Mientras el mundo reorganiza sus cadenas de suministro, redefine sus alianzas económicas y compite por asegurar el acceso a minerales estratégicos, Chile enfrenta una pregunta que trasciende la coyuntura política: ¿seguiremos exportando recursos naturales como lo hemos hecho durante décadas o seremos capaces de construir, junto a nuestros vecinos, una plataforma de desarrollo con mayor valor agregado?

En ese contexto, los veinte años del Acuerdo de Libre Comercio (ALC) entre Chile y Perú no debieran entenderse únicamente como una efeméride. Constituyen una oportunidad para evaluar lo alcanzado y, sobre todo, para preguntarnos cuál debe ser el siguiente paso de una de las relaciones bilaterales más exitosas de América Latina.

Cuando ambos países firmaron este acuerdo, el principal objetivo era fortalecer el comercio y generar confianza. Dos décadas después, los resultados son evidentes. El intercambio comercial bilateral supera los US$3.700 millones; la inversión chilena acumulada en Perú sobrepasa los US$24.000 millones y el flujo de inversiones entre ambas economías supera los US$34.000 millones. Empresas chilenas participan activamente en sectores como infraestructura, minería, energía, logística, retail y servicios, mientras Perú se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de Chile en la región.

Sin embargo, reducir estos veinte años únicamente a indicadores económicos sería una mirada incompleta.

La verdadera integración ocurre cuando deja de depender exclusivamente de los gobiernos y comienza a ser impulsada por las personas. Miles de familias han construido proyectos de vida entre ambos países; universidades desarrollan investigación conjunta; empresarios generan inversiones recíprocas y cientos de miles de peruanos han contribuido al crecimiento económico y cultural de Chile.

Incluso la gastronomía refleja esa integración silenciosa. Preparaciones como el ceviche, el lomo saltado, el arroz chaufa, el aeropuerto o el mostrito ya forman parte del paisaje culinario chileno. La transculturación demuestra que la integración no solo se firma en tratados: también se vive en la mesa, en las empresas, en las aulas y en la vida cotidiana.

Pero el escenario internacional de 2026 plantea desafíos muy distintos a los de hace veinte años. La competencia ya no ocurre únicamente entre países. Se desarrolla entre grandes bloques económicos capaces de integrar producción, innovación, logística, financiamiento y tecnología. Europa lo entendió hace décadas. Asia lo ha llevado a una escala extraordinaria. América Latina, en cambio, continúa fragmentando capacidades que podrían potenciarse mutuamente.

Chile y Perú tienen la oportunidad de romper esa lógica.

Ambos concentran cerca del 37% de la producción mundial de cobre, uno de los recursos estratégicos para la transición energética, la electromovilidad, la inteligencia artificial, los centros de datos y la infraestructura tecnológica que demandará el siglo XXI. Sin embargo, gran parte de ese cobre continúa exportándose con un nivel limitado de transformación industrial, permitiendo que el mayor valor agregado se genere fuera de nuestras fronteras.

Si hace veinte años el objetivo fue integrarnos para comerciar más, hoy el desafío consiste en integrarnos para producir mejor. Ese es el verdadero tercer capítulo que deberían escribir Chile y Perú.

Con esa convicción he impulsado la propuesta de crear una Zona Franca del Cobre Chile–Perú, iniciativa que he presentado ante instituciones empresariales y mineras de ambos países como una estrategia de integración productiva y de desarrollo compartido. La propuesta busca articular corredores logísticos binacionales, puertos, refinación, manufactura avanzada, innovación tecnológica, inteligencia artificial aplicada a la minería, investigación universitaria, formación de capital humano especializado y atracción de nuevas inversiones.

Su propósito no es únicamente aumentar las exportaciones de cobre. Busca convertir a Chile y Perú en una plataforma regional capaz de generar conocimiento, industria, tecnología y empleos de alto valor alrededor del principal recurso mineral de ambas economías.

En un contexto internacional marcado por la competencia geoeconómica, la verdadera ventaja comparativa ya no estará en quién extrae más mineral, sino en quién es capaz de capturar una mayor proporción de la cadena de valor.

La reciente visita del presidente de Chile, José Antonio Kast Rist, a Lima, con motivo de la investidura de la presidenta del Perú, Keiko Sofía Fujimori Higuchi, representa una oportunidad para que ambos gobiernos inauguren una etapa de mayor ambición estratégica. La agenda bilateral no puede limitarse a administrar una relación exitosa; debe proyectarla hacia las próximas décadas mediante iniciativas de integración productiva, cooperación tecnológica, seguridad, infraestructura e inserción internacional.

Chile y Perú ya demostraron que podían transformar una relación marcada por la historia en una asociación basada en la confianza. Hoy tienen la posibilidad de dar un paso más: construir una verdadera agenda de coprosperidad.

Porque el libre comercio fue el punto de partida, la integración consolidó la confianza y la coprosperidad puede convertirse en el gran proyecto compartido de las próximas décadas.

Ese es, a mi juicio, el tercer capítulo que ambos países están llamados a escribir.