El episodio del video de Ítalo Omegna no solo expone una burla hacia la infancia neurodivergente. Lo que resulta más repugnante es la mirada que transmite: la idea de que hay vidas menos dignas, menos defendibles, menos valiosas.Esa cultura de la crueldad, que se normaliza en bromas y comentarios, no se queda en la infancia: se reproduce en el mundo del trabajo cuando se niega la oportunidad a quienes son distintos, cuando se les reduce a etiquetas y se les condena a la invisibilidad.
En Fundación TACAL hemos comprobado que la verdadera respuesta a esta cultura no está en la indignación pasajera, sino en la construcción de espacios laborales inclusivos. Más de 3.000 personas con discapacidad han sido incorporadas al mercado laboral regular en estos más de 40 años de trabajo. Cada contratación es un acto concreto contra la crueldad: es reconocer talento, dignidad y capacidad de aportar.
La crueldad se alimenta de la idea de que hay quienes “no pueden hablar” o “no pueden defenderse”. La inclusión laboral, en cambio, demuestra que todos pueden expresarse a través de su trabajo, de sus competencias y de su aporte a la productividad. El empleo es la voz que rompe el silencio impuesto por el prejuicio.
Sin embargo, es fundamental comprender que incorporar a una persona con discapacidad en la empresa no convierte automáticamente a esa organización en inclusiva. La verdadera inclusión ocurre cuando se logra un cambio cultural: cuando la empresa adapta sus procesos, sensibiliza a sus equipos y transforma su manera de entender la diversidad. Y ese cambio, una vez alcanzado, debe mantenerse y sostenerse en el tiempo, porque la inclusión no es un acto aislado, sino un compromiso permanente.
Las empresas que han apostado por este camino han descubierto que no se trata de cumplir una cuota, sino de fortalecer su sostenibilidad y competitividad. La diversidad en los equipos genera innovación, cohesión y resultados. Es la mejor evidencia de que la cultura de la crueldad puede ser reemplazada por una cultura de respeto y colaboración.
La repugnancia que provoca el video de Ítalo Omegna no debe quedar solo en la indignación momentánea. Es un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando la crueldad se normaliza: primero en las bromas, luego en la infancia, y finalmente en el mundo del trabajo. La única manera de desarticular esa mirada es con inclusión real, con empresas que asuman el desafío de cambiar su cultura y sostenerla en el tiempo.
Porque frente a la crueldad, la respuesta no es el silencio: es la dignidad de un empleo, la voz de la diversidad y el compromiso permanente de construir organizaciones donde nadie sea invisible.
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