Una mujer de 96 años sueña con algo muy simple: despertar cada mañana al lado de alguien. No pide altura, ni belleza, ni una cuenta bancaria abultada. Pide compañía, revela una casamentera profesional.
Brigitte Weil es una casamentera estadounidense (aún existen) que se dedica a emparejar a personas mayores de 50 años y, en conversación con Business Insider, Weil sostiene que las parejas que terminan más felices en esta etapa de la vida no parten buscando química, sino compatibilidad de estilo de vida.
Y es que Weil creció rodeada de relaciones largas: sus padres llevan 62 años casados y sus abuelos estuvieron casados 76. Esa fascinación por la longevidad amorosa la empujó a trabajar con adultos mayores.
Casamentera revela que parejas mayores de 50 años no buscan química
Según explica, una cita a los 70 o más es radicalmente distinta a hacerlo a los 30, o incluso a los 50. Los jóvenes buscan a alguien con quien construir una vida; los mayores, a alguien con quien compartir una vida que ya está construida.
Por eso, al armar un match, Weil se fija menos en la química o en quien “cumple todos los requisitos” y más en si los estilos de vida pueden encajar. A sus clientes les importa poco la estatura de un hombre o cómo luce una mujer en bikini. Hasta el dinero pesa menos.
Lo que sí se vuelve decisivo es la geografía. Muchos no quieren mudarse y perder su comunidad y sus lazos familiares. Y para que un amor dure, dicen, hay que coincidir en valores: cómo se vive el rol de abuelos, o cuánto se quiere viajar.
La edad, además, trae claridad. Según Weil, la gente mayor se conoce mejor y sabe en qué está dispuesta a ceder y en qué no. Una de sus clientes, por ejemplo, ha tenido citas muy buenas, pero muchas mujeres de su edad no quieren cambiar de casa: ya tienen sus rutinas.
No está solo en su deseo. La mayoría de los clientes de Weil quiere vivir junto a su pareja, aunque el matrimonio les importe cada vez menos.
Viudos y divorciados buscan un nuevo amor
Rara vez llega alguien que nunca se haya casado. La mayoría son divorciados o viudos, y cada grupo llega con un libreto distinto.
Los viudos suelen decir exactamente qué quieren: ya tuvieron una pareja amorosa y saben qué cualidades importan. Los divorciados, en cambio, parten por lo que no quieren: buscan decidir distinto y armar algo más sano que lo que dejaron atrás.
Ambos necesitan un empujón. Weil les enseña que no empiezan de cero, sino que construyen sobre todo lo vivido.
Una de sus historias favoritas ocurrió con una pareja de unos 70 años. Para los dos, esa primera cita era un gran paso. Pero el día acordado, el hombre llamó: ella no había llegado, y eso no era propio de ella.
Un momento después sonó el teléfono de Weil. Su clienta, frenética, había sufrido una pinchadura en la autopista New Jersey Turnpike y esperaba que la asistencia en ruta le cambiara la rueda.
Cuando Weil se lo contó al hombre, él insistió en ir a esperar con ella. La mujer estaba desencajada, con el peinado y el maquillaje caídos, pero agradeció el gesto. Él se quedó hasta que arreglaron el neumático y volvieron a casa.
Una semana después, la invitó a una cita como corresponde. Hoy viajan por el mundo y le mandan a Weil fotos desde destinos de postal.
Así, la mujer que enseña que el amor tardío se construye sobre lo vivido terminará la historia como sus clientes: compartiendo una vida, pues se casará luego de 10 años soltera. Quizá la química llega después. O quizá, simplemente, alguien se queda a esperar contigo mientras te cambian la rueda.