mejoraba día a día, Viviana no descartaba la idea de volver a su patria. Un tiempo después, Fernando le contó que iba a aplicar para el Procrear, un programa del gobierno argentino que subsidiaba y facilitaba la compra de la primera vivienda para quienes no tenían casa propia. Viviana confiesa que al principio no le prestó mucha atención. Era un trámite de él, algo que seguía de lejos. Hasta que un día, volviendo del trabajo en el colectivo, él le escribió: “Salimos seleccionados, tenemos que salir a mirar casas”.
Ahí se le revolvió el estómago. “Fueron momentos de llanto, no de tristeza, sino de conflicto. De decir: estoy dando un paso muy decisivo. A pesar de que ya estaba viviendo acá, ya tenía pareja, pero ir a comprar algo acá era otra cosa”, recuerda.
Fueron a ver la casa. Y ese mismo día, Viviana se enteró de que estaba embarazada.
Viviana y su familia
“Hija argentina, casa en Argentina. Claramente me estaba quedando”, dice hoy. Su hija tiene hoy 7 años y medio, nació y creció en Buenos Aires, y es porteña de alma. El año pasado, Viviana y Fernando se casaron en Chile, para las Fiestas Patrias, con familia y amigos argentinos que cruzaron la cordillera para acompañarlos. Y se quedaron para el 18.
Lo que nunca pudo reemplazar
Viviana dice que ha sido una privilegiada en cómo la recibió Argentina. Pero hay algo que, quince años después, todavía le pesa: la distancia en los momentos que importan.
“Todo el mundo te dice que estás muy cerquita de Chile. Y sí, pero no es fácil el acceso. No es que agarres tus cosas y vas”, explica. La pandemia lo hizo evidente de la peor manera: mientras el mundo se encerraba, a su mamá le diagnosticaron cáncer. Viviana estaba al otro lado de la cordillera, sin poder moverse, viendo la evolución desde lejos.
“La graduación de mi mejor amiga, la partida de familiares queridos… siento que es lo que no me permite sentirme plenamente acá, porque deseo estar allá”, dice.
Viviana Medina y su familia
Hoy mantiene el vínculo con Chile viajando en cada vacación con su hija, hablando con su papá todos los días, y festejando el 18 de septiembre en Buenos Aires con amigos argentinos a quienes ha ido enseñando a querer la chilenidad. En paralelo, Fernando se fue empapando de la cultura chilena con cada viaje.
“Me siento muy chilena, siempre. Es loco, porque acá me preguntan de dónde soy y en Chile también me preguntan de dónde soy. Pero nunca he cerrado las puertas a volver. Me encanta Chile, me encanta ir. Y también estoy muy agradecida de todo lo que construí acá”, concluye Viviana.
Quince años, una hija, una casa y un marido argentino después, la respuesta a si se quedó o se fue ya no importa tanto. Lo que importa es que encontró la manera de ser de los dos lados a la vez.
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