Este invierno, más de 600 jóvenes están construyendo viviendas de emergencia en zonas rurales de O’Higgins, el Maule y Antofagasta, territorios duramente golpeados por el último sistema frontal. El temporal no creó la precariedad en la que viven esas familias, solo la dejó a la vista en su forma más extrema. Hasta allí llegan hoy estos jóvenes, a trabajar junto a comunidades que no conocen. Frente a ese escenario surge una pregunta inevitable: ¿Qué lleva a un joven en 2026 a movilizarse hacia esos territorios?
Criticar a la juventud de individualista es tan viejo como la humanidad, pero hoy esa aseveración ha tomado matices nuevos. Se habla de una generación desilusionada, atrapada en las pantallas y que espera que todo se resuelva sin salir de su habitación. Sin embargo, vale la pena recordar quiénes son y qué les tocó vivir.
Cuando estalló la pandemia, muchos de ellos eran escolares y enfrentaron el confinamiento, las clases virtuales y el aislamiento social justo en los años en que el vínculo con sus pares debía formarlos. Desde entonces se instaló un diagnóstico severo sobre su generación, tildandolos de ser jóvenes más solitarios, con mayores problemas de salud mental y con una profunda desconfianza en las instituciones.
Crecieron escuchando que el mundo sería demasiado difícil para ellos, que la política se agotó, que ya nadie cree en nada. Así, el valor de estar cobra hoy un sentido casi subversivo. Los voluntarios insisten en el encuentro físico, en la conversación directa que no cabe en una red social. Son una generación hiperconectada que sale a buscar al territorio lo que ninguna aplicación puede entregar, la experiencia de descubrirse capaz de transformar una realidad concreta.
En los Trabajos de Invierno de TECHO ese encuentro no podría ser más concreto. Durante una semana, jóvenes de distintas regiones conviven y trabajan codo a codo con las familias de O’Higgins, El Maule y Antofagasta para levantar viviendas de emergencia. No van a hacer caridad, van a compartir la mesa y el esfuerzo físico con quienes el desarrollo urbano dejó atrás.
Y ese encuentro incómoda. Ahí reside su valor cívico. Descubrir en terreno que la emergencia habitacional no es un titular, sino un techo que se llueve, un camino que el barro corta y una familia que mide en horas la distancia al consultorio más cercano. La semana termina, pero quien vuelve de ahí ya no acepta que el problema se explique solo por falta de recursos.
Para ellos, además, participar es una forma de construir propósito. En ese escenario, actuar junto a otros no hace desaparecer los problemas, pero recuerda que no se enfrentan solos.
Por eso la pregunta no es solo cómo apoyamos a los jóvenes, sino qué espacios les estamos ofreciendo para participar y ser protagonistas. Invertir en voluntariado es invertir en cohesión social, y preguntarse qué tipo de ciudadanía queremos construir. Es transformar la indignación en trabajo conjunto, junto a las familias que hoy exigen soluciones dignas.
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