Una pareja llegó a terapia convencida de que su problema era el dinero. Peleaban por eso todo el tiempo y eso les estaba provocando infelicidad, y sin embargo, según cuenta la psicóloga que los atendió, nunca entendían por qué peleaban.
Su caso, relatado por BBC, sirve de puerta de entrada a una pregunta incómoda: ¿se puede convertir una relación infeliz en una feliz? Un creciente número de investigaciones sugiere que sí, y que hay conductas muy concretas que marcan la diferencia.
Estar en una relación infeliz puede doler de forma literal.
Cuando el corazón duele de verdad
Las discusiones acaloradas pueden provocar problemas de sueño y hasta dolor cardíaco y muscular, y vuelven más vulnerables a toda la familia, incluidos los niños.
Las relaciones de mala calidad se consideran un factor de riesgo para la salud igual o mayor que el tabaquismo o la falta de ejercicio. Una relación feliz, en cambio, puede mejorar la salud e incluso prolongar la vida.
Pero entonces llega la sorpresa: pelear no es el problema. Las parejas felices también discuten, y el desacuerdo puede ser simplemente parte de aprender a atender las necesidades del otro.
Lo que sí resulta persistente son los temas. Carrie Cole, psicóloga y directora de investigación del Instituto Gottman de terapia de pareja, en Seattle, Estados Unidos, explica al medio que esas cuestiones “estancadas” pueden tener que ver con las finanzas, la crianza o la vida sexual.
En un estudio que siguió a parejas durante cuatro años, el psicólogo John Gottman y su equipo comprobaron que el 69% de las veces seguían discutiendo sobre el mismo tipo de temas.
El dinero causa las disputas más persistentes y acaloradas, y el reparto desigual de las tareas domésticas puede aumentar la probabilidad de divorcio.
Cuatro conductas que matan al amor en la pareja
La diferencia entre parejas felices e infelices está en cómo se comportan, durante y fuera de las peleas. Cole identifica cuatro conductas que podrían anunciar una ruptura: la crítica, el desprecio, la actitud defensiva y la evasión, es decir, retirarse del conflicto negándose a participar.
“Esos cuatro comportamientos acabarán con una relación”, advierte Cole. Pero agrega que “son reparables, si la pareja quiere solucionarlos”.
El riesgo no es solo amoroso: otras investigaciones han demostrado que las críticas persistentes de la pareja predicen significativamente una muerte más temprana.
Las discusiones con estas conductas, sumadas a agresión y hostilidad, se llaman destructivas y pueden aumentar el riesgo de divorcio.
Las constructivas, en cambio, buscan resolver el problema con respeto, curiosidad y amabilidad. Un factor clave es la capacidad de respuesta: sentir que la pareja te escucha, te apoya y te comprende, algo que incluso puede amortiguar la inflamación y mejorar la longevidad.
Un estudio de 20 años con parejas casadas asoció las decisiones y las tareas domésticas compartidas con mayor felicidad y menos conflicto. Hasta el sueño cambia: las peleas destructivas se asocian con dormir mal, y las constructivas con dormir bien.
Dos frases que dan esperanza
Revertir el rumbo parece casi imposible en medio de la hostilidad, pero la evidencia apunta a que se puede. Las investigaciones sugieren que la terapia de pareja tiene un impacto positivo en el 70% de las parejas que la hacen.
Jay Lebow, terapeuta y profesor clínico de psicología en la Universidad Northwestern, reconoce el punto de partida: “En la mayoría de las parejas que llegan al punto de la terapia, la empatía casi se ha evaporado”.
Reconstruirla es el gran desafío. Una señal de avance, dice, es que mejoren al hablar y escuchar, algo que parece fácil pero se vuelve muy difícil en una relación angustiosa.
Cole, por su parte, busca dos señales. La primera es oír a uno decirle al otro: “Puedo ver por qué te sientes así”. Significa “aceptar la influencia” del otro, o sea, considerar válida su perspectiva aunque sea distinta.
La segunda es la curiosidad: “¿Sienten curiosidad el uno por el otro? Si la sienten, hay algo de esperanza”. Frases como “Cuéntame más sobre eso, ¿cómo llegaste a creer eso?” son la prueba.
Eso fue lo que ocurrió con la pareja del inicio. Ambos habían crecido en la pobreza, pero les había dejado huellas opuestas: ella quería seguridad e independencia financiera mediante el ahorro; él, gastar lo que tanto le costó ganar y sentirse integrado, no aislado por la pobreza.
En terapia se escucharon contar esos dolores y pactaron cuánto ahorrar y cuánto gastar libremente. “Lo resolvieron”, dice Cole, pero antes tuvieron que entender qué era importante para cada uno.
Al final, la pareja que creía pelear por plata peleaba por sus infancias. A veces el problema no es lo que se discute, sino que nadie pregunta por qué.
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