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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Juan Pablo Morales, un chileno que soñaba con ser médico, cruzó la cordillera para estudiar en la UBA en Buenos Aires. Hoy, a sus 36 años, tiene tres hijos argentinos, una esposa porteña y se autodenomina "chilentino". Superó obstáculos como la discriminación por el conflicto de Malvinas, se enamoró de Argentina y valoró la solidaridad de su gente.

Juan Pablo Morales tenía 17 años y una certeza: quería ser médico. Lo que no sabía era que el camino para lograrlo lo llevaría a cruzar la cordillera y nunca más volver a vivir en su Chile natal. Oriundo de Talagante, criado con el rigor del Instituto Nacional y con la PSU como primer obstáculo serio de su vida, el joven que en 2008 llegó a Buenos Aires para estudiar medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA) hoy tiene 36 años, tres hijos argentinos, una esposa porteña y un gentilicio propio que él mismo se inventó: chilentino.

La historia empieza, como muchas, con un plan que no salió bien. Juan Pablo no había entrado a la Universidad Católica ni a la de Chile —las únicas dos que, según la cultura de su colegio, valían la pena— y, antes de resignarse a una privada, apareció la opción de la UBA. Prestigiosa, gratuita y al otro lado de los Andes. “Yo no tenía idea de que la educación era gratuita acá”, recuerda hoy del otro lado del teléfono con BioBioChile. Llegó invitado por el consulado argentino en Santiago, sin saber muy bien lo que lo esperaba.

Los primeros años fueron los de cualquier inmigrante joven: residencias compartidas con chilenos, la construcción lenta de una red de afectos y el aprendizaje de que estar en un país ajeno exige una tolerancia activa. “Uno va con la guardia alta porque teme que te discriminen”, cuenta.

Hubo momentos incómodos, como con las Malvinas: “A veces intentaban pincharte con eso, recalcarte que Chile fue un traidor”, recuerda. Juan Pablo aprendió a responder con calma, a entender el contexto, a no tomarlo como un ataque personal aunque en el fondo le doliera. “Yo no tengo la culpa de decisiones que tomaron otros antes de que yo naciera y que, sinceramente, no comparto”. Lo que más le costaba no era el debate histórico, sino la incomodidad de tener que responder por algo ajeno, de cargar con una culpa colectiva que no sentía suya.

Con el tiempo, esas situaciones quedaron opacadas por algo que no esperaba: la calidez, la diversidad, la apertura de una ciudad que en ese entonces ya era mucho más cosmopolita que el Talagante que él había dejado.

Fue en el contexto de las ayudantías académicas donde apareció Sonia. “Brillante, hermosa, divertida, Argentina”, cambia de tono Juan Pablo cuando la menciona: “Fue ella la que me encaró”.

“Nunca me había encarado una mujer y fue como ¡wow!, chocante en el buen sentido”, dice todavía con chilenidad y algo de asombro. Ese momento, reconoce, fue el punto de quiebre. El futuro que él imaginaba volviendo a Chile —la medicina bien pagada, las raíces, la familia— empezó a desdibujarse frente a algo que no estaba en sus planes: el amor.

Una noticia inesperada

En el penúltimo año de la carrera, Sonia quedó embarazada. A Juan Pablo le faltaba un año para ser médico, no tenía trabajo y la responsabilidad de ser padre lo golpeó. “Mis papás me habían dicho siempre que no querían que trabajara, que me concentrara en estudiar. Y de repente iba a ser padre, tenía que hacerme cargo de mi familia”.

Pero el miedo se convirtió en algo inesperado: una renovación. El primer nieto de su familia en Chile. Un hijo que nació argentino, pero que tiene raíces en Talagante.

Juan Pablo y su familia
Juan Pablo y su familia | Gentileza

Cuando terminó la carrera, Juan Pablo le propuso a Sonia irse a vivir a Chile. Ella lo escuchó y le dijo algo simple y decisivo: “Yo estoy cómoda acá. Creo que podemos progresar acá”. Y así fue. Hicieron sus residencias —ella dermatología, él oftalmología— con un hijo pequeño, con poca plata, trabajando y estudiando al mismo tiempo. Hoy son especialistas, tienen tres hijos y la estabilidad económica que tanto costó llegó.

Lo que más le sorprendió de Argentina no fue la arquitectura ni la gastronomía —aunque la comida le encanta— sino la mimetización social. “En Chile se nota mucho si tenés plata o no, si vivís sobre o bajo Plaza Italia. Acá cruzás una calle y ya estás en otro barrio, pero las personas se mezclan igual”. Esa convivencia con la diferencia, que en Chile le parecía menos visible, lo marcó. También la generosidad cotidiana: “No hace falta una teletón para que alguien ayude. Acá lo veo todos los días, actos solidarios en cosas chicas, como ayudar a un anciano a subir al colectivo o a cruzar la calle”.

Hay algo más que lo enamoró de Argentina y que hoy ve reflejado en sus propios hijos: la cultura deportiva. “Cómo se fomenta el deporte en la niñez acá es tremendo”, dice. Desde chico, el deporte en Argentina no es un extracurricular, sino parte de la identidad. Sus hijos crecen con eso en el cuerpo, con la camiseta celeste y blanca, con el Mundial ganado todavía fresco en la memoria colectiva. “Mis hijos son argentinos. Son campeones del mundo”, dice con una mezcla de orgullo y ternura.

Extraña Chile con una intensidad que no disminuye con los años. “Las fiestas patrias en Chile son maravillosas. Acá son aburridas, ¿qué querés que te diga?”. Su hermana, su sobrina, sus padres. “Eso es una espina”, admite. También extraña hablar como chileno: los primeros años tuvo que neutralizar su acento para que lo entendieran, y hoy tiene un idioma propio, ni de acá ni de allá, aunque siempre se nota que es de afuera.

¿Chileno o argentino? La pregunta lo hace pensar. “Para los deportes, soy más chileno que nunca. Para el día a día, me siento más argentino que nunca. Cuando voy a Chile me siento extraño… aunque en 72 horas ya cambié el acento de nuevo”. La respuesta que encontró no es una ni la otra: es chilentino. Un corazón dividido en partes iguales entre Talagante y Buenos Aires, entre la familia que lo formó y la familia que construyó, entre el país que lo vio nacer y el que eligió para vivir.

“Sentirme más de allá que de acá sería injusto para ambos lugares”.