En el debate de Anatel del 9 de diciembre de 2025, José Antonio Kast fue categórico: “No vamos a tocar las 40 horas […] y le vamos a garantizar que después de esas 40 horas usted va a llegar a su casa”. “Llegar a su casa” no era una garantía, era una figura retórica. Siete meses después, su gobierno ingresó un proyecto que permite mantener durante meses jornadas superiores a las 40 horas sin costo adicional, amplía hasta doce los domingos consecutivos que se pueden trabajar una vez al año y convierte en tiempo diferido lo que antes se pagaba como hora extraordinaria. La promesa no se incumple borrando el número 40, sino alejando de la vida cotidiana el tiempo que ese número debía devolver.

Conviene recordar de dónde viene esta iniciativa. Los parlamentarios republicanos votaron en contra de la Ley de 40 Horas en 2023 y la calificaron de “populista”. Meses después, consultado en el debate de ARCHI sobre si revisaría la medida, el propio Kast respondió: “Vea cómo la votamos: en contra”. Su entonces vocero y hoy vicepresidente del partido, José Carlos Meza, fue más lejos: “¿Qué saco yo con decirle a la gente que se va a ir más temprano a la casa? ¿A qué? A encerrarse”. Entonces, este proyecto no es un accidente técnico. Es la forma de tocar una reforma que se prometió no tocar.

El propio gobierno de Kast lo admitió. Las 40 horas no se modifican en el número, pero sí en la manera de promediarlas. Ahí está la clave. El guarismo permanece, pero se derogan sus efectos, vaciando en el tiempo lo que la ley debía garantizar cada semana. Actualmente, el ciclo de distribución promediada no puede exceder las cuatro semanas y exige acuerdo sindical cuando existen trabajadores sindicalizados. El proyecto, respaldado por parlamentarios de Chile Vamos, amplía ese ciclo a dieciséis semanas para la generalidad de los trabajadores y hasta cincuenta y dos semanas —prácticamente un año— en el turismo, la hotelería, la gastronomía, los casinos y el entretenimiento. Además, elimina la exigencia de acuerdo sindical previo. La CUT ya lo advirtió. Esto no significa más trabajo decente, sino una flexibilidad que precariza.

La letra chica es la que importa. El proyecto establece que la jornada semanal podrá superar las 40 horas durante, como máximo, la mitad de las semanas que integran cada ciclo. En la práctica, habilita hasta ocho semanas consecutivas de 45 horas —dos meses completos— dentro de un ciclo de dieciséis semanas. En el régimen anual del turismo, ese periodo podría extenderse hasta veintiséis semanas. El Gobierno pretende reorganizar hasta un año de la vida de una persona mediante una fórmula que distribuye matemáticamente la sobrecarga, pero no asegura cuándo ni de qué manera se compensará el descanso perdido.

La reforma también produce un efecto económico que el Ejecutivo no explicita. En el turismo, la gastronomía y el entretenimiento, las temporadas de alta demanda tradicionalmente implicaban mayores ingresos por concepto de horas extraordinarias. Con el nuevo ciclo, parte de ese tiempo pasará a considerarse jornada ordinaria y podrá compensarse varios meses después, sin recargo. La persona trabajará más durante los periodos de mayor intensidad por el mismo sueldo base, mientras la empresa ahorrará en sobretiempo y en nuevas contrataciones.

Dicho de otra manera, el proyecto no crea nuevos empleos, como promete el Gobierno. Permite que los mismos trabajadores hagan más por menos.

No se trata de defender el statu quo. La estacionalidad es real y en Chile ya existe una herramienta para administrarla: el contrato a plazo fijo, que termina sin indemnización ni aviso previo. El proyecto, sin embargo, no resuelve la inestabilidad de ingresos que genera esa forma de contratación. Nada en el texto garantiza una remuneración estable durante las semanas de menor carga y, en los empleos de temporada, esa compensación puede no llegar nunca.

En la propia discusión legislativa se advirtió que cerca de 65 mil trabajadores de la gastronomía y la hotelería, contratados a plazo fijo, podrían trabajar durante toda la temporada alta por sobre el promedio y ser despedidos al vencer sus contratos antes de acceder a las semanas compensatorias de 40 horas. El trabajador pierde dos veces. Pierde tiempo y pierde el ingreso que antes habría recibido como pago extraordinario.

El Gobierno todavía no responde una pregunta fundamental. Si el contrato termina antes de las semanas de baja intensidad que debían compensar el ciclo, ¿el finiquito pagará esas horas como extraordinarias, con el recargo correspondiente, o solo como parte del promedio de horas ordinarias? Si ocurre lo segundo, un trabajador estacional contratado a plazo fijo podría terminar peor pagado que hoy, precisamente en el escenario más común del sector: trabajar durante la temporada alta y dejar el empleo antes de que el ciclo se complete.

Tampoco existe una negociación entre iguales. No hace falta que lo diga la OCDE para comprenderlo. Basta imaginar a una cajera de supermercado sentada frente a la gerencia de recursos humanos para firmar “de común acuerdo” un nuevo ciclo de jornada. El Ejecutivo invoca la experiencia de la OCDE, pero lo hace mediante una comparación selectiva. La normativa de la Unión Europea solo permite ampliar hasta doce meses el periodo utilizado para calcular la jornada mediante convenios colectivos, nunca a través de un acuerdo individual. Esa flexibilidad está acompañada, además, de descansos mínimos que no pueden negociarse.

Los ciclos largos que el Gobierno cita en Alemania y Países Bajos conviven con esas mismas exigencias. En Chile, en cambio, se pretende importar la flexibilidad sin incorporar los contrapesos ni los sistemas sindicales que operan en otras latitudes. Lo hace, además, el mismo Gobierno que retiró de la tramitación legislativa el proyecto de negociación multinivel heredado de la administración anterior.

El número no se tocó. La vida de las familias trabajadoras, sí. A Kast le corresponde entregar una segunda explicación. ¿En qué parte de la frase “después de esas 40 horas usted va a llegar a su casa” cabe pasar meses con jornadas superiores a las 40 horas, trabajar prácticamente tres meses sin un domingo libre y perder ingresos que antes se pagaban como extraordinarios? Aparentemente, esta es la nueva metáfora del presidente.

Giorgio Boccardo
Exministro del Trabajo

Andrés Giordano
Exdiputado de la República (FA)